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Los caballeros templarios (3ª parte). El ingreso en el Temple

El ingreso en la Orden. El postulante

Cuando alguien quería entrar a la orden sólo tenía que comunicar su decisión al monasterio templario más cercano, la petición era posteriormente transmitida a la encomienda a la que pertenecía el convento que había recibido la solicitud. Pasaba un tiempo en el cual el postulante debía esperar, según la regla, este tiempo se dedicaba a conseguir información sobre el postulante, información que pudiera poner en entredicho a la orden.

Una vez aceptada la solicitud de ingreso, el postulante era llamado a capítulo en donde se pronunciaba la formula de recepción consagrada según la regla:

-«Gentiles señores hermanos: Veis que la mayoría de los hermanos es favorable a que «X» pase a ser hermano nuestro. Si hubiera alguien entre vosotros que supiera de él una cosa de tal naturaleza que le impidiere ser un hermano según la regla, que lo diga, porque sería preferible que lo dijera antes y no después de que haya llegado ante nosotros».

Nombramiento templario

Al no haber nadie que tuviera algo que decir, puesto que ya se había recabado información sobre el postulante, se le enviaba a una cámara cercana junto con dos o tres caballeros presentes, elegidos entre los más sabios. Éstos tenían que plantearle las cuestiones preliminares y ponerlo en guardia si había necesidad de ello, contra una decisión precipitada o tomada como consecuencia de un arrebato o antojo que lamentaría para siempre, se le concedía un último tiempo de reflexión, ya que la decisión que debía tomar era irrevocable. Mientras no hubiera comparecido ante capítulo y hubiera hecho sus promesas quedaba libre de renunciar. La forma según la regla de esta toma de contacto preliminar era:
-«Hermano, pedís entrar en nuestra compañía.»  A la que el postulante respondía con un: «Si, sire.»
A continuación se le hablaba brevemente de la disciplina de la orden, enumerando las prohibiciones, los deberes y obligaciones de cada tipo.
-«Hermano, ¿sufriréis todo esto por Dios? ¿Estáis totalmente decidido a ello?¿Deseáis ser siervo y esclavo de la casa todos los días de vuestra vida a partir de este momento?
El postulante debía responder:
-«Sufriré todo por Dios y deseo ser siervo y esclavo de la casa para siempre».
Nueva pregunta según la regla:
-«Se os preguntará si tenéis esposa o prometida, si no habéis profesado votos en otro convento, si tenéis deudas o si sois sano de cuerpo y hombre libre. Debéis responder con franqueza, sin disimular en absoluto, por que vuestra mentira traería la desgracia a la orden y os expondríais a nuestros castigos. Hermano, no temáis ¿qué respondéis?».
El postulante debía responder: «He dejado todas esas cosas».
Toda esta fórmula no quería decir que el postulante era ya un templario, todavía quedaba la recepción donde, según la regla, se le sometía a otro interrogatorio y se celebraba un oficio religioso por el nuevo hermano.

 

La recepción

Los dos o tres hermanos que han hablado con el postulante, vuelven a reunirse con el capítulo y dan cuenta de la conversación a quien preside el capítulo como prescribe la regla:

-Sire, hemos hablado con este prohombre que está fuera y le hemos mostrado los rigores de la casa como hemos podido y sabido hacerlo. Dice que quiere ser siervo y esclavo de la casa y que todas las cosas por las que le hemos preguntado las ha dejado o se ha librado de ellas, y que no hay nada que le impida a él poder y ser hermano si esto complace a Dios, a vos y a nuestros hermanos».

Se vuelve a preguntar si alguien sabe algo que impida que el postulante sea nombrado hermano del Temple.

A continuación se pregunta: «¿Queréis que se le haga venir en nombre de Dios?, el capítulo responde: «Hazle venir en el nombre de Dios».

Se hacía pasar al postulante que se arrodillaba ante el capítulo y juntando las mano solicitaba a quien presidía, según la regla, el ingreso en la orden:

-Postulante: «Sire, he venido ante Dios, ante vos y ante los hermanos y os ruego y os requiero por Dios y por Nuestra Señora que me acojáis en vuestra compañía y me hagáis participe de los favores de la casa.

