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Martín Álvarez Galán, el Infante de Marina

Martín Álvarez Galán nació en Montemolín, provincia de Badajoz, en 1766. Era el único hijo del matrimonio formado por Pedro Álvarez y Benita Galán. El padre de Martín, Pedro, había heredado la profesión de carretero, haciendo regularmente la ruta de Montemolín a Olivenza y Badajoz. Su esposa, Benita, era hija de un viejo soldado que había regado el suelo patrio defendiendo la causa de Felipe V.

Durante las ausencias de su padre y las largas noches de invierno, se sentaba junto a la lumbre en compañía de su madre quién le contaba a Martín historias sobre los hechos en los que participó su padre, que alcanzó el grado de Sargento al servicio de Felipe V y defendiendo sus intereses sucesorios durante la guerra que lo enfrentó al Archiduque Carlos de Austria en la Guerra de Sucesión. En esta guerra, durante el asedio de Badajoz por parte de las tropas del Archiduque, un soldado inglés le descerrajó un arcabuzazo que le ocasionó la pérdida de un brazo. El asedio finalizó con la pérdida de Badajoz, caída en manos de los ejércitos ingleses, portugueses y austríacos del Archiduque Carlos.

Puede que las narraciones, por parte de su madre, sobre los combates en los que intervino su abuelo, sumado a otras historia y cuentos, le hicieran desarrollar cierto odio hacia los ingleses y aumentasen su deseo de alistarse como soldado.

Granadero Martín Alvarez

Granadero Martín Alvarez

A los 14 años empezó a acompañar a su padre en sus viajes, para ir conociendo el oficio y los contactos. En uno de sus primeros viajes, el joven Martín conoció a la banda de “el Bruno”.

Por la mañana temprano, Martín y su padre, al que se le conocía como “el tío Pedro”, se pusieron en camino. Mientras su padre cabeceaba sobre el carro y Martín viajaba montado en una de las mulas que tiraban del carro, llegaron a un pinar, les salió al paso un hombre a caballo espetándoles “la bolsa o la vida”. Martín de un salto baja de la mula agachándose para coger un par de piedras. Viendo la reacción del joven, alza su pistola y apuntando a Martín le dice: “Procura hacer buena puntería pues como falles el tiro eres hombre muerto”. Mientras esto sucedía despierta el padre de Martín, a la vez que llegan por el pinar otros tres asaltantes a caballos, resultando ser uno de ellos “el Bruno”, jefe de la partida, que reconociendo a Pedro ordena al primer bandolero: “Guarda la pistola Zurdo, que ahora no es menester”, y aproximándose al carro le dice al “tío Pedro”: “¡saque la bota tío Pedro!, ¿qué novedades hay por el pueblo? Perdone el susto pero es que el Zurdo es nuevo en la partida”. Fijándose en Martín le dice: Y a todo esto ¿qué pensaba hacer el jovencito para defenderse?”. Ofendido, Martín le responde: “Lo que hiciera cualquier hombre honrado a quien intentan quitarle lo único que tiene, defenderme y si es preciso hasta perder la vida”, a lo que “el Bruno” contesta: “¡Bravo!, “tío Pedro”. Qué lástima que su hijo en vez de carretero no se dedicase a la milicia, le pronostico que había de ser un buen soldado”. Mosqueado el padre de Martín replica: “Eso es lo que hace falta sr. Bruno, que a los cuentos que su madre le tiene metidos en la cabeza le venga usted diciendo eso”. Sin más percances, se marcharon los bandoleros sin molestarles más continuando, Martín y su padre, el viaje pero no pudiendo el joven quitarse de la cabeza la posibilidad de enrolarse como soldado.

Tras la muerte de su padre, Martín continúa con el oficio familiar. Se enamora de María, que era la hija del mesonero Antonio Gil y de Nicolasa Benklar, hija de un alemán del que heredó el “Mesón Nuevo de Montemolín”. A la señora mesonera no le hacía mucha gracia el enamoramiento de Martín con su hija, pues tenía para su hija otras intenciones, que pasaban por casar a su hija con Jaime, el hijo del molinero, mucho mejor partido que el carretero Martín.

