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Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo

Durante mi adolescencia, caería en mi manos (casi por casualidad) un libro que cambiaría mi vida para siempre: las «Cartas de relación» en las que Hernán Cortés, al más puro estilo de Julio César con su Guerra de las Galias, relataba las peripecias que acabaron con la conquista de la Nueva España -lo que hoy en día es México- a su Augusta Majestad el Emperador Carlos V. Se trataba de una edición barata, el número uno de una colección de Sarpe llamada Biblioteca de la Historia y que adornaba las estanterías de mi padre. De aquel libro y a través de los años, pasé a otros, de muy diversos autores y distintas calidades sobre un tema que desde entonces me ha apasionado. Pero aquel sería el primero de todos…

Capitán General Cortés

Cierto día no hace demasiados años tuve el privilegio de charlar con Arturo Pérez-Reverte en persona sobre este asunto, y mientras me dedicaba una edición especial de su microrrelato «Ojos azules» (un recomendable relato -muy breve, pero estremecedor- de aquella famosa «Noche Triste» de los españoles en Tenochtitlán), le comentaba que me quedé con muchas ganas de más al respecto. Él fue claro, rotundo: me dijo que con su edad, le quedaban pocos libros por escribir y que por tanto, debía escoger con cuidado los temas y asuntos a tratar en ellos, y que por ello, no quería volver a viejos temas ya tratados. No obstante, me recomendó que directamente hablara con el «abuelo», el viejo soldado Díaz del Castillo. A los dos días de aquella conversación, adquiría un ejemplar del mismo, que el pasado verano tuve el placer de disfrutar de principio a fin.

Historia verdadera

Escribir a estas alturas sobre un clásico entre los clásicos como es la «Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España» no aportará nada más allá de mi opinión. Lo cierto es que Bernal Díaz del Castillo no es un escritor de estilo selecto, ni de grandes florituras. Efectivamente, su escritura es la de un veterano soldado que cuenta sus vivencias, sin más aspiraciones una vez llegado a la vejez y al retiro que relatar, sin deber nada a nadie, lo que les acontecería a él y a sus compañeros en aquella durísima campaña. El objetivo de su relato no fue el comercial, como más tarde veremos, sino más bien, el de transmitir su legado y corregir los de otros que, sin haberlos vivido de primera mano, narraban también aquella conquista.
Precisamente ahí tenemos la primera muestra de valor en el relato: al contrario que Cortés en sus «Cartas de relación» o que Francisco López de Gómara en su «Historia General de las Indias», Del Castillo no trata de cambiar el contenido para hacerlo más bonito, más llamativo o más épico; tampoco trata de divinizar a su capitán, del que habla maravillas pero sin ocultar ciertas cosas oscuras -al contrario de lo que hacía el propio Cortés de su puño y letra, o el mismo Gómara, a sueldo del primero, para ensalzar al de Medellín hasta la mitificación, ninguneando a sus hombres-. Del Castillo trata de ser justo, pero sobre todo, trata de honrar, sin menospreciar el talento y el acierto en el mando de Cortés, a sus hombres, aquellos sin los cuales la hazaña no habría sido posible bajo ningún concepto.
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Bernal Diaz del castillo

Bernal Díaz del Castillo comienza su relato hablando de las dos expediciones previas a la de Cortés, las de Hernández de Córdoba y la de Juan de Grijalva, expediciones fracasadas que el de Medellín utilizó astutamente, obviándolas en todos los relatos -directos o indirectos- que se hacían de «su» conquista y que eran enviados al Emperador Carlos, pero teniendo en buena cuenta la experiencia de las mismas y de algunos de sus participantes y veteranos -entre ellos el propio Bernal- para corregir errores previos y aprovechar lo ya explorado. No habría pasado nada por hacer saber al Emperador que hubo dos expediciones previas, fracasadas, y que la tercera y definitiva se hizo siguiendo y corrigiendo las huellas de estas, pero el de Medellín sin duda no quería entregar ni un ápice mínimo de la que consideraba su exclusiva gloria.
Aquí encontramos un punto importante, pues si bien tenemos datos que nos confirman la participación de Díaz del Castillo en la expedición de Hernández de Córdoba, no así de su participación en la de Grijalva, y eso hace que, al menos, nos genere reservas la completa veracidad de todo el relato, y que podamos pensar que el mismo Díaz del Castillo cae en la misma tentación que el de Medellín. ¿Por qué? Pues porque precisamente el autor hace referencia a la veracidad de lo escrito desde su primera linea del texto, criticando constante y repetidamente obras de mucho mayor calado literario y repercusión en la época como las dos referidas, por tenerlas como verdades a medias, ambiguas, parciales o sectarias, y siempre en favor de la mayor gloria de Cortés. Puesta pues en duda su presencia en esta segunda expedición -la de Grijalva-, y si bien sin lugar a dudas conocía perfectamente los detalles de la misma, con esas reservas seguiremos adelante con la historia.
Quisiera aquí dejar bien claro que Bernal no traiciona en ningún momento la memoria de Cortés, al contrario: habla siempre de él con respeto y admiración. Lo describe como grandísimo comandante, tipo generoso y justo con sus hombres. Valiente con la espada, extremadamente hábil con la diplomacia y el engaño, con un carisma digno de los grandes generales de la Historia, los César, Alejandro, Aníbal… Un hombre extraordinario que llevó a cabo una hazaña sin precedentes, más allá de las líneas enemigas y reinventándose cada vez que le hizo falta. Lo que también hace Bernal es mostrarnos la doble cara de Cortés, sin tapujos ni medias tintas: la sibilina en el trato con los indios, su ambición desmedida por el oro y la gloria. No obvia por ejemplo que Cortés anduvo reservando, aparte del célebre quinto del Rey, otro quinto para él antes de repartir el resto entre sus hombres, o que desobedeció órdenes y mintió en el desarrollo de la empresa cuantas veces hizo falta; Cortés era un maestro del soborno y del espionaje, y jamás careció de escrúpulos para utilizarlos con amigos y enemigos… Todos estos aspectos son aquellos que Cortés obviaba en sus crónicas y cartas, y hacía pasar por encima a los encargados de relatarlas bajo sueldo, como es el caso de Gómara.
La impresionante y maravillosa Tenochtitlan