-Capítulo: Gentil hermano, requeréis algo bien grande porque sólo veis la corteza que la recubre. Porque la corteza es lo que vos veis; hermosos caballos y hermosos jaeces, el buen beber y el buen yantar y la posesión de hermosas ropas, cosas que os hacen pensar que aquí estaréis muy cómodo. Pero no conocéis los duros preceptos que van por dentro, pues es cosa dura que vos, que sois sire de vos mismo, os convirtáis en siervo del prójimo. Porque a duras penas haréis alguna vez lo que deseéis; ya que si queréis estar en la tierra de allende los mares se os enviará a la de aquende; o, si queréis estar en Acre se os enviará a la tierra de Trípoli o de Antioquía o de Armenia, o se os enviará a Pouille o a Sicilia o a Lombardía o a Francia o a Borgoña o a Inglaterra o a otras muchas tierras donde tenemos casas y posesiones. Y, si queréis dormir, se os hará velar y si alguna vez deseáis velar, se os mandará a reposar a vuestro lecho. Cuando estéis sentado en la mesa y deseéis comer, se os mandará ir a donde se tenga bien, y jamás sabréis a donde. Tendréis que sufrir las malsonantes palabras que escucharéis repetidas veces. Mirad gentil y dulce hermano si podréis soportar bien todos estos rigores.

-Postulante: Sí, los sufriré, si esto complace a Dios.

-Capítulo: Gentil hermano, no debéis requerir la compañía de la casa ni para poseer riquezas ni para dar gusto a vuestro cuerpo, ni para recolectar honores sino que sólo la debéis requerir para tres cosas: una para abandonar el pecado de este mundo, otra para servir a Nuestro Señor y la tercera para ser pobre y para hacer penitencia en esta época, con el fin de salvar vuestra alma; tal debe ser la intención de pedirla.¿ Queréis ser siervo y esclavo de la casa todos los días de vuestra vida a partir de este momento?

-Postulante: Sí sire, si esto complace a Dios.

-Capítulo: ¿Queréis renunciar a vuestra voluntad para hacer lo que os ordene vuestro comendador todos los días de vuestra vida, a partir de este momento.

-Postulante: Sí, sire si esto complace a Dios.

-Capítulo: Siendo así, dignaos a salir y rogar a Nuestro Señor que os aconseje.

El capítulo vuelve a deliberar, siempre según la regla, la solicitud de ingreso en la orden y se vuelve a preguntar si alguien conoce algún motivo que sea impedimento para su ingreso. Al no haber ningún impedimento se le vuelve hacer entrar, pero antes otro caballero templario va a reunirse con el postulante y le explica lo que tiene que hacer y cuál debe de ser su actitud ante el capítulo.

El postulante se arrodilla ante el capítulo y dirigiéndose a quien lo preside, citará la formula que durante doscientos años y según la regla se nombraba al templario.

Básicamente esta fórmula consistía en una repetición de las preguntas realizadas durante el ingreso y la recepción, con algunas específicas que atañían a la orden en caso de ser aceptado:

– Voluntad de ser siervo y esclavo de la casa.

– Obediencia.

– Estar casado o prometido.

– Pertenencia a otra orden religiosa que pudiera reclamarlo.

– Deudas que no pudiera pagar mediante la familia o amigos sin la ayuda del Temple.

– Enfermedades graves o contagiosas que pudieran afectar al resto de caballeros.

– Simonía para ingresar en la orden.

– Ser hijo de dama y caballero, de linaje de caballeros y nacido de matrimonio legal. Ante esta pregunta hay que puntualizar que al principio no todos los hermanos caballeros provenían de la nobleza, contrariamente a lo que se ha afirmado, la obligación de ser caballero, hijo de caballero o supuesto como tal, se sitúa en un período en el que el reclutamiento no resultaba ningún problema.

– Ser sacerdote, diácono o subdiácono.

– Estar excomulgado.

Terminado este nuevo interrogatorio, se vuelve a preguntar al capítulo si hay alguna pregunta más.

-Gentil hermano, procurad habernos dicho la verdad a todas las preguntas que os hemos hecho porque, a poco que hayáis mentido, podríais perder la casa, cosa de la que Dios os guarde. En verdad, gentil hermano, que debéis escuchar bien lo que os decimos. ¿Prometéis a Dios y a Nuestra Señora obedecer al maestre o a cualquier otro comendador que tengáis, todos los días de vuestra vida a partir de este momento?

