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Hernán Cortés Y La Caída Del Imperio Azteca (Parte 2)

Segunda Parte. Tlaxcala

“¿Y quién no es vasallo de Moctezuma?”

«Habiendo como hemos referido continuas guerras entre Tlaxcaltecas y Mexicanos, eran también continuos los reencuentros y escaramuzas entre unos y otros, así para ejercitar la milicia como por si en algún tiempo Moctezuma los pudiese conquistar y hacerlos sus tributarios, aunque tienen por opinión algunos contemplativos, que si Moctezuma quisiera destruir a los Tlaxcaltecas lo hiciera, sino que los dejaba estar como codornices en jaula, porque no se perdiera el ejercicio de la guerra y porque tuvieran en qué emplearse los hijos de los Señores, y también para tener de industria gentes con que sacrificar y servir a sus ídolos». Diego Muñoz Camargo

Los Tlaxcatecas

“Y este era su principal despojo y victoria, prender a muchos para sacrificar a sus ídolos, que era su principal intento, y por comerse unos a otros como se comían, y tenían por mayor hazaña prender que matar” . Diego Muñoz Camargo.

Diego Muñoz Camargo fue hijo de un conquistador español y una noble tlaxcateca. Por tanto, pudo escribir su obra sobre la historia y costumbres del pueblo de su madre en un momento en que seguían vivos muchos que habían conocido en el esplendor máximo de esa cultura. Aunque se le ha acusado de crítico con su progenie nativa, lo cierto es que Muñoz atempera todo los aspectos de conflictividad con los españoles, pasando por alto incluso por las batallas entre Tlaxcatecas y Cortés.

Muñoz nos relata cómo las armas favoritas de este pueblo eran las arrojadizas, reservando para el combate cuerpo a cuerpo la macana y la espada de pedernal. La macana era una pesada maza de madera y la espada de pedernal una espada de madera a la que se dotaba de filo con lascas de pedernal que tenían una agudeza extraordinaria. Preferían la emboscada y utilizaban las ventajas del terreno, distinguiéndose por usar como estandartes las imágenes de todo tipo de fieras. Su modo de combatir era por agrupaciones, en las que un número indeterminado de tropas avanzaba frente a una equivalente del enemigo, retirándose y siendo relevada si flaqueaba. Gradualmente, todo el ejército entraba en combate, hasta que el otro bando se batía en retirada, momento en que empleaban las cuerdas que portaban para atrapar al mayor número de prisioneros posibles. Prisioneros que posteriormente alimentarían sus sacrificios y sus estomagos.

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No obstante, como Muñoz nos señala, este era el objetivo principal y el orden en que ellos entendían la guerra. Pero también habían sido famosos por hacer matanzas con sus rivales cuando eso convenía a sus planes, en asaltos y ardides. Así que si bien por un lado respetaban las singulares condiciones de la “guerra florida”, por otra no renunciaban a otras posibilidades si favorecían la victoria. Así que hay que poner en cuestión afirmaciones radicales como las de que eran incapaces de vencer a los españoles debido a las limitaciones de su modo de hacer la guerra. La propia historia de su resistencia a Cortés señala como rechazaron muchas de las prohibiciones rituales (Combatir de noche señaladamente) para tratar de hacerse con la victoria.

La marcha hacia Tlaxcala

“que él no quería volverse a ella por no vivir afrentado, pues que se tenía por afrenta cuando así eran presos en la guerra, sino que habían en ella de vencer o morir”. Diego Muñoz Camargo

El 8 de Agosto de 1519 Cortés emprende la marcha hacia Tlaxcala. Deja una fuerza de guarnición en Veracruz compuesta por un centenar de hombre de los más viejos y algunos heridos, junto a todas las mujeres (Puesto que los españoles se hacían acompañar libremente por sus esposas o amancebadas). Había escrito a los cuatro tlatoanis de las cuatro repúblicas de Tlaxcala ofreciéndose como adalid suyo en la lucha contra la tiranía de los aztecas, y entregando como regalos y muestra de su poder una espada, una ballesta y un sombrero chapeo de seda y tafetán.

