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Hernán Cortés Y La Caída Del Imperio Azteca (Parte 5)

La Noche Triste y Otumba. Se prepara la partida

«Aquí teníamos en este aposento y sala sobre setecientos mil pesos de oro, y como habéis visto que no se puede pesar ni poner más en cobre, los soldados que quisieren sacar de ello, desde aquí se lo doy, como ha de quedar perdido entre estos perros.» Hernán Cortés según Bernal Díaz.

La situación es desesperada para los españoles. Pronto faltará la pólvora y la comida. Los asaltos de los aztecas se recrudecerán y la vía diplomática ya se ha demostrado inviable. Los asaltos españoles no han obtenido resultados prácticos. No queda más remedio que huir de la ciudad alzada contra ellos y en este parecer están de acuerdo todos, Hernán Cortés, los capitanes y la tropa. Se establece claramente el orden en que saldrá el ejército, con grupos diferenciados bajo mandos separados. Un grupo de soldados, los más jóvenes y ágiles, serán la fuerza móvil de apoyo que se desplazará allí donde sea necesaria. Para superar los canales, se prepararán grandes puentes portátiles con la madera de los palacios donde están atrincherados. Igualmente, los españoles envían una última embajada pidiendo autorización para huir dentro de ocho días, en la esperanza de aflojar la vigilancia.

Todo esta listo.

La Noche Triste

«-Guerreros, capitanes, mexicanos . . . ¡Se van vuestros enemigos! Venid a perseguirlos. Con barcas defendidas con escudos . . . con todo el cuerpo en el camino». La visión de los vencidos.

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La noche era oscura, nublada y con una ligera llovizna. Sea porque los aztecas han bajado la guardia, sea porque prefieren que los españoles abandonen la protección de sus cuarteles, el ataque no se produce hasta que los hombres de Cortés han cruzado el primer canal. En ese momento, acudiendo desde todas direcciones, una multitud sin fin de guerreros aztecas surge sobre sus barcas y ataca a los españoles que avanzan sobre las calzadas.

«(…)pasaron el puente con mucho peligro sobre muertos y caballos y petacas, que estaba aquel paso del puente cuajado de ellos.» Bernal Díaz

En medio de la oscuridad, y sobre unas calzadas resbaladizas por la ligera y constante lluvia, los españoles pierden toda cohesión. Se enfrentan al combate en la inferioridad de condiciones que implica su disgregación y el caos de la retirada. Se dividen en pequeños grupos que van siendo colapsados por el enemigo.

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El propio Bernal reconoce el caos subsiguiente, y como en el canal de los Toltecas se produce una matanza terrible entre la fuerza española. Los testimonios nativos hablan, literalmente, del canal cegado por los cuerpos de siervos, mujeres, españoles y tlaxcatecas. Bernal reconoce esas grandes pérdidas, con los hombres cayéndo en el fondo del canal, y trata de justificar la apresurada llegada de Cortés y sus principales capitanes a Tacuba y su relativa seguridad. Allí, a la vista de las escasas fuerzas que han logrado huir y ante las recriminaciones de los que quedaban atrás, organizan una fuerza de socorro y se adentran de nuevo en la oscuridad dispuestos a todo.

Sin embargo no avanzan demasiado.

Los restos de un Ejército

«(…)no anduvieron mucho trecho, porque luego vino Pedro de Alvarado bien herido, a pie, con una lanza en la mano, porque la yegua alazana ya se la habían muerto, y traía consigo cuatro soldados tan heridos como él.» Bernal Díaz

Se encuentran con el desastre. La derrota más completa. El colapso absoluto del ejército español. Alvarado, destrozado, junto a cuatro supervivientes, forma toda la retaguardia. Cinco hombres malheridos son todo lo que queda de las fuerzas españolas.

Alvarado explica como han tenido que huir atravesando canales cegados por cuerpos humanos después de ver como la resistencia de los españoles se colapsaba bajo el número inmenso de sus enemigos.

4E79.31<br />  CORTES &amp; TENOCHTITLAN, 1521.<br />  The capture of Mexico City, or Tenochtitlan, by Hernando Cortes and his Spanish conquistadores, 13 August 1521: steel engraving, American, 1870.

Y aún no han terminado sus desvelos, porque los aztecas han reunido en Tacuba una fuerza de guerreros que les ataca. No queda más remedio que continuar la retirada, y en este momento resultan providenciales varios guerreros de Tlaxcala que informan a Cortés la existencia de un camino alternativo a las bien vigiladas calzadas principales.

«Pues de los de Narváez todos los más en los puentes quedaron, cargados de oro (…) y era que todos estábamos heridos, y no escaparon sino veintitrés caballos. Los tiros, artillería y pólvora, no sacamos ninguna; las ballestas fueron pocas.» Bernal Díaz.

El acoso de los aztecas no termina. Acosan a los españoles de cerca, tratando de terminar definitivamente con sus enemigos.

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Han logrado de la batalla un botín extraordinario.