-¿Prometéis una vez más a Dios y a Nuestra Señora Santa María que viviréis castamente de cuerpo todos los días de vuestra vida a partir de este momento?

-¿Prometéis una vez más a Dios y a Nuestra Señora Santa María que observaréis los buenos usos y costumbres de nuestra casa, tanto los actualmente vigentes como los que añaden el maestre y los prohombres de la casa, todos los días de vuestra vida y a partir de este momento?

-¿Prometéis una vez más a Dios y a Nuestra Señora Santa María que todos los días de vuestra vida y a partir de este momento ayudaréis a conquistar con la fuerza y el poder que os ha dado Dios la tierra santa de Jerusalén y que ayudaréis a salvaguardar aquéllas que pertenezcan a los cristianos, según vuestro poder?

-¿Prometéis una vez más a Dios y a Nuestra Señora Santa María que jamás abandonaréis esta orden por otra más fuerte o más débil, ni peor o mejor, a menos que lo hagáis por mandato del maestre y del convento que son quienes tienen poder para ello?

-¿Prometéis una vez más a Dios y a Nuestra Señora Santa María que jamás os hallaréis en lugar alguno en donde un cristiano se vea privado injustamente y sin razón de sus bienes por intervención de vuestra fuerza y consejo?

Esta es la última promesa, a partir de aquí se pronuncia el ingreso en la orden del postulante.

-Nosotros en nombre de Dios y de Nuestra Señora Santa María, de monseñor San Pedro de Roma, de nuestro padre el Papa y de todos los hermanos del Temple, os admitimos a todos los favores de la casa, a aquellos que les fueron hechos desde el comienzo y le serán hechos hasta el final. A vos, a vuestro padre, a vuestra madre y a todos los de vuestro linaje que deseareis que se acojan a ellos. Y admitidnos vos también en todos los favores que habéis hecho y que haréis. Y así os prometemos el pan y el agua y la humilde ropa de la casa y muchos pesares y trabajos.

Entonces se tomaba una capa templaria y se le ponía sobre los hombros, el capellán rezaba la oración del Espíritu Santo y el capítulo un padrenuestro. A continuación, el presidente hace que se levante el nuevo caballero y le besa en la boca, que es el beso de homenaje feudal y el capellán lo besa también. La campana del convento repicaba para anunciar la llegada de un nuevo hermano o el fallecimiento de un hermano, cosa que venía a ser lo mismo para los caballeros del Temple.

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Disciplina

Tras el ingreso del nuevo caballero, el presidente del capítulo pasaba a enumerarle la disciplina, así lo quiere y lo nombraba la regla:

-Jamás se debe de herir a un cristiano ni golpearle llevado por la cólera con el puño, la palma o el pie; ni tirarle de los cabellos y derribarle. Si se le golpeara con una piedra o un palo el hábito quedaría a merced del capítulo y podría perder la casa.

-Jamás debe de tomar a una mujer a su servicio, a no ser que esté enfermo y con permiso del comendador.

-Jamás debe de abrazar a mujer, madre, hermana o pariente que pueda tener.

-Jamás debe de llamar a un hombre mésel (leproso), fétido o traidor, ni otras palabras viles.

-Severamente prohibido el ocio, las distracciones y las conversaciones agradables.

-Prohibido jugar al ajedrez o al tric-trac (juegos de dados) y que la regla prohibía por ser motivos de disputa.

– Prohibida la caza excepto la del león.

-Prohibidas las apuestas.

-Prohibido galopar a la quebrada sin autorización.

-Prohibido tomar las armas sin autorización.

-Prohibido arrojar una lanza a tierra cuando se bohordeaba (ejercicio de combate) con lanzas cortas.

-Prohibido herrar uno mismo su caballo.

-Prohibido regalar todo aquello que tenga algún valor, excepto una linterna vieja, un mazo de madera o las estacas de la tienda de campaña.

-Prohibido salir de la encomienda sin permiso. ir a la ciudad, a una granja o a una casa. Sólo está permitido entrar en una casa particular si va acompañado del comendador o de un magistrado.

-Prohibido beber vino y comer a cualquier hora dentro de la casa, salvo si se está sentado en la mesa de un obispo, de un hombre de Iglesia o de los hermanos hospitalarios.

