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Los caballeros templarios (2ª parte). Auge y autonomía

 El concilio de Troyes
El concilio se reunió en la catedral de Troyes el 14 de enero de 1128, día de san Hilario, como especificaba el secretario Jean Michiel, encargado del proceso verbal.

Dicho secretario enumeraba con detalle los asistentes al concilio: Mateo de Albano, presidente y legado del Papa; a continuación, Reinaldo de Martigné, arzobispo de Reims; Enrique de Sanglier, arzobispo de Sens; Grocelino de Vierzy, obispo de Soissons; Esteban de Senlis, obispo de París; Hatton, obispo de Troyes; Juan, obispo de Orléans; Hugo de Montaigu, obispo de Auxerre; Burcardo, obispo de Meaux; Erleberto, obispo de Châlons; Bartolomé de Vir, obispo del Laón; Reinaldo de Semur, abad de Vezelay;Esteban Harding, abad del Císter; Hugo de Mâcon, abad de Pontigny; Guido, abad de Trois-Fontaines; Ursión, abad de Saint-Rémy de Reims; Herberto, abad de Dijon;Guido, abad de Molesmes; y Bernardo, abad de Claraval. Tomaban igualmente parte en los debates a título de consejeros civiles y militares: Teobaldo IV, conde de Champaña, de Brie y de Blois; Guillermo II, conde de Nevers, de Auxerre y de Tonnerre; y Andrés de Baudemant. La mayoría de los prelados y abades estaban relacionados en mayor o menor medida con la orden de san Benito y su pensamiento era de clara inspiración cisterciense.

Por parte de los templarios se presentaron: Hugo de Payens, maestre del Temple, Godofredo de Saint-Omer, Payen de Montdidier, Archambaldo de Saint-Amand y los hermanos caballeros Godofredo y Rolando Bisot.

institution_de_l_ordre_du_temple_1128En cuanto al papel de Hugo de Payens durante el concilio, el testimonio del secretario Jean Michiel es determinante: «Acerca de la manera y establecimiento de la Orden de Caballería escuchamos en común capítulo, de boca del maestre Hugo de Payens; y según el conocimiento de la pequeñez de nuestra consciencia, alabamos lo que nos parecía bueno y aprovechable y desechamos lo que nos parecía sin razón.»

Esto significa claramente que Hugo de Payens relató ante el concilio las circunstancias de la fundación del Temple y que, artículo por artículo, expuso sus usos y costumbres. El concilio retuvo lo que le pareció bueno y desechó lo que le pareció malo. Resumiendo, aportó las modificaciones que le parecieron necesarias, incluso el secretario añadió: «Aquello que no pudimos prejuzgar lo dejamos a la discreción de sire Papa Honorio, y Esteban, patriarca de Jerusalén, ya que este último conocía mejor que nadie las necesidades del servicio en Tierra Santa.» Todo esto es especialmente importante ya que es inexacto que fuera el concilio de Troyes el que dio la regla a los templarios. Esta regla ya preexistía bajo una forma lo suficientemente precisa para que el concilio pudiera examinarla con detalle. La aportación esencial del concilio fue adaptar los usos y costumbres primitivos a las instituciones propiamente religiosas en vigor en los conventos. Encargaron al abad de Claraval que redactara su texto, y tras algunos retoques no tardó en ser aprobada. San Bernardo se inspiró claramente en la regla de san Benito, del cual reprodujo frases enteras, si bien mantuvo plenamente la esencia templaria. Redactada en latín, la regla se compone aparte de un prologo, de 68 artículos, y comienza con una exhortación de las obligaciones religiosas de los templarios:

«Vosotros que habéis renunciado a vuestras propias voluntades, vosotros que servís al soberano rey con caballos y armas para la salvación de vuestras almas, velad universalmente para oír maitines y todo el servicio completo según el establecimiento canónico y el uso de los maestres regulares de la santa ciudad de Jerusalén.»

Esta obligación tiene un carácter absoluto y una única excepción netamente definida que marca la primacía del servicio divino sobre el servicio militar. Primacía cuyo objetivo era exaltar la fe, a fin de prepararse a morir por ella.

La regla primitiva 

En un principio, sólo era aplicable a un grupo restringido, pero al ampliarse rápidamente se le añadieron disposiciones complementarias. Ya hemos comentado anteriormente que san Bernardo de Claraval se inspiró claramente en la regla de la orden de san Benito, dejando solamente unas líneas maestras de inspiración templaria y que son las que nos interesan al estar relacionadas con el servicio de armas.

Ante todo la regla subordinaba al Temple a la autoridad eclesiástica, lo cual es normal al tratarse de conventos, pero además se subordinaba al patriarca de Jerusalén, a quién incluso otorgaba poder para llenar las posibles lagunas del texto del concilio de Troyes.