“Aunque la carta bien entendimos que no la sabrían leer, sino que como viesen el papel diferenciado de lo suyo, conocerían que era de mensajería”. Bernal Díaz

Como guerreros, los Tlaxcatecas encontraron sorprendentes las nuevas armas, sobre todo porque ellos también compartían con los aztecas las leyendas sobre guerreros llegados del mar, que alterarían el mundo conocido. Algo que en su caso, como pueblo sometido, podía representar una promesa de mejora. La ballesta, que ninguno de ellos pudo tensar (Pues sólo se podía lograr con una palanca especial) les convenció de la fortaleza de aquellos seres barbados, e invitaron a Cortés a visitarles. Sin embargo, como en el caso de los aztecas, no dejaban de albergar dudas respecto a la verdadera naturaleza de estos visitantes. Y también decidieron ponerlos a prueba, sólo que de un modo más expeditivo y conforme a su fuerte tradición guerrera. En la votación para debatir su respuesta, sólo uno de los Tlatoanis consideró como dioses y dignos de acatamiento a los españoles. Los otros, sólo como una curiosidad, algún tipo de ser sobrenatural (Teul) cuya invulnerabilidad debía ser puesta a prueba, pero de un modo que permitiese prestarles acatamiento en un momento posterior si esa naturaleza divina terminaba desmotrándose.

“Ahora hemos de matar a esos que llamáis teúles y comer sus carnes, y veremos si son tan esforzados como publicáis”. Bernal Díaz

Aunque iban confiados en la aparente buena voluntad de los Tlaxcatecas, los españoles avanzaron en buen orden, con las habituales partidas de jinetes en avanzada. Y es que Cortés insistía permanentemente en la necesidad de mantenerse en guardia incluso en territorio amigo. Y en este caso los hechos vinieron a darle la razón cuando en el primer contacto con los locales, durante una confusa escaramuza en la que no queda claro de quién partió la primera agresión, dos caballos y varios soldados españoles cayeron abatidos por una partida local. Rápidamente se congregó una gran cantidad de guerreros, tantos como tres mil , y parte de la caballería española podría haber tenido allí su tumba de no haberse dado aviso a la infantería que los alcanzó providencialmente. Tras un breve choque con pocas bajas, los nativos se retiraron. Había sido sólo un tanteo.

“Y si arremetíamos hallábamos sobre veinte escuadrones sobre nosotros que nos resistían; y estaban nuestras vidas en mucho peligro, porque eran tantos guerreros que a puñadas de tierra nos cegaran”. Bernal Díaz

Los españoles protestaron por tal falta de buena fe, pero los Tlaxcatecas alegaron que se trataba de una actuación agresiva de sus vasallos Otomíes, y se ofrecieron a entregar una compensación por el caballo muerto. Cortés se negó a recibir compensación alguna, alegando que era bien poca cosa, puesto que esperaba la llegada de muchos más. Ya sospechaba que había sido un ataque deliberado, y que este les había permitido comprobar que los caballos eran en realidad unas simples bestias bastante sencillas de matar. No obstante, no desaparecería su curiosidad, tanta que incluso ya aliados, los Tlaxcatecas creían que los caballos eran carnívoros, y que por eso los españoles les colocaban frenos de hierro. Que estos frenos les hiciesen a veces sangrar, lo interpretaron como prueba de que realmente se saciaban con carne humana, y así durante cierto tiempo los españoles se hacían entregar raciones de carne para sus caballos.

Al día siguiente, una nueva fuerza de Otomíes apareció ante los españoles. Cortés, fiado en las palabras de los embajadores Tlaxcatecas, trató de negociar de nuevo. Pero los otomíes venían en son de guerra, y aunque los españoles no podían saberlo, reforzados con batallones Tlaxcatecas.

Airados ante sus descargas de proyectiles, los españoles cargaron contra ellos, e hicieron retroceder al enemigo. Pero se trataba de una trampa. En cuanto los españoles entraron en un estrecho valle lleno de quebradas, se vieron asaltados por las laderas por los enemigos, que llegaron a decapitar una yegua de un golpe de espada de filos. Como señala Bernal, deseaban más que nada matar a un caballo para repartir sus restos entre sus aliados y probar que eran animales que podían ser muertos. La emboscada a favor del terreno era una parte integral de la doctrina bélica local, y la falsa huída un ardid de guerra universal. Sólo con un enorme esfuerzo los españoles pudieron empujar a los enemigos a la llanura, y allí desplegarse y derrotarlos tras sucesivas cargas. Murieron quince españoles, y muchos fueron heridos. A los caídos se les enterró en secreto en un sótano y con gran cuidado para evitar su olor, pero ni así lograron impresionar a los Tlaxcatecas. Estos jamás dudarían de que los españoles tenían un carácter sobrenatural, como demuestra que muchos conquistadores protestasen por las predicas que los sacerdotes realizarían después señalando que todos los hombres eran hijos de Adan, y españoles e indios tan humanos unos como otros. Pero ese carácter sobrenatural no impedía que muriesen ni pudiesen ser vencidos. O al menos, los Tlaxcatecas querían asegurarse mejor sobre ese punto particular antes de tomar una decisión definitiva.

