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Los caballeros templarios (6ª parte). El principio del fin

El principio del fin. Los últimos maestres en combate.

En marzo de 1.273 fallecía el maestre Tomás Berard, el maestrazgo de Berard terminó en la derrota; había sufrido fracasos y había estado lleno de trágicos acontecimientos. Los esfuerzos, la habilidad diplomática y el coraje de Berard y sus compañeros habían sido inútiles. Tierra Santa estaba condenada, se habría necesitado un llamamiento como el de los tiempos de Godofredo de Bouillón y sus caballeros, pero no eran esos tiempos y Tierra Santa despertaba indiferencia en Occidente que ya estaba cansado de enviar hombres y dinero, Tierra santa era un inmenso remolino que se tragaba las rentas y la flor y nata de los caballeros. Era, por tanto, inútil que los que tenían una responsabilidad y conocimiento de la situación (el patriarca de Jerusalén, el Temple y sus dignatarios) multiplicaran sus llamadas de socorro al Papa o a los reyes de Europa.

Las rentas de las órdenes militares no bastaban para pagar a los indígenas turcos, que hasta ese momento suplían la falta de efectivos, la Tierra de Promisión que tantos corazones enardecía del siglo anterior se había convertido en Tierra de Tribulación. Hubo un momento de esperanza en 1.257; los mongoles que se consideraban cercanos al cristianismo, invadieron Asia Menor y avanzaron hasta las fronteras sirias, hubiera hecho falta que los cristianos se unieran y adoptaran una política común respecto a los mongoles o bien los árabes pero se mantuvieron divididos. Una segunda oleada mongola, dirigida por Hulagu, nieto de Genghis-Khan, asoló la Siria musulmana y ocupó Damasco con el apoyo de Bohemundo de Antioquía y parte de los barones latinos, pero no todos compartían esa política y algunos barones se aliaron con el sultán Baybars para hacer frente a Bohemundo, lo que equivalía a una traición y sellaba el destino de Tierra Santa. Los árabes se habían unido bajo el mando de Baybars.

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Baybars era una especie de Saladino pero, aunque era implacable como él carecía de su carácter caballeresco. El 3 de septiembre de 1.260 derrotó a los mongoles en la batalla de Aïnjâloud o Ayn Yalut, frenando la expansión mongola que no habían sido derrotados en los últimos 50 años. Hizo asesinar al sultán de El Cairo y a partir de ese momento fue el único señor del Islam. Nada se oponía a la reconquista del reino de Jerusalén, a no ser que se proclamara otra cruzada, algo improbable. Baibars se le tomó con calma, preparó con esmero la expedición proyectada, maduró su plan y reunió hombres, maquinas y municiones.

Desencadenó su ataque a principios de 1.265, en el curso de una fulminante incursión tomó Cesarea (27 de febrero), Arsuf (26 de abril) y diferentes plazas secundarias. Al año siguiente se apoderó de la fortaleza templaria de Safeto e hizo masacrar a sus defensores, existe una leyenda que dice que cuando los templarios eran ejecutados, la cabeza cortada de uno de los hermanos terminó de cantar el Salve Regina que estaba entonando cuando la espada del verdugo la separó del tronco.

En el año 1.268 cayó Jaffa (7 de marzo), Beaufort (5 de abril), Banyas (26 de abril) y Antioquía (12 de mayo). El número de sus tropas le permitía tanto atacar conjuntamente por el norte y el sur. Durante ese período ocurrió el episodio de Gastein. Gastein era un pequeño castillo templario que pertenecía a la bailía de Antioquía, puesto-vigía del valle del Oronte. Una vez caída Antioquía, los templarios de Gastein no podían esperar ninguna ayuda, y entonces la desesperación se abatió sobre uno de ellos, el hermano Guy de Ibelin, que salió del castillo y ofreció la rendición a Beybars. Los templarios decidieron resistir ante esa traición, pero los sargentos que no pertenecían a la orden, los que servían a sueldo, rechazaron sacrificarse. Por lo tanto los caballeros se quedaron solos ante el ejército del sultán. El temor se apoderó de los hermanos y desmantelaron a toda prisa y lo mejor que pudieron la fortaleza, sus provisiones y se replegaron al castillo de Roche-Guillaume.

