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Hernán Cortés Y La Caída Del Imperio Azteca (Parte 1)

Primera Parte. Los Conquistadores De Nueva España

«Después de haberse todos confesado, se trasquilaron las cabezas, que fue la primera vez que los españoles lo hicieron en las Indias, porque antes se preciaban de traer coletas. Hicieron esto porque entendieron que el cabello largo les había de estorbar para la pelea». Bernal Díaz del Castillo. Sobre el inicio de la expedición de Grijalba.

Desembarco

«Quinientos ochenta soldados y capitanes, cien marineros contando pilotos y maestres, dieciséis caballos, diez cañones de bronce, cuatro falconetes y trece arcabuces». Salvador de Madariaga

12 de Marzo de 1519

Una armada castellana atraca en las proximidades del rio Grijalva, en el actual estado de Tabasco. El desembarco no es posible debido a la presencia de gran cantidad de guerreros nativos en la costa, a los que los intérpretes de la armada tratan de convencer en vano de que permitan la arribada pacificamente. Ante la negativa de estos, el notario de la flota procede a leer el requerimiento por el que se les informa de que el Papa ha concedido esas tierras al señorío de los reyes de las Españas. Sin embargo, y a pesar de que el documento es traducido lo mejor posible por el traductor Aguilar, los nativos responden con una lluvia de flechas sobre las chalupas de los castellanos. Ante tal agresión, su comandante, Hernán Cortés, ordena el desembarco. Sigue una fiera lucha, en la que los nativos son empujados (Pues en ningún momento dan la espalda al enemigo, como atestigua Bernal) hasta su propio poblado, donde Cortés ordena a sus tropas detenerse y permitir al enemigo romper el contacto. Sólo entonces, y en presencia de su ejército, se acerca a un árbol al que golpea tres veces con su espada, reclamando esa tierra en nombre de los reyes Doña Juana y su hijo Don Carlos.

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Comenzaba la conquista.

Ciutla

Tras desembarcar artillería y caballos, y enviar fuerzas de reconocimiento, la tropa española avanzó hacia el interior en busca del enemigo. La infantería formaba bajo el mando de Diego de Ordás empleó lo que parecía la senda más directa, mientras que la caballería, al mando de Cortés, había elegido otra ruta. La fuerza de infantes alcanzó un lugar llamado Ciutla, donde una gran concentración de guerreros cargó contra ellos.

«Sienten bien el cortar de las espadas (…) y tiran tantas piedras como granizos»

Al primer choque, los españoles sufrieron serias bajas, pero las del enemigo debieron ser muy superiores, ya que rápidamente los indios empezaron a evitar el contacto directo, prefiriendo atacar con flechas y piedras. El efecto de las espadas españolas, verdaderas protagonistas de la conquista de Nueva España, les hace adoptar una estrategia conservadora. Al fin y al cabo, su superioridad numérica y las armas arrojadizas pueden asegurar un resultado victorioso sin asumir costes extraordinarios. Por otro lado, y como relata Bernal, Diego de Ordás se siente amedrentado por el número de enemigos y se niega a cerrar distancias con ellos. En tan peligrosa situación sufren los españoles el acoso de los proyectiles, hasta que al fin aparece Cortés con la caballería. La ruta elegida atravesaba unas ciénagas que les han retrasado terriblemente, pero al fin en el campo de batalla, cargan directamente contra el enemigo. Sea porque les aterrorizan los nunca vistos caballos, sea por un inteligente decisión destinada a evaluar la nueva amenaza, los guerreros nativos se retiran. Agotados y muy maltratados, los españoles no les persiguen. Se mantienen sobre el campo de batalla y restañan sus heridas y las de sus caballos con «el unto de un indio muerto». Y es que a falta de vinagre, los españoles de la época trataban los cortes y magulladuras con el agresivo procedimiento de lavarlas con la grasa hervida de los caídos enemigos.

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Como cualquier ejército con sentido común, los derrotados nativos enviaron al día siguiente embajadores para conocer las intenciones de un enemigo al que no habían podido devolver al mar ni derrotar en campo abierto. Cortés, maestro de la puesta en escena, les espantó mostrándoles un caballo encabritado y haciendo disparar uno de sus «hierros» (cañones). Expuso entonces sus demandas, que los nativos aceptaron. Al fin y al cabo, sólo les reclamó paz, suministros y vasallaje a Carlos I de España. Esto último tenía que parecerles un concepto muy difuso, sobre todo en la medida en que también implicaba aceptar un nuevo culto que Cortés se apresuró a escenificar el siguiente Domingo, que era el de Ramos. En cualquier caso, estos, los primeros súbditos del rey Carlos en Nueva España habían hecho un excelente trato, ya que sus nuevos señores les habían informado de que su propósito era seguir avanzando por la costa en sus extrañas casas flotantes. Quizás animados por tan buenas noticias, les agasajaron con algo de oro y veinte hermosas esclavas. Una de ellas, Doña Marina (Y recibe un tratamiento, doña, que no tiene ni Hernán Cortés) hablaba la lengua local y la de los aztecas, que Aguilar no conocía. Por eso, y a partir de ese momento, estará siempre en la proximidad de Cortés.