Sus obligaciones religiosas no podían ser las de una orden contemplativa, aunque se debía participar en los oficios religiosos en su totalidad, el templario podía reemplazar los maitines, horas y vísperas por el rezo de trece padrenuestros para maitines, nueve para las horas y siete para vísperas. Además, la regla daba relación de festividades y ayunos obligatorios. La disciplina era severa, religiosa y militar a la vez, según el principio particular de la orden: había obligación de comer en silencio, y dos por cada escudilla en signo de humildad. Pero el régimen alimentario tenía en cuenta que los templarios eran combatientes, en consecuencia se limitaban los ayunos. Siguiendo la misma perspectiva, se desaconsejaba seguir los oficios religiosos de pie: debían reservar sus fuerzas para las patrullas y el combate.

La regla recomendaba prudencia cuando se trataba de aceptar a un nuevo hermano. Al postulante se le debían leer los mandamientos de la casa para que supiera exactamente a que se comprometía. Después de un tiempo de prueba, el maestre y los hermanos decidían si le concedían o le denegaban el hábito. La regla prohibía formalmente que cogiera a niños o aadolescentes, prohibición que tiene su justificación en el rigor y el carácter irreversible del compromiso que se adquiría, y que suponía una voluntad pronunciada con pleno conocimiento de causa y con entera libertad. Además coincidía con los preceptos de uso en la caballería, según los cuales no se debía armar caballeros a muchachos demasiado jóvenes e incapaces por su edad de llevar la armadura y sus accesorios, de manejar eficazmente la lanza y, sobre todo, la pesada espada: no se golpeaba con la punta sino con el filo, y por tanto, había que tener la fuerza suficiente para blandirla a brazo partido, por lo tanto el postulante no tenía que tener una edad inferior a los veinte años.

La regla dividía a los miembros de la orden en cuatro categorías:

-Caballeros.

-Sargentos y escuderos.

-Sacerdotes

-Hermanos de oficios o artesanos.

Otro aspecto interesante sobre la regla es la habilidad de sus redactores, no trataron de preverlo todo y evitaban establecer barreras estrechas y estructuras rígidas dejando una parte a la iniciativa con respecto a las normas, mezclando la firmeza con la flexibilidad. De este modo, la regla otorgaba al maestre un poder casi absoluto, sin embargo estaba obligado a consultar al capítulo antes de tomar decisiones. El concilio de Troyes no entró en los detalles ni fijó imperativamente la composición del capítulo, aunque en su gran parte se componía de los hermanos más sabios.

Los ropajes debían de ser de un color uniforme, bien sea blanco o negro o incluso en «buriel», un gris pardo. No obstante los caballeros que habían profesado llevaban tanto en verano como en invierno el manto blanco, como signo distintivo de que estaban «reconciliados» con el Creador. Esta reserva de vestir el manto blanco sólo para quienes habían profesado, tenía como fin evitar que caballeros-huéspedes, los escuderos y los que servían a plazo fijo provocaran el escándalo. La regla recomendaba simplicidad, la indumentaria templaria no debía tener nada «superfluo». Estaba prohibido llevar zapatos de punta retorcida y pieles, salvo las de cordero o carnero, había que tener los cabellos cortos y la barba larga; las armas, jaeces y arreos no debían llevar ningún ornamento, nada distinguía al maestre de un simple caballero en la forma de vestir.

En resumen, la regla de 1.128 era una adaptación de los usos practicados por el Temple durante los nueve primeros años de existencia y que estaban basados en la regla de san Benito. Añadía poco al reglamento oficial pero «legalizaba» la cofradía, le confería el derecho a recibir diezmos, poseer propiedades y feudos, según el sistema feudal.

Entrega de San Bernardo a Hugo de Payens

La nueva caballería

Hacia el año 1.130, el maestre Hugo de Payens vuelve a Jerusalén, después de haber nombrado un maestre en Francia, el hermano Payen de Montdidier, al mismo tiempo se nombró a Hugo Rigaud maestre en España-Languedoc-Provenza. El nombramiento de estos lugartenientes, parece que tiene su razón en una especie de improvisación en ausencia de una jerarquía fijada por la regla, ya que el maestre de la orden, en sus estatutos, tenía fijada su residencia en Jerusalén. Estos lugartenientes tenían amplios poderes, su papel era coordinar el funcionamiento de las templerías y acelerar el reclutamiento. La orden recibirá sus estructuras definitivas una década después.

A pesar del sincero entusiasmo y recibimiento que tuvieron los templarios, especialmente entre las clases bajas y medias que eran las que principalmente servían a la orden, la orden no estaba exenta de críticas, el derecho canónico prohibía a los clérigos y religiosos verter sangre de un ser humano aunque este fuera un infiel. Una parte de la opinión pública estaba de acuerdo con este punto de vista, Hugo de Payens conocedor de estas críticas pidió a san Bernardo de Claraval que cortara de raíz estas críticas, lo ponía en un aprieto ya que no sólo apelaba a su autoridad como eclesiástico, sino a su ciencia como teólogo. Su razonamiento, imaginativo hay que decir, fue el siguiente: “Sería mejor no verter la sangre de los infieles si uno pudiera defenderse de ellos por otro medio que no fuera la espada; los infieles amenazan la herencia espiritual de la Cristiandad y hay que evitar que destruyan esta herencia. Tierra Santa no constituye un reino ordinario, pertenece en propiedad a Jesucristo, que la ha bautizado con su divina sangre para la salvación del género humano. Es, por tanto, inaceptable dejar esta tierra a merced de los paganos. La guerra en Tierra Santa no es una guerra de conquista ni un conflicto de razas, sino que constituye la defensa de los Santos Lugares y particularmente del Santo Sepulcro, que es la cuna de la Cristiandad.            ¿Quien puede ser el elemento de esta recuperación y defensa? Desde luego no los envanecidos caballeros seglares, sino los Caballeros de Cristo, animados por una fe y por un desinterés absoluto.»