El maestre Tomás Berard que se encontraba en Acre, al no poder socorrer a sus hermanos de Gastein, mandó al hermano Pelesport con una orden de retirada. Pelesport encontró a los hermanos de Gastein en Roche-Guillaume y los condujo a San Juan de Acre. Pidieron misericordia por su falta, alegando las trágicas y dramáticas circunstancias en las que se había cometido. El capítulo se dividió ante la sanción que se debía imponer, según unos habría que expulsarles puesto que habían abandonado sin permiso del maestre el castillo que se les había encomendado. Otros decían que había que absolverlos teniendo en cuenta las circunstancias y la intención. El resultado del veredicto fue que se podía excusar a los hermanos de Gastein de la pérdida del castillo, ya que este se daba por perdido al mandar una orden de retirada, es más los hermanos no habían desertado, se habían unido a otras fuerzas templarias. Sin embargo eran culpables de no haberlo desmantelado todo por completo en su precipitación, y de no haber destruido la totalidad de las provisiones. Según la regla, pérdida del hábito de un año y un día. Esto prueba que el maestre Berard no toleraba ninguna debilidad y que aplicaba su disciplina inflexible.

A pesar de que todo se hundía a su alrededor, los templarios permanecieron fieles a sí mismos, a pesar de que estaban abandonados, el Papa concedía indulgencias a los que se batían por su causa contra los alemanes, voluntarios que procuraba sacar de Tierra Santa y a los que hacia llamamientos, incluso había excomulgado al mariscal del Temple Esteban de Sissey por esta causa, el mariscal entorpeció los planes del Papa en ese sentido. En esas circunstancias, un día de marzo de 1.273 el maestre Tomás Berard fallecía y un nuevo maestre era elegido.

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Guillermo de Beaujeu. La última batalla

El 13 de mayo de 1.273 Guillermo de Beaujeu fue elegido maestre del Temple. La fase terminal de la elección descrita anteriormente fue diferente para Beaujeu, ya que éste no se encontraba en Tierra Santa cuando la elección, entonces era maestre de la provincia de Pouille. Por tanto se le confirió la investidura a su llegada a Tierra Santa.

Cuando Guillermo de Beaujeu llegó a San Juan de Acre después de dos años de peregrinaciones y súplicas inútiles tras los príncipes de Europa, se encontró con la siguiente situación: tras las campañas victoriosas de Beybars el reino de Jerusalén se reducía a las ciudades de San Juan de Acre, Trípoli, Tortosa y Beirut, y a las fortalezas marinas de Castillo Peregrino y de Sayete. El principado de Antioquía ya no existía, las plazas del sur estaban en poder de los musulmanes y los castillos templarios de Safeto, Beaufort y Chastel-Blanc habían sucumbido, así como el Krak de los Caballeros de los hospitalarios que se consideraba inexpugnable. Los hospitalarios conservaban todavía Margat y los teutónicos, Monfort.

Por suerte, la muerte de Baybars en el año 1.277 y las rivalidades de sus herederos aplazaron el último asalto. El mundo islámico se encontraba otra vez fragmentado y sin jefe auténtico, lo que impedía el asedio a las ciudades cristianas. El maestre del Temple, de los hospitalarios y los teutónicos habían dejado de lado sus rencillas; se unían al sacrificio final y sabían que, a menos que sucediera un milagro, no se podía esperar la ayuda de nadie. La segunda cruzada de San Luís, aunque se había desviado a Túnez, habría podido salvar Tierra Santa o al menos darle un período de calma. La muerte del rey había sido el canto del cisne de sus ilusiones. Sólo se podía prolongar e intentar mantener lo que había escapado del desastre.