San Juan de Ulúa

«Y si quiere carne humana y os comiere, mucho de enhorabuena»

La flota castellana siguió rumbo hasta una isla bautizada por Grijalba como San Juán de Ulúa. Los españoles ya estaban en un territorio firmemente sometido al dominio de los aztecas, que mostraron su excelente organización y facilidades de comunicaciones en el hecho de que una embajada oficial de Moctezuma les estaba esperando a su llegada. Portaba la embajada todo tipo de alimentos y ornamentos, pero también esclavos y hombres de baja condición vestidos con galas de nobles y altos dignatarios, por si los recién llegados eran en verdad dioses y exigían sangre y carne humana de personas de calidad para aplacar su hambre. De la elección de los regalos los aztecas esperaban dilucidar la verdadera naturaleza de la amenaza, e igualmente, inundándoles de siervos, mantener espías en su proximidad, y aislarlos de los potencialmente desafectos naturales de la región. Sin embargo, de las costumbres y decisiones de los españoles, no pudieron deducir nada claramente. A pesar de cierto vago temor supersticioso del que Moctezuma parece haber sido siempre el principal responsable (Sobre todo en opinión de Madariaga), la mayor parte de los dignatarios aztecas consideraron a los recién llegados simples humanos, extraños y venidos de una tierra muy lejana, pero hombres al fin y al cabo, que podían ser derrotados fácilmente debido a su pequeño número. La disyuntiva esencial era si se trataba de unos aventureros a los que se debía eliminar, o una embajada de algún reino poderoso, con la que era inteligente mantener buenas relaciones ante el riesgo de que una fuerza mayor acudiese a vengarles.

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Pero Moctezuma, envuelto en negros presagios, hizo enviar a la zona a todo tipo de brujos y nigromantes. Ninguno de ellos consiguió ningún éxito contra los españoles, y con independencia de los motivos que expliquen el fracaso de la magia negra, lo que está claro es que el emperador azteca tenía claro que la invulnerabilidad ante la magia solo podía explicarse por razones sobrenaturales.

«Dijo (Cortés) a ciertos amigos suyos, con un contento nuevo y no visto, que había de comer con trompetas o morir ahorcado». Cervantes de Salazar

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Mientras los aztecas consideraban estas cuestiones, Cortés indujo inteligentemente a sus hombres la idea de fundar una nueva ciudad, un municipio castellano que eligiese a sus propias autoridades. Al fin y al cabo, eran solo una expedición de exploración destinada a descubrir y rescatar oro. Una expedición que además, había partido contra las órdenes de su organizador, el gobernador de Cuba, Diego Velázquez. Por eso, Cortés fomentó la fundación de un municipio castellano, y se hizo elegir Justicia Mayor del mismo y Capitán General de la tropa formada por los vecinos. Por muy legalista que fuese su actuación, Cortés le había declarado la guerra a Velázquez, y a partir de ese momento tendría que librar una guerra en tres frentes: Contra los nativos potencialmente hostiles, contra Velázquez y sus partidarios entre sus tropas, y contra la diplomacia castellana. El objetivo era lograr lo que tantos otros habían logrado antes: Que sus éxitos hiciesen olvidar sus faltas. Todo esto dice mucho de la ambición de Cortés, pero mucho más de sus extraordinarias capacidades.

Cortes incendia sus naves

«Antes de iniciar la conquista del imperio azteca, Cortés hizo incendiar sus naves. Así sus hombres tuvieron una buena motivación para vencer». Capitán Marko Ramius, comandante del Red October.

ScuttleFleetNHMDF_zpsapenavfqComo a todos los grandes capitanes, también a Cortés le sonrió la fortuna por su audacia. En el mismo momento en que los embajadores aztecas habían desaparecido y terminado con el suministro de alimentos (Aunque Bernal le atribuye la decisión a los mandatos de Huichilobos, lo cierto es que la corte de Moctezuma parecía haberse cansado de los españoles) llegaron al campamento unos embajadores totonacas del cacique de Cempoala.