Cuando Martín regresa de uno de sus viajes se encuentra con dos malas noticias, la primera el fallecimiento de su madre y las segunda la boda de María con Jaime, su oponente. Estos dos acontecimientos le empujan definitivamente a la carrera de las armas. Vende su exiguo patrimonio y emprende camino en dirección a Sevilla. Pero Martín, a pesar de tener bastante inteligencia, era analfabeto e muy falto de conocimientos. Apenas conocía con mínimos detalles los diferentes Cuerpos que integraban las Marina y los Ejércitos españoles, pero siente predilección por la caballería. Al llegar a Sevilla se topa da de brices con un destacamento de alistadores que trabajan para la Armada. En aquella época debido a los problemas para reclutar los soldados suficientes, la Infantería de Marina había establecido destacamentos de reclutadores en las ciudades de Sevilla, Granada y otras ciudades importantes, estaban integradas por hombres bien pagados, de buena planta y presencia que lucían unos uniformes nuevos muy vistosos para intentar captar la atención de los futuros soldados; el destacamento

Con el que se topó Martín en Sevilla se componía de un capitán, un sargento, dos cabos y doce granaderos escogidos, uno de éstos se llamaba Lucas García que lucía con aire marcial e impresionante su uniforme de Granadero de Infantería de Marina compuesto por una buena casca azul turquí con solapa encarnada, calzón azul, sobre los hombros lucía unas charreteras encarnadas y cubriendo su cabeza llevaba una gorro negro de pelo con manga de color grana que terminaba en una borla amarilla.

Granadero de Infantería de Marina Española, siglo XVIII

Granadero de Infantería de Marina Española, siglo XVIII

Éste granadero causó una gran impresión en el joven Martín con el que muy pronto congenió, pero aun así, Martín seguía mostrando su preferencia por la caballería. Lucas García, tratando de no defraudar a su nuevo amigo y de causarle una gran impresión que inclinase la balanza de sus predilecciones hacia la Infantería de Marina, comenzó a llamar a su unidad “Los Dragones del Viento” y añadía que los nombres de los barcos eran en realidad caballos con nombres de santos.

De esta forma, consiguió el Granadero de Infantería de Marina Luís García, que Martín Álvarez Galán se alistase como soldado en la Tercera Compañía del Noveno Batallón de la Infantería de Marina, un 26 de abril de 1790, siendo la talla que reflejaron en su expediente en el momento del alistamiento de cinco pies y siete pulgadas.

Una vez firmado su alistamiento en Sevilla, se traslada a San Fernando (Cádiz) donde realizó su instrucción, al finalizar la cual fue destinado a la vigilancia en los Arsenales. Realizando esta función fue elegido para formar parte de los Granaderos. El 16 de septiembre de 1792 embarca en el navío “Gallardo” de un porte de 74 cañones, pasando de Cádiz a Cartagena.

En 1793 gobernaba Francia los partidarios de la Revolución Francesa con Robespierre a la cabeza. Tras la muerte de Luis XVI, España e Inglaterra se habían aliado para evitar que esta Revolución se asentase e impedir su expansión. Al Teniente General de Marina D. Francisco de Borja se le encomendó el mando de la escuadra que debía zarpar de Cartagena rumbo a Barcelona, donde se estableció el centro de operaciones para las acciones de bloqueo de las costas mediterráneas francesas. Las fuerzas inglesas al mando del Almirante Hood tenían bloqueados los puertos de Marsella y Tolón. Éste Almirante solicitó que le enviasen seis buques españoles para auxiliarle en estos bloqueos, entre los buques enviados se encontraba el “Gallardo” donde seguía sirviendo nuestro granadero Martín Álvarez. Las fuerzas hispano-inglesas tomaron Tolón, nombrando como gobernador de esta plaza al ilustre marino D. Federico Gravina. Esta victoria enalteció tanto a los españoles que el Teniente General D. Francisco de Borja dispuso el desalojo de los franceses de las islas de San Pedro y San Antíoco, al sur de Cerdeña. Entre las fuerzas dispuestas para tal misión se volvía a encontrar el “Gallardo”. Una vez tomadas las dos islas, el “Gallardo” se trasladó a su base en Cartagena.

