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El Cantón Murciano: La Rebelión De Cartagena 1873-1874 (Tercera Parte) Operaciones Navales

El Almirante Miguel Lobo y Malagamba es nombrado comandante de la Escuadra del Mediterráneo, que es la principal encargada del bloqueo de Cartagena, una medida que el ejército considera fundamental para apoyar el asedio terrestre. No obstante, sólo tiene a su disposición un puñado de buques menores, puesto que todas las unidades de entidad están en manos de los cantonales.

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LA REPÚBLICA A LA OFENSIVA

Aún así, el 14 de Agosto se presenta en Cartagena con su minúscula flota, en la que sólo destaca una fragata de hélice, la Navas de Tolosa, declarándola bloqueada.

Inmediatamente, la poderosa artillería de los cantonales inicia un certero fuego. Consciente de que sus buques no pueden repeler un fuego de esa magnitud, Lobo ordena retirarse mar adentro, tras lo cual optará por refugiarse con su flota en Algeciras.

Se puede considerar sin duda uno de los bloqueos más breves de la historia.

Por suerte para el almirante, la ambición de Von Werner ha puesto en manos de la república los medios para contraatacar.

BATALLA DE PORTMÁN

La desautorización por parte de Bismarck de la actuación de Werner agiliza las negociaciones con Alemania para la recuperación de las unidades capturadas.  Algo fundamental, puesto que sólo así dispondrán los gubernamentales de una unidad equiparable a las de los cantonales.

Nada más ser entregada, la fragata blindada Vitoria es equipada y acondicionada, y el Almirante Lobo iza su insignia en ella, convirtiéndola en la cabeza de una pequeña flota que también cuenta con la fragata de hélice Almansa.

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La única unidad de importancia en esta flota de bloqueo es la Vitoria, y no debemos olvidar que los cantonales cuentan aún con tres fragatas blindadas equivalentes.

Sobre el papel, la flota de Lobo no es rival para los rebeldes. Pero los buques  gubernamentales están tripulados por oficiales de la armada, profesionales con experiencia, mientras que las unidades cantonales son comandadas por un antiguo oficial de infantería y dirigidas por oficiales de la marina mercante. Muchos de los marineros son voluntarios que jamás se han embarcado, o no lo han hecho nunca en buques de guerra. Cumplirán con su deber, pero la experiencia de la batalla será tan terrible que se negarán a volver a subir a sus buques de nuevo.

Es por eso que Lobo no duda en dirigir de inmediato su flota contra los rebeldes. Llegado el momento tiene absoluta confianza en que sus oficiales y él mismo estarán a la altura y anularán la superioridad de los buques enemigos con su agresividad y su pericia.

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Por parte rebelde, se asume esta situación, y aunque se zarpa al encuentro del enemigo, se adopta una disposición en extremo conservadora. Las tres unidades avanzarán en una formación cerrada en disposición de rombo, prestándose apoyo mutuo y cediendo la iniciativa al enemigo.

Una importante flota de buques internacionales  que vigilan los acontecimientos, será el público del combate.

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Al encontrarse las dos flotas frente a frente, la Numancia, en un arranque de agresividad, pone sus máquinas al máximo y carga contra los gubernamentales. Pero al ser la unidad más veloz de la armada, se aleja rápidamente de su propia flota y de su protección. Atento a la oportunidad, Lobo ordena cargar a sus unidades mientras el mismo avanza contra la Numancia. Esta elige a buques menores como objetivo, a los que neutraliza rápidamente, pero no sin que Lobo la alcance y la someta a un furioso cañoneo, que la obliga a retirarse.

En ese momento, Lobo ordena atacar a la Méndez Núñez, que trata de huir pegada a la costa para alcanzar la protección de la artillería de Cartagena. Lobo, sin dudarlo, ordena forzar las máquinas para embestir con el espolón al buque rebelde y arrojarlo contra la costa por la fuerza del impacto. Sin embargo, por motivos poco claros, la fragata francesa Semíramis interviene, interponiéndose entre ambos buques y permitiendo a la Méndez Núñez huir. Lobo juzgó a posteriori esta actuación como positiva, ya que la fragata cantonal ya “rascaba” el fondo marino, y embestirla habría significado embarrancarla, perdiéndola así en el futuro para la flota gubernamental.

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En ese momento, la Tetuán ha abandonado el inútil combate a distancia con las fragatas de madera para apoyar a sus unidades hermanas. Para ello se lanza a toda máquina contra la Vitoria, dispuesta a espolonearla. Sin embargo, el almirante Lovo consigue evitar su ataque con extraordinaria pericia, y ambas unidades se colocan en rumbos pararelos y se cañonean a cortísima distancia, empleando incluso fuego de fusilería.

Desalentada, la Tetuán también se retira. La batalla ha terminado.

La flota cantonal, con una superioridad muy clara, ha operado de un modo descoordinado, que en mejores circunstancias prácticamente habría permitido a Lobo destruir sus buques uno por uno.

EL FRACASO DEL BLOQUEO

A pesar de su extraordinario desempeño, el almirante Lobo fracasa en el cumplimiento de las órdenes del gobierno.

Los cantonales reparan rápidamente los buques, y deciden embarcar ahora a artilleros veteranos, debido a la impericia de los que habían participado en la acción naval. También se sustituye al general Contreras como comandante de la flota.

Los buques salen de nuevo tan sólo dos días después, pero ahora en una disposición táctica diferente y más eficaz: La línea de batalla. Lobo se mantiene expectante, tratando de provocar de nuevo a la flota cantonal a disgregarse, pero la Numancia reduce su andar, igualándolo al del resto de unidades. Lobo ordena a sus propias unidades separarse, tratando de inducir a la flota cantonal a hacer lo mismo, ya que con excepción de su buque insignia, todas sus unidades eran muy inferiores a las del enemigo y representaban objetivos tentadores. Pero no consigue incitarles al combate, y tras algún tiempo, las fuerzas cantonales regresan a puerto. Lobo, sin provisiones, regresa a Almería abandonando el bloqueo sin autorización para ello, por lo que será destituido.

Los cantonales han comprendido que Lobo no puede mantener un bloqueo permanente, y que librar una batalla convencional no les supondría ninguna ventaja. Sus poderosos buques, operando de modo conservador, pueden mantener abiertas las rutas marítimas y a la vez apoyar con su artillería la defensa terrestre.

Este fracaso hace inviable el asalto de la plaza por el ejército de tierra que sitia Cartagena, y anima a los cantonales a organizar una expedición naval hacía Valencia, tratando de restablecer su cantón. Aunque la expedición fracasa, consigue el habitual “tributo” mediante la captura de los mercantes anclados en el puerto.

En términos generales, incluso con un nuevo comandante al mando, la flota gubernamental no logrará ningún éxito digno de mención en su labor de bloqueo.

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