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Hernán Cortés Y La Caída Del Imperio Azteca (Parte 4)

La Crisis de la Conquista. Velas en la costa: Pánfilo de Nárvaez

«y como habíamos puesto en el gran cu, en el altar que hicimos, la imagen de Nuestra Señora y la cruz, y se dijo el santo Evangelio y misa, parece ser que Huichilobos y Tezcatepuca hablaron con los papas y les dijeron que se querían ir de su provincia, pues tan mal tratados son de los teúles, y que donde están aquellas figuras y cruz no quieren estar, y que ellos no estarían allí si no nos mataban». Bernal Diaz

¿Hasta que momento quería prolongar Cortés la situación? Es obvio que esperaba recibir una respuesta positiva del rey, confirmando sus nuevos privilegios. Sin duda, a partir de ese momento, confiaría en recibir refuerzos en gran número desde Cuba o desde la propia España, y con ellos asentar el dominio español sobre Tenochtitlán. Sin embargo, el tiempo pasaba, y la tensión iba en aumento. Cortés no era hombre carente de recursos, pero es evidente que los aztecas preparaban su respuesta a la detención de Moctezuma. El propio emperador hace expresa la amenaza a los españoles, que contemporizan con él alegando que carecen de buques en los que marchar, pero sin dejar de recordar su bien probada superioridad militar.

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«Que si comienzan ellos la guerra, todos morirán en ella.» Bernal Díaz

Cortés no cede a las amenazas, puesto que ha aprendido a confiar muy poco en las intenciones declaradas de los aztecas. Pero no deja de ordenar la construcción de 3 navíos en Veracruz con la intención declarada a Moctezuma de regresar a España con él. Una perspectiva que no debía resultar muy agradable al emperador y que le haría menos agradable la idea de ver marchar a sus huéspedes.

Derrota

Y en ese momento de tensión, surge una amenaza más inmediata para Cortés: Velázquez, enterado de los éxitos de su traicionero protegido y de sus peticiones a la corona, ha enviado una expedición de 1.000 hombres al mando de Pánfilo de Narváez para detenerle y hacerse cargo de la conquista. Los mensajeros que han solicitado la rendición de Veracruz son remitidos a Cortés, que envía de inmediato una embajada a Narvaez. El padre Olmedo no logra convencer al comandante rival, pero mediante un generoso reparto de valiosos regalos gana para el partido de Cortés a casi todos los comandantes. Sólo eso explica que cuando se asalte el campamento la única resistencia venga prácticamente de Narváez, que resulta herido. El resto de la tropa se cambia de bando y todos juntos emprenden el regreso a Tenochtilán, pintada para los recién llegados como el lugar donde darán rienda suelta a todos sus sueños y deseos de codicia y grandeza.

Pero no regresan a una ciudad en paz.

La matanza del Templo Mayor

«Dispuestas así las cosas, inmediatamente entran al Patio Sagrado para matar a la gente. Van a pie, llevan sus escudos de madera, y algunos los llevan de metal y sus espadas. Inmediatamente cercan a los que bailan, se lanzan al lugar de los atabales:dieron un tajo al que estaba tañendo: le cortaron ambos brazos. Luego lo decapitaron: lejos fue a caer su cabeza cercenada.Al momento todos acuchillan, alancean a la gente y les dan tajos, con las espadas los hieren.» De «La visión de los vencidos».

Indagar que es lo que ocurre en Tenochtilán durante la breve ausencia de Cortés es imposible, ya que nuestro testigo más objetivo, Bernal, no estaba en la ciudad durante los acontecimientos. La versión de los nativos es que Alvarado, tras haber autorizado los festejos, les atacó sin previo aviso y causó una enorme matanza entre una multitud desarmada.

«Cortés le dijo: Pues me han dicho que le demandaron licencia para hacer el areito y bailes. Dijo que así era verdad, que fue por tomarles descuidados; y que porque temiesen y no viniesen a darle guerra, se adelantó a dar en ellos.» Bernal Díaz

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La versión de Alvarado es la de un comandante sobrepasado por la tensión de enfrentarse a una ciudad hóstil con una fuerza mínima, y que por tanto asume un riesgo desmesurado al tratar de descabezar a las fuerzas enemigas ejecutándo a sus principales capitanes por sorpresa. Hay que tener en cuenta que Cortés ha partido con el grueso de las tropas, y que Alvarado se mantiene con una fuerza de guanición mínima, quizás un centenar de hombres, confiado en la seguridad que le da tener cautivo a Moctezuma. ¿Se habría atrevido a una acción agresiva de no ser imperiosamente necesaria? En todo caso, Cortés encuentrará censurable su actuación.

