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Los caballeros templarios (5ª parte). En orden de batalla

Templarios en campaña

“Templarios impuros, hospitalarios infames, cada uno celoso y sin debilidad, que formáis entre todos un nido de víboras, serpientes bajo piel jaspeada, hombres pelirrojos de ojos azules sobre caballos negros… “

La regla describe la vida de los templarios en campaña de una manera tan minuciosa como la vida en las encomiendas. Era indispensable que la disciplina fuera absoluta si se quería esperar eficacia en el pequeño ejército templario. Sobre todo, era importante reaccionar ante el espíritu de independencia, de vanagloria y fantasía que caracterizaba al medio caballeresco. Caballeros, hermanos sargentos, indígenas turcos y escuderos debían hallarse en situación de responder en cualquier instante la llamada del maestre o del senescal y maniobrar como un solo hombre.

Estos son las situaciones descritas en la regla:

La regla prohíbe a los hermanos poner sus sillas, enjaezar sus caballos, montar y abandonar sus puestos antes de que el mariscal haya dado la orden. No obstante recomienda estar prevenidos y cargar la impedimenta: estacas de la tienda, frascos vacíos, hachas, cuerdas y redes de pesca. Si un hermano tiene la necesidad de hablar con el mariscal, no debe de ir a caballo bajo ningún pretexto, sino a pie y regresar luego a su puesto esperando la orden. Cuando está se da, los hermanos montan a caballo después de haber inspeccionado los lugares y verificado que nada queda atrás, que no se olvida nada de lo que el capítulo podría pedir cuentas en caso de pérdida.

bandera de templarios

La regla dice que deben cabalgar sin desorden, ocupando su puesto en la columna, seguidos de sus escuderos respectivos. Cuando la columna está en marcha, cada uno de los hermanos hace pasar delante de él a sus escuderos y caballos de carga para vigilarlos. Si se hace de noche, hay obligación de silencio salvo por razones de servicio. Si un hermano debe de hablar con otro durante la marcha, abandonará su puesto junto con sus escuderos y caballos de carga y lo volverá a ocupar después de la conversación. Cuando un hermano debe de remontar la columna o volver atrás por cualquier asunto, debe cabalgar a sotavento con el fin de que la polvareda no se abata sobre la columna, cosa que impediría la visibilidad y causaría «mal y enojo» a los hermanos. Se prohíbe colocarse fuera de la columna para charlar y solazarse, prohibición incluida a los escuderos.

Nadie debe de alejarse de la columna sin permiso. La regla prescribe dirigirse en grupos a los puntos de agua para evitar las emboscadas. En tiempo de paz es posible detenerse en caso de rigor extremo y hacer beber a las bestias. En misión y tiempo de guerra esto está prohibido mientras el gonfalón-palio no se detenga cerca del abrevadero. En caso de alerta, los hermanos vuelven a subir a caballo, cogen su lanza y escudo y se reúnen en torno al mariscal esperando sus órdenes.

El campamento

Ninguno debe ocupar su puesto hasta que no se haya gritado:»¡Señores hermanos, cobijaos en nombre de Dios!». Las tiendas se alzan alrededor de la que se considera la capilla, las tiendas del mariscal y del comendador de Tierra Santa, cerca de las cuales se encuentra la del comendador de la carne. Nadie envía a sus escuderos a por forraje o a por leña hasta que no se de la orden, cuando se da la orden sólo se envía a un escudero. Es preciso antes proteger las sillas de montar cubriéndolas con una manta. La inseguridad es tal que constantemente se temen las sorpresas, está prohibido alejarse de las fortalezas más de una legua y del campamento fuera del alcance de la voz. Los hermanos deben alternarse las horas para acudir a misa (no olvidemos que el servicio a Dios está por encima del servicio militar) en caso de que por causas ajenas esto fuera imposible, se reemplazaran por padres nuestros.

Campamento

Cuando el «vocero» anuncia las «entregas», la distribución de las vituallas todos deben de dirigirse a la tienda del comendador de la carne. A continuación regresan a sus tiendas y cocinan la comida con sus escuderos. Sólo se puede comer los alimentos entregados por el comendador de la carne, a no ser que sea pescado cogidos con red o animales cogidos a lazo, en cualquier caso sin haberlos cazado, la caza está prohibida.

Los caballos están sometidos a la regla común. Los hermanos van a buscar su medida de cebada con barreños de la misma capacidad al forrajero, que se encuentra en el centro del campamento junto al gonfalonero. La regla obliga a velar con esmero por el alimento, la salud y la conservación de los caballos.