En cuanto a los barones latinos, estaban divididos en dos facciones rivales y vivían en un mundo rodeado de lujos y entregados a festines, placeres y desfiles. Cuando Enrique II de Chipre fue a San Juan de Acre para hacerse coronar, celebraron durante quince días fiestas y torneos con el enemigo a las puertas. Si las fiestas hubieran servido para calmar las querellas, aún se le podría perdonar la relajación ante el inminente desastre, pero nada más terminar los festejos las luchas volvieron más violentas, incluso dentro de las mismas facciones. La anarquía se instaló definitivamente cuando los tripolitanos amenazaron con convertir su ciudad en república independiente. Guillermo de Beaujeu intentó en vano la reconciliación con el fin de preservar la neutralidad de la Orden. Lo que demuestra que, el maestre del Temple, era un hombre con una objetividad, una elevada visión y una auténtica autoridad de hombre de Estado, se podría decir que fue el último rey de Jerusalén, un rey sin corona, sin esperanza, sin dinero y sin ejército pero que todavía imponía respeto.

En el año 1.289, el sultán Qelaum tomaba Trípoli, a partir de ese momento ya no resistirían más que San Juan de Acre, Sayete, Beirut y Castillo Peregrino. Se acordó una tregua entre el sultán y el rey de Jerusalén, el Papa envió 20 galeras de refuerzo, los nuevos y últimos cruzados rompieron la tregua masacrando a campesinos egipcios para vengar a los habitantes de Trípoli. El sultán reclamó justamente su castigo, como de costumbre se tergiversó la situación y se enviaron excusas, excusas que Qelaum no aceptó. No obstante, no denunció inmediatamente la tregua, porque ante todo, en una hábil maniobra política y militar, preparaba su ejército para el asalto final.

Al fallecer Qelaum, el maestre del Temple se enteró mediante un emir que el hijo de Qelaum, el sultán Malec-El-Esseraf, tenía preparado su ejército y maquinas de asedio. A continuación recibió la declaración de guerra, es importante recalcar que, para los musulmanes, el maestre del Temple era la única autoridad cristiana.

La declaración de guerra decía: ”El sultán entre los sultanes, el rey de reyes, el señor entre los señores, Malec-El-Asseraf, el poderoso, el temible, el cazador de rebeldes, el cazador de francos, el cazador de tártaros y de armenios, el arrebatador de castillos a manos de los infieles os desea a vos, noble maestre del Temple, el auténtico y el sabio, salud y buena voluntad. Porque habéis sido un hombre verdadero y os mandamos cartas sobre nuestra voluntad y os hacemos saber que hemos venido a vuestros destacamentos para saldar los entuertos cometidos, por lo que rechazamos que la comunidad de Acre nos mande cartas, ya que no la recibiremos en absoluto.”

El sultán apreciaba en grado sumo al maestre del Temple, de ahí que lo llamara «hombre verdadero”, una distinción y elogio que se da en el mundo islámico. Malec-El-Asseraf se presentó ante Acre con su ejército el jueves 5 de abril de 1.291. La desproporción entre las fuerzas era enorme aunque hay que resaltar las exageraciones de los historiadores árabes. Acre reunía 800 caballeros y unos 10.000 soldados a pie. El sultán disponía de 100.000 guerreros si bien los cronistas árabes hablan de 200.000 caballeros y hombres a pie.

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Durante una semana no ocurrió nada, lo que aumentó la angustia de los sitiados, el hábil Malec dedicó este tiempo a elegir el emplazamiento de las maquinas de asedio y calculando los ángulos de tiro con sus ingenieros, mientras que el grueso del ejército erigía el campamento. Después entraron en acción cuatro grandes balistas y catapultas, al mismo tiempo los zapadores barrenaban sus galerías.

Por comodidad y para evitar querellas, la ciudad se dividió en cuatro barrios: templarios, hospitalarios, teutónicos y pisanos y pulanos. Los templarios intentaron una incursión para destruir las maquinas de asedio. Conducidos por el maestre, los caballeros atravesaron las líneas enemigas pero al llegar a la zona de las tiendas, los caballos se enredaron entre las estacas y cuerdas, y bajo el contraataque del sultán los templarios tuvieron que volver a Acre. Las contra-zapas no detuvieron a los zapadores de Malec y la Torre Maldita, minada por su base y sometida a los proyectiles de las catapultas, se desmoronó.