La impresionante y maravillosa Tenochtitlan

Leer a Díaz del Castillo es escuchar a un veterano en primera persona, escuchar al «abuelo» contando sus batallas, sus penurias, sus hazañas y las de sus compañeros. Supone un relato fresco, sin complejos, sin ataduras, donde salpica la sangre y huelen las flores, donde en los recuerdos del anciano soldado resucitan los caballos y la lluvia de la Noche Triste vuelve a mojar.
Destaca la descripción y el retrato que hace del recuerdo que guarda de todos y cada uno de los personajes: por supuesto, de su capitán general Cortés y de sus «lenguas», los intérpretes Doña Marina (la hija de caciques locales que heredaría el sobrenombre de Malinche del propio Cortés) y Gerónimo de Aguilar (náufrago español que, hecho preso por los indios en una expedición anterior, serviría una vez liberado, de intérprete al de Medellín); también de los oficiales de Cortés: el fiero Alvarado, Diego de Ordás, Sandoval, Saucedo, Escalante… Por supuesto, de Moctezuma (Montezuma, como él lo llama), a quien describe con el mismo respeto y admiración que de si su propio emperador se tratara; lo mismo hace con los caciques locales, con los aliados tlaxcaltecas y los enemigos mexicas, a quienes honra, describiendo con detalle la fiereza, bravura y valentía de todos ellos en el combate.
La "noche triste"

La «noche triste»

Me ha impresionado especialmente su sensibilidad y detalle en la descripción de las ciudades y tradiciones mexicas, hasta el punto de pasear con él por la magna Tenochtitlán, dentro de sus palacios, cruzando los puentes que unían las islas que formaban la vieja capital de lo que hoy es México. Un espectáculo abrumador e impresionante para un europeo que jamás imaginó ver una ciudad como aquella, tan hermosa y sofisticada.
Se muestra generoso con el esfuerzo de los aliados tlaxcaltecas, pero sobre todo, en este libro Díaz del Castillo engalana a sus compañeros, soldados de a pie que pasan de puntillas en las Cartas de relación y casi desaparecen de las de Gómara. Resulta conmovedor su descripción de soldados castellanos, extremeños… muriendo con un montante o una espada y una rodela en las manos para que sus compañeros puedan seguir adelante; es fácil conseguir volver a ver a los caballos, con nombre y color incluidos, galopando para romper las nutridas líneas enemigas en Otumba, o resbalando en el pavés mojado en el fragor de los combates de la vieja ciudad de México, esquivando la obsidiana afilada como cuchillas de los guerreros águila y jaguar con la pericia de un guionista de Hollywood.
Juan de Salamanca en la Batalla de Otumba

Juan de Salamanca en la Batalla de Otumba

Bajo mi punto de vista y dejando a un lado el inmenso valor descriptivo desde todos los puntos de vista (etnológico, flora, fauna, militar…), lo mejor de Bernal es que resulta épico sin pretenderlo, hasta el punto de llegar a ser brutal simplemente en la descripción de las acciones conforme se le amontonan en la cabeza y las va destilando sobre el papel.
Como decíamos al principio, ciertos estudios, como el del profesor Alberto Rivas Yanes, nos dicen que Bernal escribió su relato sin pretensiones de ser publicado, simplemente para que sus herederos supieran de lo que hizo y cómo vivió la experiencia. Tal vez precisamente por eso, Bernal convirtió su relato en un regalo, en un maravilloso viaje en el tiempo hasta la expedición de Cortés, sin duda, una de las más increíbles gestas de la Historia Militar de todos los tiempos.
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 Para poder disfrutar de ella, están disponibles cientos de ediciones, resumidas y completas. Yo leí primero una reducida de la editorial Castalia Didáctica -no recuerdo su precio pero era barata-, pero recomiendo la completa en su edición de la RAE, a un precio de 30 €. Créanme si les digo que vale cada uno de esos 30 € que cuesta.
Un relato imprescindible e impagable, un verdadero viaje en el tiempo.

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