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Guerra Santa y Jihad

Las religiones monoteístas se articularon de un modo u otro en torno a la guerra santa, movilizando desde entonces ejércitos y librando campañas de conquista. San Agustín (354-430), principal teólogo de la iglesia cristina primitiva, desarrolló la idea de la guerra justa en la lucha contra el pecado. Según él, la guerra era tanto la consecuencia de pecado como su cura, no sólo era una acción justificada de legítima defensa, sino un acto moral beneficioso para el soldado que combatía por su causa. El papa Gregorio I (590-604) ya exhortó a sus fieles para que actuaran como «soldados del Señor» para combatir la herejía arriana.

A pesar de reconocer la necesidad de defender la cristiandad y garantizar la paz entre los pueblos, la mayoría de las autoridades eclesiásticas consideraban la guerra como un acto pecaminoso y motivo de penitencia. Esto cambió en el siglo XI cuando el papado justificó las campañas militares que tenían como objeto restablecer el orden correcto en el mundo desde el prisma cristiano. De ahí a la noción de cruzada, la guerra santa cristiana como acto de penitencia que purifica el alma del que participa de ella.

El islam también emprendió guerras santas desde sus inicios, jihad suele malinterpretarse como guerra contra los infieles aunque su significado sea «esfuerzo» y tiene varias modalidades, entre ellas la de la espada. Así, todo buen musulmán es un buen mujahidín, un guerrero santo en permanente lucha por seguir el camino de Alá (reconocimiento, oración, purificación, ayuno y peregrinación). Ello no impide que tanto como el profeta como sus seguidores practicaran la guerra santa contra sus adversarios. Desde sus orígenes el islam aceptó como principio doctrinal que la guerra santa en defensa de la fe era deber de todo hombre sano.

Jihad de la espada. Defender el islam en calidad de mujahidín y su interpretación ya estaba definida en un Tratado sobre leyes escrito en el siglo X. El tratado aclaraba algunas normas a seguir por la jihad: Que era un precepto ordenado por Alá, que lo preferible era no iniciar hostilidades con el enemigo sin antes invitarle a abrazar la religión de Alá, a no ser que el enemigo ataque primero. El enemigo ha de elegir entre convertirse al islam o pagar un tributo. Si no acepta ni lo uno ni o otro, se le debe declarar la guerra. No existe prohibición alguna que impida matar a personas de origen distinto al árabe pero no se debe matar a alguien que disfrute de «aman» (promesa de protección). No se debe de ejecutar ni a mujeres ni a niños, las mujeres que hayan participado en la batalla pueden ser ejecutadas y se debe evitar las muertes de monjes y rabinos, a no ser que hayan tomado parte en la batalla.

De acuerdo con la tradición islámica, las personas que se convierten o bien aceptan pagar tributos dentro de un estado islámico residen en Dar al-Salam o Casa de la Paz, Sumisión o Islam. Por el contrario, todo aquel que no acepta convertirse al islam, los infieles, residen en Dar al-Harb o Casa de la Guerra o del Caos. De hecho, para los primeros teólogos musulmanes del siglo VIII hasta el último creyente del siglo XXI de Dar al-Salam, la guerra es inevitable y necesaria, además de un acto de piedad.

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