GUERRA ABIERTA

“Venid a nuestro pueblo, que allí haremos las paces hartándonos de vuestra carne y honrando a nuestros dioses con vuestros corazones y vuestra sangre”. Bernal Diaz. Respuesta de los Tlaxcatecas a la embajada de Cortés.

Cortés saqueó la zona esperando que los nativos comprendiesen su poder, pero sus embajadores solo obtuvieron esta amenazante respuesta. Sin otro remedio que resolver la situación a su favor, formó a su tropa y avanzó contra el grueso del ejército enemigo, que sumaba quizás tantos como 50.000 hombres bajo la enseña la gran garza blanca que señalaba la presencia de su comandante, Xicotencatl el mozo.

“Otro día en amaneciendo, dan sobre nuestro real más de ciento cuarenta y nueve mil hombres que cubrían toda la tierra, tan determinadamente, que algunos de ellos entraron dentro de él y anduvieron a cuchilladas con los españoles y salimos a ellos y quiso Nuestro Señor en tal manera ayudarnos, que en obra de cuatro horas habíamos hecho lugar paz que en nuestro real no nos ofendiesen puesto que todavía hacían algunas arremetidas. Y así estuvimos peleando hasta que fue tarde, que se retrajeron “. Segunda Carta de Relación.

La batalla que se libró a continuación fue de una dureza extraordinaria, y como dice el propio Bernal, ganada a golpes de espada con la que se abrieron paso entre los enemigos. Las órdenes de Cortés eran tajantes, mantenerse en formación cerrada, pues separarlos era el objetivo del enemigo, para así colapsarlos. Al menos en una ocasión estuvieron a punto de lograrlo, pero como ya menciona Bernal, a tajos de acero lograron mantener la cohesión. De esto se demuestra que, contra su costumbre en caso de conflictos rituales, los Tlaxcatecas habían atacado en masa, rodeando a la formación castellana para aplastarla por el peso de su superioridad numérica.

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“Una cosa nos daba la vida, y era que como eran muchos y estaban amontonados, los tiros les hacían mucho mal, y además de esto no se sabían capitanear, porque no podían allegar todos los capitanes con sus gentes; y a lo que supimos, desde la otra batalla pasada habían tenido pendencias y rencillas entre el capitán Xicotenga con otro capitán hijo de Chichimecatecle, sobre que decía un capitán al otro que no lo había hecho bien en la batalla pasada. De manera que en esta batalla no quiso ayudar con su gente Chichimecatecle a Xicotenga”. Bernal Diaz

Durante todo el día se prolongaba la batalla sin resultado, hasta que los diversos contingentes del enemigo comenzaron a separarse, y una vez iniciada la retirada de algunos, fue inevitable la de todos. Cansados, malheridos y victoriosos, los españoles seguían siendo dueños del campo de batalla.

Pero ni así los Tlaxcatecas aceptan la paz. Analizan lo ocurrido, y aunque desde una perspectiva teológica, deciden que los españoles se sostienen en combate de día, pero que de noche, lejos de la protección de su dios el sol, serán presa fácil. Aunque los tabúes militares tlaxcatecas prohíben combatir de noche, los sacerdotes aceptan levantar la prohibición para obtener la victoria, lo que demuestra una vez más que los guerreros americanos eran perfectamente capaces de adaptarse a las nuevas circunstancias. No obstante, y como describe Cortés, su nuevo intento fracasa clamorosamente ante la acometida de los castellanos.

