post

Hernán Cortés Y La Caída Del Imperio Azteca (Parte 3)

Tenochtitlán

“Y así con esta indignación dijeron a Cortés: Señor muy valeroso, en venganza de tan gran desvergüenza, maldad y atrevimiento, queremos ir contigo a asolar y destruir aquella nación y su provincia, y que no quede a vida gente tan perniciosa, obstinada y endurecida en su maldad y tiranía, que aunque no fuera por otra cosa más de por ésta, merecen castigo eterno”. Petición de los señores de Tlaxcala a Hernán Cortés.

El ejército tlaxcateca marcha con cortés

“Usaron los de Tlaxcala de un aviso muy bueno que les hizo Cortés, para que fueran conocidos y no morir entre los enemigos por yerro. Porque sus armas y divisas eran casi de una manera y habian en ellas poca diferencia, que como era tan gran multitud de gente la una y la otra, así fue menester, porque si esto no fuera, en tal aprieto se mataran unos a otros sin conocerse. Y así se pusieron en las cabezas unas guirnaldas de esparto a manera de torzales, y con esto eran conocidos los de nuestra parcialidad que no fue pequeño aviso.”

Xicotencatl-Cortes

Tlaxcala era una nación de guerreros. De guerreros que deseaban ver arder los templos de los aztecas y ver sometidos a esclavitud a sus crueles enemigos. Su alianza con Cortés ponía en manos de este una nación de 150.000 vecinos (Es decir, padres de familia) entre la cual los españoles pasaron veinte días de holganza y abundancia.

Tras las quejas de rigor de los partidarios de Velázquez (A los que Bernal describe como aquellos que tenían posesiones en Cuba y que no entendían la necesidad de arriesgarse) el grueso de la tropa apoya la decisión de Cortés de avanzar sobre Tenochtitlán. Los Tlaxcatecas se muestran encantados ante la perspectiva y deciden apoyar a Cortés con un ejército que este estima en 100.000 hombres (Posiblemente el grueso de los guerreros de Tlaxcala y todos sus tributarios sumasen una cifra total inferior, y esto aún sólo para un gran alarde) Naturalmente, Cortés comprende que ese es un ejército de conquista y ocupación, y consigue que los Tlaxcatecas acepten enviar con él una fuerza “simbólica” de 5.000/6.000 guerreros, posiblemente elegidos entre la élite guerrera, a modo de escolta.

Cholula

“y como hombres desesperados los más de ellos que murieron en aquella guerra de Cholula, se despeñaban ellos propios y se echaban a despeñar de cabeza arrojándose del Cu de Quetzalcohuatl abajo, porque así lo tenían por costumbre muy antigua desde su origen y principio, por ser rebeldes y contumaces como gente indómita y dura de cerviz, y que tenían por blasón de morir muerte contraria de las otras naciones y morir de cabeza.”

13 de Octubre de 1519

El ejército de Cortés, fortalecido con sus nuevos aliados, avanza hacia Cholula, de donde ha recibido muestras de acatamiento expreso por parte de las autoridades. Acepta acampar en el interior de la ciudad, permaneciendo en el exterior los Tlaxcatecas, grandes enemigos de los de Cholula.

«Como el capitán vio la razón que tenían, mandó luego a Pedro de Alvarado y al maestre de campo, que era Cristóbol de Olid, que rogasen a los tlascaltecas que allí en el campo hiciesen sus ranchos y chozas y que no entrasen con nosotros sino los que llevaban la artillería y nuestros amigos los de Cempoal, y les dijesen la causa por qué se les mandaba». Bernal Diaz

Cholula_Fachada

Cortés acampa, pero sin dejar de temer las asechanzas de los locales. Al fin y al cabo, ya está en territorio azteca, y tiene mucho que temer de sus planes. Semejantes sospechas se certifican cuando al tercer día de su estancia, los nobles y sacerdotes desaparecen, y desaparecen también los alimentos. Los españoles no han dejado de apreciar ciertas construcciones defensivas y trampas que parecen a propósito para inutilizar a la caballería. No solo eso, por más que los españoles reclaman provisiones, estas les son negadas. E incluso los embajadores de Moctezuma les piden que regresen a la costa, pues no hay en la tierra suministros suficientes para ellos.

“Muy desconcertada veo esta gente. estemos muy alerta, que alguna maldad hay entre ellos.” Hernán Cortés

Los propios aliados Cempoaleses informan a Cortés de la presencia inequívoca de trampas y pertrechos de guerra. Varios Tlaxcatecas se infiltran en la ciudad e informan de cómo han comenzado los sacrificios propiciatorios al dios de la guerra. La tensión aumenta sin cesar, y Cortés recibe informaciones incluso de los sacerdotes locales sobre los planes de guerra y la presencia en las cercanías de una tropa azteca que apoyará a los Cholutecas cuando caigan sobre los españoles. Doña Marina, igualmente, es informada por parte de una anciana que espera así salvarla, del amargo destino que espera a los españoles en los próximos días. Por eso, cuando los dignatarios locales acuden junto a Cortés, este los captura y ordena a sus soldados ocupar la ciudad y desarmar a los nativos. Lo que pretende ser una operación quirúrgica se tuerce cuando:

“No tardaron dos horas cuando llegaron allí nuestros amigos los tlascaltecas que dejamos en el campo, y pelean muy fuertemente en las calles, donde los cholutecas tenían otras capitanías defendiéndolas, porque no les entrásemos, y de presto fueron desbaratadas. Iban por la ciudad robando y cautivando, que no les podíamos detener.”