-Prohibido apropiarse de las cosas que se encuentran, hay que devolverlas a la capilla o al hermano que las haya perdido.

-Prohibido dar a los caballos la cebada y el forraje que sobrepasen la ración asignada en detrimento de los demás animales.

-Prohibido pintar el asta de la lanza o el casco o bruñir sin permiso la espada o el puñal.

-Prohibido jurar y ser grosero.

-Prohibido dejarse llevar por la cólera, amenazar y mostrar orgullo de uno mismo.

-Prohibido retener dinero en poder de uno a no ser que sea orden del comendador. Dicha orden era tan rigurosa que si se encontraba dinero en los bolsillos de un hermano difunto, se le excluía a título póstumo de la orden.

-Prohibido conservar en poder de uno la regla de la orden o las Retractaciones, excepto que se tenga autorización. Mantener la regla en secreto era algo común a todas las órdenes, sólo la podían tener los comendadores de ciertas casas de importancia para la recepción de postulantes.

Se entiende que al nuevo hermano se le concedía un tiempo para aprenderse todas estas normas, prohibiciones y reglas. Muchos eran jóvenes que se dejaban llevar por los impulsos propios de la juventud. La disciplina templaria amoldaría esa fuerza y ese impulso para dirigirla donde se hiciera necesaria, en esta caso en Tierra Santa.

Las penas

Cuando un hermano es culpable de varias infracciones se le aplica la acumulación de penas: sólo se le castiga por una falta que haya cometido aunque haya cometido una decena, si bien se le agravaba la pena.

Las penas son inmediatamente ejecutorias y sin apelación, salvo las de moratoria. La disciplina se administraba con la ayuda de un cinturón y por lo tanto el castigo era público, las penas son proporcionales a la gravedad de las faltas y la reputación del condenado, se elegía entre diez posibilidades comenzando por las más severas:

-Pérdida de la casa o exclusión definitiva de la Orden.

-Pérdida del hábito.

-Retirada temporal del hábito.

-Dos días de penitencia a la semana, tres días la primera semana.

-Dos días de penitencia simple.

-Un día de penitencia.

-Penitencia limitada al viernes.

-Penitencia a discreción del capellán.

-Moratoria o remisión del asunto ante una instancia superior.

-La paz, que significa el perdón general.

La exclusión de la orden se producía por: simonía, traición, violación de secreto de los Capítulos Semanales (reunión de todos los hermanos donde confesaban sus faltas), la muerte de un cristiano, sodomía, cobardía, huída del campo de batalla y el hurto. El crimen de hurto incluye faltas de diferente gravedad:

– Ocultar la condición de casado, sacerdocio o enfermedad  grave en el momento de la recepción en la orden.

– Salir de noche de la casa de otra forma que no sea por la puerta.

– Ocultar objetos en una inspección.

– Abandonar la casa por maldad o llevado por la ira llevándose más cosas que los vestidos usuales y ausentándose dos noches.

– Ausentarse de la casa más de dos noches.

– Hurtar algo de la alforja o hucha de un hermano.

Cuando se pronuncia la exclusión, el condenado debe comparecer ante el capítulo, con el torso desnudo, en paños menores y calzas, y con una correa alrededor del cuello. Se arrodilla y recibe la disciplina con esa misma correa, a continuación se le da su “carta de despedida”. Pero no puede irse a donde quiera, debe ingresar en una orden más rigurosa como la de san Benito o san Agustín, en el caso de un hombre casado es devuelto a su esposa. En ningún caso podrá hacerse Hospitalario debido a un acuerdo existente entre las dos órdenes.

La pérdida del hábito se producía en los siguientes casos:

– Cuando un hermano golpea a otro en un ataque de cólera, de forma que lo derriba o rompe los cordones del manto.

– Herir gravemente a un cristiano.

– Mantener relaciones sexuales con una mujer.

– Mentir gravemente.

– Matar a un servidor o esclavo.

– Matar o herir un caballo llevado por la ira.

– Arrojar el manto al suelo por despecho.

La pérdida del hábito suponía la degradación del caballero a sirviente de la casa, esta pena no podía exceder de 1 año y un día. Cada domingo , el hermano, era disciplinado con una correa ante toda la casa mientras durara el tiempo de pena.