Escribe “De laude novae militiae” en donde caricaturiza a la caballería seglar y «publicita» la caballería celestial encarnada en los templarios. Es en este libro donde, san Bernardo de Claraval, llevado por el entusiasmo cae en la exageración y el contrasentido: “Se cortan los cabellos al rape, sabiendo por el Apóstol que es una ignominia para un hombre cuidar su cabellera. Jamás se les ve peinados y se lavan raramente; van con la barba hirsuta, pestilentes de porquería, maculados por el calor… “

De laude novae

Es de suponer que Hugo de Payens y sus compañeros debían vestir adecuadamente cuando se presentaron ante el concilio o que Payen de Montdidier, maestre de Francia, y por tanto en continua relación con el rey y la corte y Hugo Rigaud, pariente del rey de Aragón presentarían un aspecto decente pero ¿Y cómo habrían soportado los templarios el clima de Tierra Santa cocidos en su propia mugre? Las epidemias habrían diezmado los conventos como resultado de la falta de higiene, además los textos de la época concuerdan a lo que se refiere del aspecto impecable de los caballeros templarios en tiempos de paz y de guerra. La orden tenía especial preocupación por la limpieza del cuerpo y del alma como para olvidar la higiene, ya que habría más bajas por enfermedades que por la espada del Islam.

Omne datum optimum. Auge y autonomía

La regla colocaba a los templarios bajo la subordinación del patriarca de Jerusalén. Esta clausula restrictiva entorpecía el desarrollo y crecimiento de la cofradía militar e incluso modificar su orientación. Esteban, ex-vizconde de Chartres y patriarca de Jerusalén, mediante el poder que le había conferido el concilio de Troyes, intentó transformar el Temple en su milicia personal para conseguir supremacía sobre las autoridades laicas mediante pequeño cambios y concesión de beneficios, Hugo de Payens apenas pudo hacer algo para evitarlo.

Tras su muerte, acaecida en 1.136 se eligió como nuevo maestre a Roberto de Craon, una magnifica elección ya que el nuevo maestre tenía las cualidades de un diplomático y las de un administrador de primer orden. Comprendió al instante que el Temple no podía prosperar si no recibía el apoyo directo y declarado del Papa y si no se le apartaba del control de las iglesias locales que estaban celosas de su éxito y ya ponían en tela de juicio su derecho a recibir limosnas y diezmos. Se envió al hermano Andrés de Montbar, templario desde 1.129 y tío de san Bernardo de Claraval quien le remitió con cartas de presentación ante el Papa Inocencio II.

El resultado de las diligencias fue la bula “Omne datum optimum” proclamada el 29 de marzo de 1.139, fuente de todos los privilegios de la orden. El fin aparente de esta bula era la institución de capellanes para el servicio religioso y litúrgico de las encomiendas. El fin real era eximir al Temple de jurisdicciones episcopales, someterse directamente al poder pontificio y dejar en manos del maestre y su capítulo la gestión de la orden. Dicho de otra forma: proclama su autonomía. Anulaba en el momento el poder del patriarca de Jerusalén, incluido el de modificar la regla. De ahí se entienden los escritos venenosos contra los templarios que hizo Guillermo de Tiro. La bula otorgaba a los templarios el privilegio de no pagar diezmos por sus dominios, y les confirmaba el derecho de percibirlos. El asunto de los diezmos, que amputaba notablemente las rentas eclesiásticas, fue fuente de enconados enfrentamientos entre obispos y el Papa y explica la actitud hostil del arzobispo Guillermo de Tiro. Fue preciso que Inocencio II llamara al orden a los obispos en 1.145 con la bula “Militia Dei”, confirmando el privilegio de los templarios, algo que acabó trágicamente el 1.307. Se puede decir que si la bula “Omne datum optimum” provocó la gloria de los templarios, también fue el instrumento indirecto de su caída.

Omne Datun

En el año 1.147 el Papa Eugenio III se dirigió París, donde el rey Luis VII se preparaba para partir en la II Cruzada. El Papa asistió al capítulo del Temple en París, por entonces recién fundado siendo maestre de Francia Everardo de Barres. El Papa quedó maravillado ante el espectáculo de ciento treinta caballeros de manto blanco, y en un arranque de entusiasmo, les otorgó el derecho de llevar una cruz bermeja en el hombro derecho, con el fin de que «este signo triunfante les sirva de broquel y de que jamás vuelvan la espada a un infiel».

Eugenio III cruz

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