En 1794 Martín Álvarez embarca en el “San Carlos”, a éste navío se le designó para formar parte de la escolta de un convoy con personal y pertrechos destinados a la defensa de la Antillas. El “San Carlos” regresa a la península en 1795 escoltando otro convoy.

Por fin, el 22 de julio de 1795, se firma la Paz de Basilea, pero éste periodo de paz sólo dura poco más de un año pues el 18 de agosto de 1796 España ratifica el Tratado de San Ildefonso declarando, junto a Francia, la guerra a Inglaterra.

A finales del siglo XVIII España poseía la tercera mejor Armada compuesta por 76 navíos, entre los que se encontraba la “joya de la corona”, el “Santísima Trinidad”, el único navío de cuatro puentes, 50 fragatas, 7 corbetas, 10 jabeques y un gran número de buques menores. El gran problema de la Armada española era la falta de marinería y artilleros experimentados, otro problema con el que convivían era el nombramiento de comandantes con escasa experiencia y cuyo único mérito era ser hijo de alguien importante.

En 1796, el granadero Martín Álvarez forma parte de la dotación del navío “Santa Ana”, un navío de tres puentes y 112 cañones. De éste pasa al de mismo tipo y artillería “Príncipe de Asturias”, encontrándolo en 1 de febrero de 1797 en el navío “San Nicolás de Bari”, de 74 cañones, mandado por el Brigadier D. Tomás Geraldino. El “San Nicolás de Bari” salió con la Escuadra de Cartagena rumbo al Atlántico con la misión de recibir a un convoy de gran entidad, el 14 de febrero alcanzaban el cabo de San Vicente, frente a la costa portuguesa, donde era descubierta por una escuadra inglesa al mando del Almirante John Jervis, que izaba su enseña en el navío “Victory” de 100 cañones, y compuesta por 15 navíos, 4 fragatas, 2 balandros y 1 cutter.

San Nicolás

San Nicolás

La escuadra inglesa avanzaba protegidos por la niebla. A las 06:30 avistan a la escuadra española que avanza en dos grupos tácticamente muy mal dispuestos para el combate. El almirante Jervis ordena a su escuadra formar en línea y a las diez de la mañana, una vez levantada la niebla, se inicia la batalla.

La escuadra española, que tenía una superioridad de dos a uno sobre la inglesa, iba al mando del Teniente General José de Córdova y Ramos, que izaba su enseña en el “Santísima Trinidad”, y se componía de 24 navíos, 7 fragatas, 1 bergantín y 4 urcas. Parte de estos buques iban escasos de personal y parte del que llevaba procedía de levas forzosas.

Pero la pésima disposición de los buques españoles hizo que siete de los navíos, “Santísima Trinidad”, “Mejicano”, “Salvador”, San José”, “San Nicolás de Bari”, “San Isidro” y “Soberano”, quedasen aislados del grueso de la escuadra, siendo fácilmente rodeados por la escuadra británica. Mientras, la vanguardia española, compuesta por 7 navíos y 2 fragatas, al mando del Teniente General Francisco Javier Morales de los Ríos, que ejercía su mando a bordo del navío “Purísima Concepción”, desobedecía las órdenes recibidas rehuyendo el combate y poniendo rumbo a Cádiz.

El “San Isidro” recibe fuego cruzado desde cinco navíos británicos y termina siendo el primer buque español en rendirse. El siguiente en rendirse es el “Salvador del Mundo”. Horacio Nelson, a bordo del “Captain”, desobedece las órdenes recibidas de su Almirante y abandona la formación situándose frente a los buques españoles, Jervis, al intuir los posibles beneficios de la maniobra efectuada por Nelson, le envía otros cuatro navíos en su ayuda, entre los cinco cañonean al “San Nicolás de Bari” y al “San José” desde ambos costados, desarbolándolos y desartillándolos.