Este es el momento decisivo de la conquista de Nueva España, puesto que hasta la llegada de esa embajada, Cortés solo tenía la horca en perspectiva.

Desde ese momento, se abría ante él la posibilidad de derribar los cimientos de un imperio.

«Moctezuma es el más rico príncipe del mundo (…) aunque tiene continua guerra con los de Tlaxcala»

Los españoles fueron recibidos, sino como dioses, si como héroes y libertadores en Cempoala. Sin embargo, todo el agasajo se derrumbó con la mera noticia de que los recaudadores de impuestos aztecas se acercaban. Cortés no desperdició la ocasión, hizo apresar a los recaudadores, y aunque luego los liberó puesto que no le interesaba romper puentes con Moctezuma, su decisión le ganó la voluntad de los cempoaleses, que entendieron que aquel sacrilegio ponía a los extranjeros de su parte en la lucha contra los aztecas. Hicieron estos efectivo su compromiso entrengando 2.000 guerreros para que combatiesen junto a los españoles a las guarniciones aztecas de las proximidades, lo que se logró con éxito y de inmediato.

No sólo esto, a la vez, Cortés daba ejemplo, trabajando a brazo partido y junto a sus hombres en la construcción de la Villa Rica de la Vera Cruz. Y mientras se ocupaba de estas cuestiones, alcanzó la costa la última de sus naves, que llegaba de Cuba con bastimentos y unos pocos soldados. Traía noticias terribles para Cortés, y es que Velázquez, pasando por encima de los Colón, había obtenido ratificación de su cargo de gobernador de Cuba y de su derecho exclusivo a explorar y conquistar el Yucatán. Ante una noticia tan tremenda, que anulaba la ficción del municipio castellano en tierra libre, Bernal señala que los soldados (Aunque posiblemente animados por el propio Cortés) declararon su doble intención de informar a su majestad de sus éxitos, hacerle acato entregándole por tributo todo lo hallado en aquella tierra, y partir «a ver qué cosa era el gran Moctezuma, buscando nuestra suerte y ventura».

De justicia y regimiento de la Rica Villa de la Vera Cruz a la reina doña Juana y al emperador Carlos V, su hijo, firmada el 10 de julio de 1519.

Nos ha pedido asimismo el procurador y vecinos y moradores de esta villa, en el dicho pedimento, que en su nombre supliquemos a vuestra majestad que provean y manden dar su cédula y provisión real para Fernando Cortés, capitán y justicia mayor de vuestras reales altezas, para que él nos tenga en justicia y gobernación, hasta tanto que esta tierra esté conquistada y pacífica, y por el tiempo que más a vuestra majestad pareciere y fuere servido.

Naturalmente, los partidarios de Velázquez trataron de impedir esto, y comenzaron a tramar una conspiración contra Cortés. Rápidamente descubiertos, se enfrentaron a una de las primeras decisiones tomada por el cabildo de la nueva ciudad: Que todo el que tramase abandonar la expedición fuése reo de muerte. Y así los cabecillas fueron ahorcados, y le dieron a Cortés la excusa para una decisión crítica. Con el acuerdo de su piloto mayor, informó a sus hombres que los buques estaban en un estado tan terrible, masacrados por la broma, que no quedaba más remedio que extraer de ellos todo cuanto fuese de utilidad. Bernal afirma en cambio, que nuevamente la decisión salió de la colectividad. Aquellos buques serían una tentación permanente para los díscolos, y aparte, ocupaban a un centenar de marineros que serían un excelente refuerzo para la expedición.

En cualquier caso, los buques, menos uno, fueron hundidos. Ocurriese lo que ocurriese, no se puede dudar de la inspiración directa de Cortés y de su audacia sin límites.

Una audacia tan extrema, que el ambiente en el campamento español se puso al borde la rebelión. Pero Cortés, enfrentándose de nuevo al peligro directamente, reunió a sus hombres y les arengó con un discurso que debió ser electrizante. Al terminar el mismo, les mostró el único barco que quedaba a flote, y se lo ofreció a todos los cobardes que quisiesen volver a Cuba.

Ni un hombre eligió esa opción. Así que Cortés, ahora abiertamente, ordenó que se hundiese en presencia del ejército. Un momento de una fuerza irresistible, puesto que en presencia de todos, todos habían consentido en hundir su último buque.

Enfrentado a un imperio inmenso, Cortés había destruido su única vía de escape en caso de fracaso.

Eliminada esa posibilidad, sólo les quedaba avanzar hacia la victoria.

Y así lo hicieron.

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