Como antes los cempoaleses, los Tlaxcatecas demuestran que también están dispuestos a librar su propia guerra. Si bien es cierto que se cometieron grandes abusos (El propio Bernal relata cómo los Tlaxcatecas solo habían renunciado aparentemente a la antropofagia) lo cierto es que Cholula no fue destruida, puesto que Bernal deja claro que Cortés obligó a Tlaxcatecas y Cholutecas a firmar una paz definitiva y eterna amistad tras devolver a los cautivos. Cholula sufrió un gran castigo, no cabe duda, pero no fue destruida ni su población exterminada.

Aztec_Indians_Mexico_Tlaxcalan_Cortez

Ante esta situación, la tropa azteca que esperaba en las afueras para apoyar a los Cholutecas se repliega hacia Tenochtitlán, y deja a Moctezuma y a sus consejeros desolados y desconcertados.

Los españoles ya están a las puertas de Tenochtitlán.

Por eso, los aztecas envían una embajada con nuevos y ricos presentes. Niegan cualquier acuerdo con los Cholutecas e invitan abiertamente a los españoles a entrar en Tenochtitlán.

“Que le pesa del enojo que le dieron los de Cholula, y que quisiera que los castigara más en sus personas, porque son malos y mentirosos, que las maldades que ellos querían hacer le echaban a él la culpa y a sus embajadores, y que tuviésemos por muy cierto que era nuestro amigo y que vayamos a su ciudad cuando quisiéramos.”

Los Tlaxcatecas consideran una locura entrar en una ciudad tan grande si no es con una fuerza más contundente, y ruegan a Cortés que le permita reclamar un refuerzo de 10.000 hombres. Cortés se niega, y les pide tan solo que le entreguen mil porteadores más, para transportar un tren de provisiones que va en incesante aumento. Los Tlaxcatecas acceden, sin dejar de repetir sus advertencias, pero tranquilizados ante la evidencia de que Cortés no espera que los guerreros de Tlaxcala le sigan al interior de la ciudad de sus enemigos.

Los de Cempoala reclamaron de Cortés la misma licencia, y este los despidió con grandes regalos y muestras de agradecimiento, señalando que nada podía negar a aquellos de quienes tanta generosidad había recibido.

La llegada a Tenochtitlán

“(…)que él (Moctezuma) te promete enviarte al puerto mucha cantidad de oro (…) para ese vuestro rey, y para ti te dará cuatro cargas de oro, y para cada uno de tus hermanos una carga, porque ir a Méjico, es excusada tu entrada dentro, que todos sus vasallos están puestos en armas para no dejaros entrar.
Además de esto, que no tenía camino, sino muy angosto, ni bastimento.” Bernal Diaz

La inquietud de Moctezuma aumenta, puesto que en la ruta hacia la capital, los españoles cruzan importantes ciudades, donde ya se les trata como conquistadores. Se relatan casos de conversiones en masa al catolicismo, y los pocos que resisten, como Yacotzin, madre de un príncipe local, termina aceptando la nueva fe por la presión de la situación.

“Ella le respondió que debía de haber perdido el juicio, pues tan presto se habia dejado vencer de unos pocos de bárbaros como eran los cristianos.”

Moctezuma vuelve a reunir a su consejo, que sigue manteniendo su división. Unos, la mayoría, reclaman la guerra abierta. Otros, más razonables, que se escuche la embajada que esos hombres afirman traer, y luego se decida. Moctezuma, al que sin cesar se le atribuyen terribles dudas y temores de orden religioso, opta por la postura más conciliadora. Ya no tendrá tiempo de arrepentirse.

Los españoles están a las puertas.

8 de Noviembre de 1519

Acompañados de grandes dignatarios y una multitud de gentes, menos de 400 españoles se adentran en un complejo urbano de una magnitud desconcertante. Son objeto de una recepción formal de enorme complejidad y boato, y al final se les instala en los palacios del padre de Moctezuma entre todo tipo de comodidades.

image2

A partir de aquí las crónicas de la época se pierden en un elogio desmedido de la grandeza de Tenochtitlán, de las riquezas del imperio y de las dificultades culturales para convencer a los aztecas de que renunciasen a sus ritos. Inevitablemente, la ambición última de los españoles, y señaladamente de Hernán Cortés, era asentarse definitivamente en la ciudad y cristianizarla, algo que Moctezuma no podía aceptar. La fricción en el tema religioso es decisiva, e imposible la cesión por ninguna de las partes. Los españoles optaron entonces por hacer prisionero al emperador y obligarle a dar órdenes a sus súbditos según su voluntad. Pero todo esto no atañe a cuestiones propiamente bélicas. Lo cierto es que esta situación, no exenta de tensiones pero aparentemente controlada, se va a desbocar por la aparición de un nuevo protagonista.

Pánfilo de Narváez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.