Malec no se apresuró a dar la orden de ataque. El 16 de mayo, cae la Torre Nueva, los defensores se apresuraron a taponar la gran brecha abierta, Malec continua sin dar la orden de ataque, como si quisiera dar tiempo a los habitantes para que abandonen la ciudad, pero había mala mar y los barcos se resentían. Entonces, Malec, avanzó en tres líneas de asalto: la primera protegiéndose con grandes tarjas, la segunda la constituían los incendiarios (que llevaban una especie de «cócteles molotov» y primitivas granadas de pólvora) y la tercera los arqueros. Los arqueros arrojaron tal cantidad de flechas emplumadas que las crónicas la relatan de esta forma:»(Las flechas lanzadas) de una manera tan espesa que parecía lluvia caída del cielo.» Los asaltantes se dividieron en dos cuerpos; uno se dirigió a la puerta de San Antonio y el otro a la puerta de San Román.

Al oír el rumor, Guillermo de Beaujeu tomó una decena de sus caballeros y seguido del maestre del Hospital y de algunos caballeros hospitalarios, corrió hacia la puerta de San Antonio para intentar contener la inmensa oleada de sitiadores. Al levantar el brazo izquierdo para dar una orden, recibió una flecha en la axila:

«Y cuando se sintió herido de muerte, echó a andar; y creyeron que se retiraba para salvarse. El portador del gonfalón se retiró con él y todos los templarios le siguieron. Entonces los cruzados de Spoleto que se encontraban allí, gritaron:
-¡Ay por Dios, sire, no os vayáis porque entonces la ciudad está perdida!
Él respondió:
-Señores, no puedo más porque estoy muerto, ved aquí la herida.
Entonces pudimos ver el dardo clavado en su cuerpo. Y diciendo estas palabras, arrojó el dardo al suelo y, torciendo el cuello, iba a caerse de su caballo pero justamente se aproximaron los de su mesnada y lo sostuvieron, y le descabalgaron y lo pusieron sobre un escudo que allí encontraron tirado, que era muy grande y muy largo.»

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Se le transportó a la fortaleza del Temple, donde murió sin decir ni una palabra. En el exterior el caos se apoderó de la ciudad, 10.000 fugitivos encontraron refugio en la templería a la que llamaban «Bóveda de Acre» y que daba al mar. El mariscal del Temple, Pedro de Sévry, que había tomado el mando, hizo embarcar en todos los navíos disponibles a todos aquellos que cupieran en ellos. Durante diez días, rechazaron todos los ataques del enemigo, el sultán les propuso una rendición honorable, el mariscal aceptó.

Cuando los primeros sarracenos entraron en la ciudad, se apoderaron de las mujeres que no habían podido evacuar, los templarios los masacraron y después alzaron el puente levadizo. El sultán disimuló su furor y propuso nuevas negociaciones, cuando el mariscal y su séquito se presentaron ante él, saltándose la palabra dada los hizo capturar y los decapitó. Los templarios que quedaban en la fortaleza decidieron defenderse hasta el final y juraron enterrarse bajo las ruinas de la encomienda. Los sitiadores minaron la muralla, y después de abrir una brecha en ella, se colaron dentro. Pero las galerías excavadas cedieron bajo su peso, provocando que toda la Bóveda se derrumbara. Según lo que habían jurado, los templarios de Acre murieron bajo los escombros, pero también murieron con ellos dos mil de sus enemigos.

Era el 28 de mayo de 1.291. La caída de San Juan de Acre arrastró consigo al reino de Jerusalén, lo que asombrosamente aún seguía llamándose así. Los templarios de Sayete eligieron como maestre a Tibaldo Gaudín, un hermano capellán, y a continuación embarcaron hacia Chipre. Los templarios de Castillo Peregrino evacuaron también su fortaleza se dirigieron a Chipre. Los templarios de Beirut, excesivamente confiados, aceptaron capitular con honores de guerra. Los sarracenos los desarmaron y luego los colgaron.

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Tierra Santa había caído, las órdenes militares, especialmente el Temple, seguían creyéndose los guardianes de esta Tierra y pretendían salvar el honor de la Iglesia cuando la misma Iglesia se desentendía, renunciaba a ella y elegía otro camino.

Los templarios que habían caído en San Juan de Acre, por lo menos habían muerto según su regla, habían recibido sus honras fúnebres y sus cuerpos habían recibido honorable sepultura (figuradamente), a los supervivientes les aguardaba la vergüenza, los tormentos, el deshonor público a manos de un Papa y un rey de Francia.

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