“y así estuve sobre aviso hasta que se puso el sol y ya que anochecía comenzó a bajar la gente de los contrarios por dos valles y ellos pensaban que venían secretos para cercarnos y ponerse más cerca de nosotros para ejecutar su propósito y como yo estaba tan avisado, los vi y me pareció que dejarlos llegar al real, que sería mucho daño (…)y determiné de salirles al encuentro con toda la gente de caballo para espantarlos o desbaratar en manera que ellos no llegasen y así fue que, como nos sintieron que íbamos con los caballos a dar sobre ellos sin ningún detener ni grita se metieron por los maizales, de que toda la tierra estaba casi llena “

Pero Cortés no se contentaba con permanecer esperando. Siguió dirigiendo expediciones de saqueo, algunas incluso contra grandes ciudades, que demostraban a los nativos que no podían defenderse de los españoles. Sin embargo, el tiempo jugaba también en su contra, puesto que sus propios hombres se inquietaban al ver como su fuerza se iba reduciendo sin verdadero provecho. Ya habían perdido cinco caballos y diez veces esa cantidad de hombres, unas pérdidas inmensas en una fuerza tan escasa. ¿Terminarían por perecer todos allí?

PAZ Y ALIANZA

“Dijo Xicotenga que venía de parte de su padre y de Maseescasi, y de todos los caciques y república de Tlascala a rogarle que les admitiese a nuestra amistad, y que venía a dar la obediencia a nuestro rey y señor y a demandar perdón por haber tomado armas y habernos dado guerras”. Bernal Díaz

Cortés terminó por convencer de nuevo a su tropa de que confiasen en la victoria. Y de nuevo los hechos volvieron a darle la razón, puesto que Moctezuma envió nuevos embajadores, y estos tuvieron la oportunidad de ver como los españoles rechazaban un nuevo ataque frontal de los Tlaxcatecas. Este ataque tuvo que ser por fuerza el menor de todos, ya que los dirigentes de Tlaxcala se oponían a mantener la guerra, y Xicontecatl el mozo tuvo que contentarse con fuerzas inferiores.

Derrotados y sospechando de los motivos de la embajada azteca, los tlaxcatecas enviaron la suya propia, y Cortés y los españoles pudieron asistir al espectáculo del enfrentamiento diplomático entre las dos potencias nativas. Aterrados por la posibilidad de un pacto entre españoles y aztecas, los Tlaxcatecas ofrecieron de inmediato una alianza incondicional, que Cortés aceptó con la condición de que se le enviasen plenipotenciarios del mayor rango.

La tensión calculada que producía la presencia de los embajadores aztecas llegó al extremo cuando el propio gobierno de Tlaxcala, presidido por Xicotencatl el viejo vino a rogar en persona a Cortés que se trasladase a su ciudad. Cortés, con mucho regocijo, aceptó la petición.

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El 23 de Septiembre de 1519 los españoles entraron triunfalmente en la ciudad.

“Aposentados (…) los nuestros en los Palacios de Xicotencatl, con mucho cuidado fueron del regalados y servidos, donde presentaron a Cortés muchas joyas de oro y pedrería de gran precio y valor (…)y gran suma de bastimentos”. Diego Muñoz y Camargo

El primer regalo que recibieron, fueron 300 mujeres, de las más hermosas y nobles entre las esclavas, que estaban condenadas por diversos crímenes a ser sacrificadas a los dioses. Estas muchachas iban llorando, puesto que se les había informado que serían sacrificadas y devoradas por los nuevos dioses. Tuvieron mucho de que sorprenderse al ver que no solo no se las sacrificaba, sino que los españoles pedían su libertad. Pero como rechazar un regalo se considera símbolo de hostilidad en la cultura tlaxcateca, los españoles terminaron por aceptarlas, con la condición de bautizarlas. Estas muchachas eran ciertamente esclavas, pero muy pronto los españoles fueron agasajados con hijas de las mejores familias, dando ejemplo el propio Xicotencatl con la entrega de la más hermosa de sus hijas a Pedro de Alvarado. La alianza se estrechaba así, y sería la base sobre la que se lograría la conquista del Imperio Azteca, puesto que ni en las más terribles situaciones la lealtad de los Tlaxcatecas fallaría. Lealtad que sería compensada en el futuro con todo tipo de privilegios y honores por parte de los conquistadores y la corona.

Cortés ya tenía una base realmente segura, un aliado de peso, y una invitación directa de los embajadores aztecas para conocer a Moctezuma.

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