La reacción de los aztecas

«Entonces la batalla empieza: dardean con venablos, con saetas y aun con jabalinas, con harpones de cazar aves. Y sus jabalinas furiosos y apresurados lanzan. Cual si fuera capa aurilla, las cañas sobre los españoles se tienden.(…)Estaban sitiando la casa real; mantenían vigilancia, no fuera a ser que alguienentrara a hurtadillas y en secreto les llevara alimentos. También desde luego terminó todo aportamiento de víveres: nada en absoluto se les entregaba,como para que los mataran de hambre (…)Cuando hubieron acorralado a los españoles en las casas reales, por espacio de siete días les estuvieron dando batalla. Y los tuvieron en jaque durante veintitrés días.» De «La visión de los vencidos»

La pequeña fuerza española habría sido destruida sin ninguna duda, o al menos derrotada por el hambre, de no haberse enterado los aztecas de la victoria de Cortés. Al parecer habían planeado derrotar a la fuerza de Alvarado, para convencer así a Narváez que, tras apresar a Cortés, lo más indicado era regresar con sus barcos al lugar del que procediese, ya que Tenochtitlán estaba perdida. Saber que Cortés no solo no había sido capturado, sino que ahora comandaba una fuerza muy superior (Y que, potencialmente, podría ser de nuevo reforzada) les obligó a replantearse su estrategia y esperar acontecimientos. Por eso cesan los asaltos contra las posiciones de Alvarado.

Cortés regresa a Tenochtitlán

«Luego caminamos a muy grandes jornadas hasta llegar a Tlascala, donde supimos que hasta que Montezuma y sus capitanes habían sabido cómo habíamos desbaratado a Narváez, no dejaron de dar guerra a Alvarado, y le habían ya muerto siete soldados, y le quemaron los aposentos, y que desde que supieron nuestra victoria cesaron de darle guerra (…)Cortés mandó hacer alarde de la gente que llevaba, y halló sobre mil trescientos soldados, así de los nuestros como de los de Narváez, y sobre noventa y seis caballos, ochenta ballesteros, y otros tantos escopeteros, con los cuales le pareció que llevaba gente para poder entrar muy a nuestro salvo en Méjico. Además de esto, en Tlascala nos dieron los caciques dos mil indios de guerra.» Bernal Diaz

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Cortés se encuentra con un desastre. Desde su salida de Tlaxcala, ni un solo mandatario acude a recibirle. Atraviesa una ciudad desierta y donde nadie aprovisiona su ejército. Su furia es enorme, sobre todo porque les ha prometido a los oficiales de Narvaez una ciudad aliada y rendida a ellos. Su rabia contra el propio Moctezuma rompe, según Bernal, los últimos puentes de entendimiento y apresura la explosión de un conflicto abierto.

«En aquel instante, si muchos escuadrones salieron a Diego de Ordaz, muchos más vinieron a nuestros aposentos, y tiran tanta vara y piedras con hondas y flechas, que nos hirieron de aquella vez sobre cuarenta y seis de los nuestros, y doce murieron delas heridas. Estaban tantos guerreros sobre nosotros, que Diego de Ordaz, que se venía retrayendo, no podía llegar a los aposentos por la mucha guerra que le daban, unos por detrás y otros por delante y otros desde las azoteas. Pues quizá no aprovechaban mucho nuestros tiros,ni escopetas, ni ballestas, ni lanzas, ni estocadas que les dábamos, ni nuestro buen pelear, que aunque les matábamos y heríamos muchos de ellos , por las puntas de las espadas y lanzas se nos metían.» Bernal Díaz

Los españoles ya han realizado su embajada. Ya tienen barcos en la costa. Pero no se han ido. No solo eso, han regresado con una fuerza muy superior. Han hecho prisionero al emperador, al que hacen objeto de todo tipo de agravios. Han masacrado a los capitanes más distinguidos de entre los guerreros aztecas. La única alternativa para los nativos es la guerra abierta o la desaparición. Y han elegido la guerra, la guerra abierta y sin cuartel propia de una cultura guerrera con una tradición centenaria.