Batalla del cabo de San Vicente

Batalla del cabo de San Vicente

Estando ya muy debilitados estos dos navíos, Nelson decide abordarlos, empezando por el “San Nicolás de Bari”, pero la captura no resulta ser tan fácil como esperaba, pues los últimos supervivientes no se plantean la rendición y venden muy caras sus vidas. Entre estos está el granadero Martín Álvarez que recibe la siguiente orden del Brigadier Tomás Geraldino: “granadero, di a tus compañeros que ninguno se rinda sino después de muerto”. Cada vez quedan menos españoles, el mismo Brigadier Tomás Geraldino cae atravesado por una bayoneta.

Tras varias horas de lucha, el navío está destrozado, cubierto de escombros y cadáveres. Los ingleses creen haber tomado el buque, el mismo Nelson está en la cubierta del “San Nicolás de Bari” recogiendo los sables de los españoles y entregándoselos a sus oficiales, pero aún queda un español vivo que no cesa de luchar, y la bandera no ha sido arriada y orgullosa ondea al viento en toldilla. El granadero Martín Álvarez cumple a rajatabla las órdenes recibidas y permanece impertérrito en su puesto, a pesar de las heridas que cubre su cuerpo, empuñando su sable defiende con todas sus fuerzas esa bandera que se le ha encomendado. El Sargento Mayor William Morris se dirige decidido, sable en una mano y pistola en la otra, a arriar la bandera del buque que considera tomado, pero Martín no está dispuesto a permitírselo y con un empuje inusitado lo atraviesa de pecho a espalda sacándole la punta del sable, que con el ímpetu clava con tal fuerza en la madera del mamparo de un camarote que no consigue desclavarlo. En ese momento aparece otro oficial inglés acompañado de varios soldados. Nuestro granadero, al ver que no puede desclavar su sable y que los ingleses se le echan encima, coge un fusil a modo de maza y asesta tal golpe al oficial inglés que lo deja muerto en el sitio, del mismo modo consigue herir a dos soldados que se atreven a acercársele. Tras casi una hora más de lucha Martín Álvarez, muy debilitado por el esfuerzo y por la gran cantidad de sangre perdida a causa de las heridas sufridas, sobre todo de una en la cabeza, cae sin sentido al suelo siendo dado por muerto por los ingleses, momento en el que la bandera española es arriada en el “San Nicolás de Bari”.

Banderas para buques de guerra por decreto de Carlos III

Banderas para buques de guerra por decreto de Carlos III

Mientras tanto, el navío “San José” no ofrece resistencia alguna y se rinde a las 16:40. Con esta rendición se pone prácticamente fin a la batalla. Los ingleses han sufrido 300 bajas entre muertos y heridos, mientras que del lado español se contabilizan 1283 bajas y se han perdido, capturados por los ingleses, los navíos “San José”, “Salvador del Mundo”, “San Nicolás de Bari” y “San Isidro”.

Nelson acepta la rendición del San José

Nelson acepta la rendición del San José

Las cubiertas de los navíos españoles están cubiertas de cadáveres y se hace urgente deshacerse de ellos, en aquél entonces la costumbre era atar un peso a los pies del cadáver y deslizarlo por una tabla arrojándolos al mar, esto mismo se hace con los españoles atándoles una bala de cañón en los piés, pero cuando va a llegar el turno del granadero Martín Álvarez, Horacio Nelson que presenció toda la lucha en el “San Nicolás de Bari”, ordena que se le envuelva en la bandera que tan bizarramente ha defendido y se le rindan honores al ser lanzado al mar, pero cuando van a recoger su cuerpo para cumplir las órdenes de Nelson, comprueban que Martín se aferra a la vida con obstinación y dista de estar muerto por lo que s rápidamente atendido por los médicos ingleses. Posteriormente los heridos españoles son desembarcados en Lagos, una ciudad del Algarbe portugués, entre ellos se encuentra Martín, que es ingresado en un hospital. No se sabe bien si gracias a un salvoconducto o a escaparse, Martín emprende viaje a su ciudad natal, Montemolín, de ahí parte hacia Sevilla y luego a San Fernando, donde se incorpora a su Batallón.