En combate

Poco antes de lanzarse a la carga, el mariscal toma el gonfalón o estandarte de la mano del submariscal en nombre de Dios. Ordena a entre seis y diez caballeros que vayan junto a él, se trata de combatientes experimentados conocidos por su valor. Deben de abatir al enemigo en el momento más oportuno protegiendo el gonfalón; no deben de alejarse de él ni abandonarlo, sino mantenerse lo más cerca posible y defenderlo todo lo que puedan. Cerca del mariscal se encuentra el comendador de los caballeros, que lleva enrollado en su lanza un gonfalón-palio, y que también está protegido por una decena de hermanos, su equivalente es el de estandarte de socorro. En el caso de que el mariscal sea abatido o desaparezca en batalla, el comendador de los caballeros despliega el suyo y vuelve a reagrupar a los combatientes.

Nadie tiene derecho, bajo ningún pretexto, a abandonar su puesto asignado según su rango. Cada comendador responsable de un escuadrón, lleva un pendón con los colores del Temple enrollado en una lanza y protegido por diez caballeros.
Cuando el mariscal es abatido, el comendador de los caballeros toma el mando, y si es herido o derribado, uno de los comendadores de los escuadrones debe de desplegar el suyo y asumir el mando. De este modo siempre hay un mando y un lugar de reagrupamiento de las fuerzas.

En medio de la polvareda y el tumulto del campo de batalla, el gonfalón-palio sigue siendo el punto de agrupación. Los caballeros y los hermanos sargentos tienen la obligación absoluta de no abandonarlo o de dirigirse a él en cuanto lo vuelvan a divisar. Si un templario es conducido por su caballo, en el fragor de la batalla, en medio de los sarracenos, debe de dirigirse al primer pendón de la orden que divise, sea o no la enseña de su escuadrón.

batalla temple

En caso de derrota, bajo ningún pretexto hay que abandonar el gonfalón, si en la confusión de la batalla perdida no divisa ninguno de los estandartes o enseñas del Temple, debe de dirigirse al estandarte de los hospitalarios y en su defecto al de un señor cristiano y , si no, que vaya «allá donde el Señor le aconsejare.»

Los que eran heridos o derribados del caballo y capturados, no podían ofrecer un rescate por ni renegar de su fe para salvar la vida. Por lo general, los musulmanes los decapitaban tras hacerlos prisioneros.

La enfermería

No era ninguna broma ingresar en el Temple, en caso de caer herido o enfermo, el caballero templario recibía el mejor de los tratamientos posibles de la época. Se ponía especial cuidado en evitar las enfermedades con un régimen alimenticio rico y variado y en aislar a los hermanos enfermos.

El hermano enfermero tenía conocimientos médicos suficientes para tratar enfermedades ordinarias, se especializaron en todo tipo de fiebres endémicas de Oriente. No podía rapar barbas, tratar llagas o recetar medicación sin autorización del comendador y trabajaba junto a médicos árabes mucho más avanzados en el campo de la terapéutica y la medicina que sus homólogos europeos.

templa13

El hermano enfermero tenía además una situación privilegiada dentro de la orden. Los responsables de la bodega, cocina, panadería, huerta y corral debían ejecutar las órdenes que daba. El comendador estaba obligado incluso a darles el dinero necesario para la compra de los productos necesarios que faltaran.

Los pacientes podían comer carne todos los días de la semana salvo el viernes. Estaba prohibido servir legumbres, carne de buey, de cochinillo, de cabra, de ternera, de oveja, anguilas y queso. Quedaban por tanto verduras frescas, pescado y carne de ave, lo que no era una dieta tan mala, por otra parte.

Se concedían habitaciones individuales a los heridos graves, gangrenas, enfermedades estomacales (disentería y vómitos) y enfermedades de tipo nervioso como las epilepsias.

La flota del Temple

Las cruzadas trajeron como efecto inmediato el restablecimiento y la intensificación del tráfico marítimo en el Mediterráneo, interrumpido por la piratería y el imperialismo musulmán. Reabrió a los navieros y negociantes el mercado de Oriente y permitió la importación de productos desconocidos en Europa. Los templarios, al igual que los hospitalarios, no quedaron al margen de este nuevo florecimiento comercial.

En primer lugar, armaron navíos para transportar peregrinos. Los navíos que venían de Inglaterra y de Bretaña arribaban en La Rochelle; en este puerto atracaban los que debían rodear la península ibérica para llegar a Siria. Las naves con destino a Jaffa partían de los puertos del Mediterráneo, principalmente de Collioure y de Marsella.

Subir a bordo de una nave del Temple o del Hospital suponía pagar menos y beneficiarse de una seguridad máxima, tanto por la calidad del personal de a bordo, que se elegía atendiendo a su competencia, como por la del navío, que se cuidaba con esmero o porque tenía asegurada una defensa total en caso de ataques de piratas berberiscos.