Cuando Cortés envia a Diego de Ordaz con una poderosa fuerza para tratar de disolver a los guerreros que se concentran, la respuesta de estos es tan agresiva que apenas puede este regresar al real castellano con sus hombres. A continuación los aztecas lanzan un asalto que es contenido con enorme dificultad, y aún otro en el que tratan de incendiar los cuarteles españoles, algo que solo se evita con mayor dificultad aún.

tlahuicole2Al tratar de realizar una salida para ganar espacio y disolver las concentraciones enemigas, los españoles se encuentran aislados por la red de canales de la ciudad (Tal y como les advirtieron en su día los Tlaxcatecas) Cualquier movimiento se vuelve así terriblemente complicado, puesto que son los aztecas los que controlan los puentes sobre los canales.

«unos tres o cuatro soldados que se habían hallado en Italia, que allí estaban con nosotros, juraron muchas veces a Dios que guerras tan bravosas jamás habían visto en las que se habían hallado entre cristianos y contra la artillería del rey de Francia, ni del Gran Turco.» Bernal Díaz

Atrapados, los españoles se dedican a fortificar sus posiciones sin que el enemigo les de tregua. Están sobrepasados por la cantidad de enemigos que les asalta, y el valor y brío con el que lo hacen. Anuncian, como siempre, que los españoles terminaran en los altares de sus dioses, y los Tlaxcatecas encerrados en jaulas para ser engordados.

Pero los españoles han preparado maquinas de guerra.

«saliésemos todos los soldados cuantos sanos había en el real, y con cuatro ingenios a manera de torres, que se hicieron de madera bien recios, en que pudiesen ir debajo de cualquiera de ellos para ir los tiros». Bernal Díaz

La obsesión de los españoles es ganar un espacio abierto en el que hacer valer de nuevo la superioridad de sus armas. Para eso han construido durante dos días un tipo de protección móvil desde el que se plantean hacer fuego a cubierto de los proyectiles enemigos. Esta vez son los españoles los que se ponen a la altura del desafío, y a pesar de la bravura de los aztecas avanzan sin cesar hacia la gran piramide. Los aztecas han preparado picas con las que atacar a los caballos, se lanzan en los canales para evitar las cargas de la caballería, y aprovechan el enlosado liso de la gran plaza para hacer resbalar a las cabalgaduras. Su oposición es tan brutal que destroza las maquinas de guerra de los españoles y disputan cada escalón de su gran templo. Pero ni así logran evitar que los españoles, con Cortés a la cabeza, coronen la gran construcción.

DSC04773Con gran alegría de los Tlaxcatecas, que han combatido codo a codo con los españoles, los ídolos son derribados y el templo incendiado. En la cultura nativa, ese es el símbolo de la victoria. Los españoles lo han apostado todo para lograr un golpe psicológico definitivo. Y lo han conseguido.

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Pero los aztecas ya han comprendido que esta es una nueva clase de guerra, y mantienen el ataque sobre los españoles. No cesan en bombardear la posición de estos con proyectiles y piedras, lo que les obliga a retirarse a sus cuarteles, que ya estaban a punto de ser conquistados por el enemigo. La salida ha sido un desastre, los españoles vuelven heridos y menguados, sin sus castillos rodantes y con su fortificación muy maltratada.

«…y en todo lo que platicábamos no hallábamos remedio ninguno.» Bernal Díaz.

Los españoles están desesperados, y los hombres de Narváez irritados con Cortés y consigo mismos, puesto que se han convertido en traidores a cambio de promesas sin fundamento, sólo para venir a morir de una forma espantosa en medio de una ciudad alzada contra ellos.

La desesperación es tanta, que Cortés decide pedir una tregua para abandonar la ciudad. Los aztecas responden redoblando sus ataques ante el olor de la debilidad enemiga. Tratando de calmar a la multitud para que permita su marcha, los españoles ruegan a Moctezuma que interceda, pero solo consiguen que este sea lapidado por la multitud. Los españoles tratan de favorecer la sucesión en uno de sus cautivos, y reclaman de nuevo una tregua con motivo de los funerales de Moctezuma. Pero sin éxito.

79957_montezuma_lg«Ahora pagaréis muy de verdad la muerte de nuestro rey y señor y el deshonor de nuestros ídolos; y las paces que nos enviáis a pedir, salid acá y concertaremos cómo y de qué manera han de ser.» Bernal Díaz

Por más que los capitanes de Cortés se devanen los sesos no encuentran ninguna alternativa para su desesperada situación que no sea la evidente: Hay que huir al precio que sea a riesgo de morir de hambre encerrados y sin esperanza.

Tienen que salir de Tenochtitlán.

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