Estando ya en su unidad, se le cita para testificar en la causa instruida para depurar responsabilidades del comandante y demás oficiales del “San Nicolás de Bari” y del resto de buques participantes en la Batalla del Cabo de San Vicente. Su Majestad el Rey ha nombrado fiscal para esta causa al Mayor General de la Armada D. Manuel Núñez Gaona.

A continuación se plasma parte del interrogatorio a Martín Álvarez:

El Fiscal: – ¿Se encontraba en el navío “San Nicolás de Bari” con ocasión de rendirse este barco a los ingleses?-.
Martín: – Yo no he estado nunca en el “San Nicolás de Bari” en ocasión de rendirse a los ingleses.
El Fiscal: – ¿No te encontrabas en el “San Nicolás de Bari” el 14 de febrero?-.
Martín:-Sí señor-.
El Fiscal: –¿Y no fuiste después a poder de los ingleses?-.
Martín:- Si señor-.
El Fiscal: – Entonces, ¿por qué niegas haber estado en el “San Nicolás de Bari” con ocasión de rendirse a los ingleses?
Martín: – Porque el “San Nicolás de Bari” no se rindió, sino que fue abordado y tomado a sangre y fuego-.
El Fiscal: – ¿Y a qué llamáis entonces rendirse?-.
Martín: – Yo creo, que no habiendo ningún español cuando se arrió su bandera, mal pudieron haber capitulado.
El Fiscal: –¿Pues donde estaba la tripulación?-.
Martín: – Toda se hallaba muerta o malherida-.

Al finalizar la investigación sumaria, el mismo Fiscal Mayor General de la Armada D. Manuel Núñez Gaona añade el siguiente párrafo referido al valiente granadero:

«No puedo pasar en silencio la gallardía del granadero de Marina Martín Álvarez, perteneciente a la tercera compañía del noveno batallón, pues hallándose en la toldilla del navío San Nicolás cuando fue abordado, atravesó con tal ímpetu al primer Oficial inglés que entró por aquel sitio que al salirle la punta del sable por la espalda la clavó tan fuertemente contra el mamparo de un camarote, que no pudiendo librarla con prontitud, y por desasir su sable, que no quería abandonar, dio tiempo a que cayera sobre él el grueso de enemigos con espada en mano y a que lo hirieran en la cabeza, en cuya situación se arrojó al alcázar librándose, con un veloz salto, de sus perseguidores».

En agradecimiento a los méritos demostrados durante la batalla, se le quiere recompensar con el ascenso a Cabo, pero su analfabetismo lo impide (las antiguas Ordenanzas militares de Carlos III, en su artículo 2º del Cabo decía: “el Cabo deberá saber leer, escribir y algo de cuentas). Este obstáculo no amedrenta a Martín, que en pocos meses consigue aprender a leer y escribir, tras demostrar lo cual es ascendido a Cabo el 17 de febrero de 1798 y apenas seis meses después, en agosto, se le asciende a Cabo 1º. Ya con éste último empleo embarca en el navío “Purísima Concepción”, perteneciente a la escuadra de Mazarredo, unida esta escuadra con una francesa mandada por el Almirante Étienne Eustache Bruix, parten hacia el puerto de Brest en Francia.

Estando la escuadra de Mazarredo en Brest, llegó el 12 de noviembre una urca con la correspondencia, entre ésta venía una carta que se refería a Martín Álvarez. Se izó una bandera encarnada a bordo del “Santísima Concepción” como señal de algo extraordinario, a continuación se ordenó que toda la dotación del navío formase en cubierta. Su comandante D. Francisco Javier de Uriarte y Borja ordena salir de formación al Cabo Primero Granadero de Infantería de Marina Martín Álvarez Galán, leyendo a continuación un Real Decreto por el que se le concedían cuatro escudos mensuales como pensión vitalicia, también se le concedió el distintivo para el brazo izquierdo que premia a los militares de tropa por acciones distinguidas de guerra.