«También todas las armas de guerra allí fueron recogidas. Cañones, arcabuces, espadas y cuanto en el hondo se había precipitado, lo que allí había caído. Arcabuces, espadas, lanzas, albardas, arcos de metal, saetas de hierro. También allí se lograron cascos de hierro, cotas y corazas de hierro; escudos de cuero, escudos metálicos, escudos de madera.» La visión de los vencidos.

Otumba

«¡Oh, qué cosa era de ver esta tan temerosa y rompida batalla, cómo andábamos tan revueltos con ellos, pie con pie, y qué cuchilladas y estocadas les dábamos, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar hacían en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos, y los de caballo, no dejaban de batallar muy como varones esforzados!»  Bernal Díaz

14 de Julio de 1520

A pesar de sus esfuerzos, los españoles no han logrado romper el contacto. Los aztecas les han rodeado y han concentrado un gran ejército en la llanura de Otumba dispuestos a terminar con la fuerza española definitivamente. Han capturado una cantidad inmensa de botín, han retirado montañas de cadáveres de los canales y se disponen a terminar definitivamente con los restos agotados y maltrechos de la una vez orgullosa fuerza española.

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Pero para su sorpresa, son los españoles los que cargan contra ellos. Dispuestos a todo, a abrirse camino al precio que sea, y a vengarse del terror y el horror de la noche en los canales.

Pero no como una turba desesperada. Avanzan con órdenes claras de Cortés, con la vista puesta en la victoria. Deben buscar a los hombres mejor vestidos, empenachados y distinguidos. Que todas las cuchilladas (Puesto que ya no quedan ni cañones ni pólvora) encuentren nobles y capitanes aztecas.

«Cortés dio un encuentro con el caballo al capitán mejicano, que le hizo abatir su bandera» Bernal Díaz

Al mando de los últimos jinetes, Cortés sigue su propio consejo y se lanza a la carga contra el comandante de los aztecas, el Cihuacóatl , fácilmente reconocible por su enorme estandarte. La carga española es desesperada, salvaje e imparable. El propio Cortés termina con la vida del comandante enemigo, mientras que sus capitanes acaban con sus oficiales y Juan de Salamanca derriba al abanderado, tras lo que arrastra el estandarte por el suelo (Lo que le valdrá un título nobiliario y un escudo de armas que represente su gesta).

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«Nuestros amigos los de Tlascala estaban hechos unos leones, y con sus espadas y montantes y otras armas que allí apañaron, hacíanlo muy bien.» Bernal Diaz

Con sus oficiales muertos, enfrentados a la carga imparable de los españoles y los tlaxcatecas, los hombres de Tenochtitlán y Tezcoco empiezan a retroceder y terminan por retirarse del campo.

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Lo que quizás pareció imposible durante la larga noche de los canales se ha hecho realidad.

Los españoles han vencido.

El precio

«Digo que en obra de cinco días fueron muertos y sacrificados sobre ochocientos sesenta soldados, con setenta y dos que mataron en un pueblo que se dice Tustepeque, y a cinco mujeres de Castilla; y éstos que mataron en Tustepeque eran de los de Narváez; y mataron sobre mil doscientos tlascaltecas. Si miramos en ello, todos comúnmente hubimos mal gozo de lar partes del oro que nos dieron, y si de los de Narváez murieron muchos más que de los de Cortés en los puentes, fue por salir cargados de oro. (…)que no quedamos sino cuatrocientos cuarenta con veinte caballos y doce ballesteros y siete escopeteros, y no teníamos pólvora» Bernal Díaz

Quedan menos de quinientos españoles y unos ochocientos Tlaxcatecas. Pero han llegado de nuevo a Tlaxcala. Los españoles se sienten inquietos. ¿Cuál será la actitud de sus aliados ahora que se han convertido en una tropa destrozada?

Los Tlaxcatecas, gente inteligente y razonable, sabían que los aztecas habían reunido una multitud inmensa de guerreros en Otumba. Han esperado para conocer el desenlace de la batalla. Y se dan cuenta de que, después de todo, no han apostado por el bando perdedor.

«Desde que lo supieron en la cabecera de Tlascala, luego vinieron Maseescasi, Xicotenga el Viejo,Chichimecatecle y otros muchos caciques y principales y todos los más vecinos de Huexocingo,y como llegaron a aquel pueblo donde estábamos, fueron a abrazar a Cortés y a todos nuestros capitanes y soldados (…)Y mucho debes a tus dioses que te han aportado aquí y salido de entre tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de Otumba, que cuatro días había que lo supe que os esperaban para mataros. Yo quería ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los nuestros, y no pude salir a causa que no estábamos juntos y los andaban juntando.» Bernal Díaz

Cortés y sus capitanes agradecen la calurosa acogida. Son pocos, están heridos y agotados. Pero su primera petición es clara: Quieren 5.000 guerreros para ayudarles a atacar todas las ciudades que han asesinado a sus guarniciones españolas.

No hay dudas ni disputas.

Llega la hora de la venganza.

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