Como consecuencia, templarios y hospitalarios se vieron metidos en el transporte de mercancías para hacer efectivo su intercambio tanto a la ida como a la vuelta.

Al construir bajeles de guerra, más o menos copiados de los árabes, para la escolta de sus navíos, vigilar el litoral sirio amenazado constantemente por piratas, se vieron a la cabeza de una auténtica flota.

Los navíos de transporte eran la carraca y la lombarda, medían treinta metros de largo y ocho de ancho, llevaban dos mástiles y seis velas. El mástil de proa medía treinta metros, y veintinueve el de popa. Estos barcos transportaban unas trescientas personas.

carraca

Carraca

La tardia, en la que se embarcaba a los caballos. En el flanco de estas naves se abría una puerta de bisagra que se abatía sobre el muelle y servía de plano inclinado para embarcar los animales.

Tarida o Tafurea

Tarida o Tafurea

Las naves de guerra eran las galeras, que se inspiraban en las de la Antigüedad. Tenían cuarenta metros de largo por seis metros de ancho. El modo de propulsión era el remo. Los galeotes eran derivaciones de las galeras; navegaban a remo y a vela y tenían cabida para un centenar de hombres.

Galera

Galera

Había diversos navíos ligeros para abordajes, reconocimientos y transmisión de órdenes: los jabeques.

Jabeque

Jabeque

Las gamelas, que eran escoltas utilizadas para el asedio de fortificaciones y en la defensa de radas y que se podían comparar con las chalupas cañoneras del siglo XIX.

gamela

Los templarios tenían sus atarazanas en San Juan de Acre y en Tiro, sin embargo, hay que recalcar que los hospitalarios aventajaban a los templarios en este campo.

Los castillos templarios en Tierra Santa

“Nadie habría osado subir allí. Era un castillo de templarios, guarida de hienas, bosque poblado de fieras, heredad de sus vagabundeos, antro de sus correrías, refugio de donde provienen las calamidades, lugar donde salían las desgracias, carcaj de sus flechas.”

Para darnos cuenta de su fuerza y labor en Tierra Santa hay que precisar que antes de la fulminante incursión de Saladino en 1.187, la Orden poseía 18 grandes fortalezas provistas de su guarnición y que cada una de estas plazas protegía castillos de menor importancia y cientos de casales (dominios).

Es preciso enumerar estas plazas fuertes si de alguna manera se está interesado a donde iba a parar las rentas anuales de las encomiendas de Occidente, por qué estas tenían que producir y economizar tanto, el por qué de esa actitud un tanto «avara» de la regla que regía la Orden y por qué se consagraban los hermanos de París a operaciones bancarias, empalideciendo ante sus registros o discutiendo con la clientela a través de las ventanillas, al fin y al cabo eran monjes-soldado. Al mantenimiento de las siguientes fortalezas:

mapa castillos cruzados

  • Principado de Antioquía; castillo de Roche-Guillaume, castillo de Port-Bonnel, castillo de Darbsak, castillo de La Roche de Roussel y castillo de Baghras (Gaston).
  • Condado de Trípoli; fortaleza de Tortosa o Antartous, castillo de Aryma o al Arimah, castillo de Bertrandimir, castillo de Chastel-Blanc o Safita, castillo de La Colee, casal fortificado de Elteffaha y la encomienda de Trípoli.
  • Reino de Jerusalén; parte de los cercos y muralla de Jericó, Templo de Salomón y castillo de Chateu-Rouge
  • Condados de Jaffa y Ascalón; el castillo de Gaza y el de Natron.
  • Condado de Cesarea;la fortaleza de Chaco, Chastel-Pélerin (Castillo Peregrino).
  • Principado de Galilea; castillo de La Féve, templería de Safeto, torre de Séfhoria y el Chastellet.
  • Encomiendas de San Juan de Acre y Tiro.

Tras el desastre de Hattin se perdieron numerosos castillos y casales por falta de efectivos, aunque hubo una recuperación de las fuerzas cristianas, el reino latino de Jerusalén era ya un cadáver que se sostenía por las órdenes militares del Temple, hospitalarios y teutónicos. En la segunda mitad del siglo XIII sólo se conservaban Tortosa (donde habían trasladado la casa-madre), Chastel-Pélerin, Safeto, Safita, las encomiendas de Antioquía, Trípoli y San Juan de Acre, existían algunas plazas fuertes de barones latinos como Beaufort, de los cuales habían abandonado su defensa, haciéndose cargo de ellas las órdenes militares

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