El texto del Real Decreto rezaba así:

«El Rey nuestro señor, ha visto con satisfacción el denodado arrojo y valentía con que se portó a bordo del navío San Nicolás de Bari, el granadero de la 3ª Compañía del 9º Batallón de Marina Martín Álvarez, cuando el 14 de febrero de 1797 fue dicho buque abordado por tres navíos ingleses; pues habiendo Álvarez impedido por algún tiempo la entrada a un trozo de abordaje, supo también defender la bandera que el Brigadier D. Tomás Geraldino le había confiado antes de su muerte, y con su valor hizo de modo que aquella se mantuviese arbolada aun después de todo el grueso de los enemigos tenían coronado su navío. Teniendo también S.M. en consideración de la honrada conducta que en el servicio observa Martín, se ha servido concederle 4 escudos mensuales por vía de pensión vitalicia, en premio de su bizarro comportamiento; y es su real voluntad que se les haga saber esta benévola y soberana disposición, al frente de toda la tripulación y guarnición del navío donde se halle embarcado».

Aún se encontraba la escuadra del Teniente General Mazarredo en el puerto de Brest cuando una fría mañana de invierno, estando de guardia a bordo del navío “Purísima Concepción”, Martín Álvarez sufrió una caída accidental que le produjo un fuerte golpe en el pecho que obligó a desembarcarlo ingresándolo en un hospital de Brest, pero los daños ocasionados por la caída fueron tales que el 23 de febrero de 1801 el glorioso Cabo Primero de Granaderos de Infantería de Marina fallece cuando contaba 35 años de edad.

En el Museo Naval de Londres se conserva con veneración y respeto el sable con el que Martín Álvarez atravesó de parte a parte al Sargento Mayor William Morris.

En 1848 se publica una Real Orden que establece que exista a perpetuidad un buque en la Armada con el nombre de Martín Álvarez

Real Orden de 12 de diciembre de 1848.

R. O. de 12 de diciembre de 1848. Resolviendo que haya perpetuamente en la Armada un buque que se denomine “Martín Álvarez”.

  • Excmo. Sr. la Reina Nuestra Señora, de conformidad con el parecer emitido por V.E en su comunicación 1354 de fecha 5 del corriente mes, referente a la propuesta del Mayor General, se ha dignado resolver que en lo sucesivo haya perpetuamente en la Armada un buque del porte de 10 cañones para abajo que se denomine Martín Álvarez, para constante memoria del granadero de Marina del mismo nombre perteneciente a la 3ª Compañía del 9º Batallón, que hallándose embarcado en el navío San Nicolás se distinguió por su bizarría sobre la toldilla del mismo el 14 de febrero de 1797, al rechazar el abordaje de un buque inglés de igual clase, el Capitán, donde arbolaba su insignia el Comodoro Nelson; siendo en consecuencia la Real voluntad que desde luego lleve el referido nombre la goleta Dolorcitas.
  • Quiere al mismo tiempo S.M. que esta soberana resolución se lea al frente de banderas a los batallones de Marina, como premio debido al mérito que contrajo aquel valiente soldado cuya memoria debe ser eterna en los anales del Cuerpo al que perteneció.
  • De Real Orden le digo a V.E. a los fines consiguientes y en contestación.
  • Dios Guarde a V.E. muchos años.
  • Madrid 12 de Diciembre de 1848. El Marqués de Molins.
  • Sr. Subdirector General de la Armada.