Las otras dos penas (días de penitencia) sancionaban faltas menos graves o cometidas por hermanos hasta en ese momento de conducta irreprochable y rebajaba al caballero a efectuar trabajos “viles”: lavar las escudillas, pelar ajos y cebollas y “hacer de asno”: cargar y descargar carretas. Estas penas nunca deben interrumpir el servicio militar, que es la actividad noble de la orden.

Ajuar del caballero

El ajuar que recibía al ser recibido en la Orden y del cual era responsable ante la Orden y nada podía dar se componía de:

-dos camisas.

-dos pares de calzas de burel.

-dos calzones.

-un sayón, una pelliza y una capa.

-dos mantos, uno de invierno forrado de piel de oveja o carnero y otro de verano con un tejido más ligero.

-una túnica y un cinturón de cuero.

Además de esta vestimenta puramente conventual, el caballero recibía:

-Una servilleta para la mesa y una toalla para el aseo personal.

-Ropa de cama compuesta por un jergón, dos sábanas, dos mantas (una ligera y otra de invierno). La manta debía ser blanca y negra o a rayas blancas y negras, que eran los colores del Temple y de su gonfalón.

Ajuar militar

-una loriga

-un par de calzas hierro (esquinelas compuestas por malla de hierro que se anudaban en la parte trasera de la pierna).

-un casco de hierro de bordes abatidos que se encajaba en la nuca.

-un yelmo.

-zapatos y una cota de armas.

-una espada recta de doble filo con punta redondeada.

-una lanza de madera de fresno y punta de hierro cónica.

-un escudo triangular de madera metalizada por dentro y recubierto de cuero por fuera, en algunos casos con laminillas claveteadas.

-tres cuchillos, uno de armas o puñal, otro para cortar el pan o la carne y una especie de navaja de hoja recta.

-una gualdrapa.

-Tres caballos.

-Un equipo de campaña compuesto por un caldero, un cuenco para medir la cebada y tres pares de alforjas, de las cuales dos pares llevaban sus escuderos.

El caballero debía velar continuamente por su perfecta conservación. No podía modificar nada, ni siquiera cortar las correas de los estribos, ni su cinturón, ni el tahalí que sujetaba la espada, ni el cordón que sostenía los calzones en torno a su cintura, sin permiso de su comendador.

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Ajuar templario

Los hermanos sargentos
 
Los hermanos sargentos llevaban túnicas, cotas y mantos negros con una cruz roja. Su armamento era el mismo que el de un caballero, salvo que su loriga era malla más ligera y estaba desprovista de mangas, y sus calzas de hierro no tenían empeine para facilitar la marcha.
Había hermanos sargentos que profesaban y otros que servían a plazo fijo, pero la regla era igual para todos.
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El capellán
 
Los hermanos capellanes, en principio servían a plazo fijo, tras la bula de Inocencio II, “Omne datum optimum”, hacen profesión de fe ante el capítulo como los demás. La ceremonia de su recepción sólo difiere en las preguntas que se le planteaban y en el compromiso al que se sometían.
Llevaban ropa cerrada y negra, manto negro y guantes en honor a su estado de representantes de Dios. Sus vestidos estaban cortados con la mejor tela que la casa poseía, siempre por reverencia hacia el Señor. Estas manifestaciones de respeto no estaban dirigidas al hombre, sino al sacerdote.
Si se probaba que llevaba mala vida o cometía actos que pusieran en entredicho la Orden, podían ser castigados a prisión perpetua o a la expulsión del Temple.
Los hermanos del Temple sólo pueden confesar sus pecados de carácter espiritual, no confundir con la disciplina descrita en la regla, ante el hermano capellán, salvo en caso de fuerza mayor y con permiso del comendador podían confesarse a otro capellán ajeno a la orden.
Hermanos de oficios
 
Los hermanos de oficios eran los sirvientes, en campaña, los caballeros no podían llevar toda su impedimenta militar, ni mantener en buen estado sus armas y armaduras si tenían necesidad de repararlas o cuidar de su caballería y todos sus accesorios.
Por tanto, los hermanos de oficios, estaban compuestos por herreros, guarnicioneros, panaderos, cocineros etc, etc, unos habían profesado y otros servían a plazo fijo.
Los ropajes debían ser blancos, negros o gris pardo.

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