Treinta años después, se dicta otra Real Orden otorgándole más reconocimientos:

Real Orden de 4 de julio de 1878 establecía que el nombre de Martín Álvarez:

“…deberá  figurar constantemente como presente a la cabeza de las nóminas de revista de la Primera Compañía del Primer Batallón del Primer Regimiento, y que al pasarse ésta sea pronunciado por el coronel del mismo para que sirva de noble estímulo en el Cuerpo que debe honrase con la memoria del héroe soldado…”

En 1938, en plena Guerra Civil, se inauguró un paseo en Montemolín, su pueblo natal, con una busto del heroico Infante de Marina a cuyo acto asistieron el Gobernador Civil, el Obispo de la Diócesis, el Contralmirante Francisco Bastarreche y Díez de Bulnes y una compañía de Guardias Marina de San Fernando (ciudad en la que tenía su sede la Escuela Naval Militar), con banda, que desfiló por la población. Las placas del monumento se hicieron con el bronce obtenido de fundir viejos cañones donados por la Comandancia de Marina de San Fernando. La iniciativa de este monumento se debió a D. Manuel Núñez Aguilar y su construcción a D. Evaristo Trujillo, la maqueta del mismo se colocó en el despacho del Jefe del Departamento de Marina de San Fernando.

Homenaje a Martín Alvarez en Montemolín (Badajoz)

Homenaje a Martín Alvarez en Montemolín (Badajoz)

Para finalizar, citaremos al General Luís Bermúdez de Castro y Tomás, que en la publicación “Combate naval del Cabo de San Vicente y el granadero Martín Álvarez”, de la que es autor, en la que narra cómo encontrándose en Gibraltar a donde había ido con motivo de la Exposición de la Marina del año 1885, vio entre los cañones tomados por los ingleses en Aboukir, Trafalgar y San Vicente, uno que era una verdadera joya, de bronce, con un precioso cascabel con dos delfines en sus asas, y esculpido el escudo de España con el “Carolus III”. Un oficial inglés que le acompañaba le dijo: “Del San Nicolás, en la batalla del Cabo de San Vicente”.

Se fijó también que en la casamata donde se encontraba el cañón una plancha de hierro estaba grabada con un texto en inglés que traducido viene a significar: “14 de febrero de 1797.-Batalla Naval del Cabo de San Vicente. ¡Hurra por el Captain! ¡Hurra por el San Nicolás! ¡Hurra por Martín Álvarez!».

El General Bermúdez de Castro en su ignorancia creyó que el San Nicolás sería el Santo del día, y Martín Álvarez algún español que habría tenido servicios extraordinarios al servicio de Inglaterra.

Ante las dudas que la cara del joven Teniente Bermúdez de Castro expresaba, el oficial inglés que le acompañaba, prometió mandarle una crónica de la batalla con la que estaba relacionado aquel cañón.

La crónica del oficial inglés relataba la batalla, y entre otras cosas decía:

“../..Pero en el barco español “San Nicolás de Bari” queda algo por conquistar. Sobre la toldilla arbola la bandera española que flota al viento cual si todavía el barco no se hubiese rendido. Un oficial inglés que lo observa va a ella para arriar la bandera. Antes de llegar un soldado español, de centinela en aquel lugar, sin apartarse de su puesto, le da el alto, el oficial no le hace caso y se acerca, el sable del centinela lo atraviesa con tal fuerza que lo queda clavado en la madera de un mamparo. Un nuevo oficial y soldados se acercan y el centinela no logrando desasir su sable de donde se hallaba pinchado, coge el fusil a modo de maza y con él da muerte a otro oficial y hiere a dos soldados. Da después un salto desde la toldilla para caer sobre el alcázar de popa donde lo acribillan a tiros los ingleses. Nelson que ha presenciado la escena se aproxima al cadáver silencioso.

Urge desembarazar los barcos de muertos y ruina y se comienza a dar sepultura a los muertos. Todos tienen el mismo trato. Una bala atada a los pies. Un responso del capellán y por una tabla deslizante hundiéndose en el mar. Al llegar al turno al centinela español, Nelson ordena que se le envuelva en la bandera que había defendido con tanto ardor.

mi bandera Ferrer Dalmau

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