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La historia de los 47 Ronin

La historia de los 47 Ronin es una historia japonesa considerada como leyenda nacional en ese país. Esta legendaria historia muestra la lealtad, sacrificio, persistencia y el honor que las buenas personas deben preservar en su vida diaria.

Marzo de 1701

El Japón feudal estaba conformado por feudos, denominados “han”. Cada uno de esos dominios estaba asignado a un señor feudal, denominado “daimyo”, un samurái de altísimo rango, jerárquicamente solamente por debajo del Shōgun, una especie de valido que en esa época concentraba todo el poder político y militar del estado. El Shōgun era el comandante en jefe militar, que ejercía como regente del Emperador. Este último sin embargo sería, literalmente un “dios viviente”, una especie de papa que permanecía prácticamente al margen del mundo de la política retirado en su palacio.

El Dominio de Akō durante el shogunato Tokugawa (Período Edo), estaba asignado al clan Asano, concretamente al daimyo Asano Naganori. Asano era querido y respetado en su dominio, un hombre cuyo honor estaba fuera de cualquier duda. Tal y como regía la política de “sankin kotai”, cada daimyo debía residir un año en su propio dominio, y al siguiente en Edo, capital del shogunato. Esta ley tenía dos objetivos: en primer lugar, era una manera por parte del Shōgun de asegurarse la fidelidad de los daimyos, teniéndoles cerca durante años alternos, uniendo esto a la obligación para el daimyo de dejar a sus familiares en la capital cuando este volvía a su dominio pasado su año en la capital. En segundo lugar, la obligación de mantener una segunda residencia en Edo con todo el séquito requerido suponía un gasto importante, que debilitaba económicamente a los daimyos y evitaba que medraran hasta el punto de que pudieran convertirse en rivales en el shogunato.

Así pues, en marzo de 1701 Asano marcha a la capital para pasar un nuevo período de un año cerca del Shōgun, dejando el dominio de Akō en manos de su fiel jefe de samuráis, Ōishi Kuranosuke Yoshio.

Ōishi Kuranosuke Yoshio.

Ōishi Kuranosuke Yoshio.

Primeros de Abril de 1701

El señor Asano ha recorrido junto con su séquito los más de 600 kilómetros que separan Edo, capital del shogunato, de sus dominios en Akō.

Llegado a palacio, y presentados sus respetos ante el Shōgun Tokugawa Tsunayoshi, quinto Shōgun de su clan, Asano ha de presentarse después ante el “Kōke” de la corte, el señor Kira Kozukenosuke Yoshinaka. El Kōke era un cargo permanente del shogunato, una especie de maestro de ceremonias.

El señor Kira era pues el encargado de preparar a todos los daimyos para el correcto desempeño de estos en palacio: impartía clases de legislación, regulaba el protocolo… En definitiva, enseñaba y hacía seguir los estrictos mandatos que regían el día a día de los daimyos en la corte del Shōgun.

La familia Kira rendía vasallaje al daimyo del clan Hojo, pero si bien su rango familiar estaba socialmente por debajo del de un daimyo, su posición en la corte era ciertamente privilegiada. Se trataba de un cargo muy importante, respetado incluso por los orgullosos daimyos.

Con el paso de los días, se van haciendo patentes las diferencias entre Asano y Kira. No se sabe claramente el motivo de las diferencias entre ambos, bien pudiera ser que estas fueran personales; pero casi todo apunta en su comienzo a que Kira tenía por costumbre exigir sutilmente pequeños sobornos en el desempeño de sus funciones, en forma de pago como compensación a cambio de sus labores de instrucción y asesoramiento. Normalmente, Kira no realizaría dichas solicitudes directamente a los daimyos (algo que le pondría en evidencia), sino de manera discreta a sus asistentes. Dicha práctica, aunque clandestina, llegó a ser conocida por todos los asistentes de los daimyos y tomada por habitual dentro de la corte.

En el caso de Asano, parece ser que el Señor de Akō descubrió dicha práctica, comenzando entonces a sospechar que dichas actuaciones no estarían autorizadas por el Shōgun, de manera que pierde el respeto hacia el Kōke: no solo se niega a acceder a las sutiles peticiones del señor Kira, sino que comienza a indagar discretamente al respecto, con el fin de conseguir pruebas y poder destapar la infamia.

Kira empieza a ponerse nervioso con la actitud del recién llegado, y como mejor defensa, decide pasar al ataque: comienza a poner trabas y a realizar inesperados cambios durante la instrucción de Asano, provocando que repetidamente, este quede en evidencia. La idea es provocar que todos, incluido el Shōgun, piensen que Asano es un inepto y que su desempeño es deficiente. Eso provocaría que cayera en desgracia ante todos, algo tan deshonroso como peligroso en pleno período Edo.

Asano

Asano

21 de Abril de 1701

Castillo de Edo. Se produce la ceremonia de recepción y relevo de daimyos, en el espacio denominado Matsu no Ōrōka, el “Gran Pasillo de los Pinos”, un solemne espacio dentro del palacio cuyas puertas aparecen profusamente decoradas con preciosos dibujos de pinos (matsu). A unos, los recién llegados, destinados a su servicio activo anual, se les da la bienvenida; a otros, los que acaban de terminar con su compromiso y regresan a sus feudos, siguiendo la orden del “sankin kotai”, se les despide. Los daimyos en pleno desarrollo de su servicio, como Asano, acuden también a la misma, como espectadores.

Durante la recepción, el Kōke explica a los presentes lo que se espera de ellos durante su servicio anual, y a lo largo de la exposición, propone las deficiencias y errores cometidos por Asano como ejemplo de ineptitud y de lo que no debe hacerse, de manera que el buen nombre de Asano queda mancillado ante todos. El señor de Akō, sabedor de la injusticia y de la humillación pública, no puede contener su rabia y desenvaina su wakizashi (sable corto, usado en interiores), atacando a Kira. Sujetado y reducido por otros daimyos presentes, es separado y desarmado, no sin antes herir a Kira en la frente. Asano acaba de cometer un grave error delante de todos: la ley prohibe expresamente cualquier muestra de violencia en el Castillo de Edo, y desenvainar el arma hiriendo a un alto funcionario se pena con la muerte.

Puesto en conocimiento del Shōgun, se procede a un rápido juicio. Asano es interrogado al respecto de su ataque. Sabe que no ha tenido tiempo para conseguir pruebas que saquen a la luz la corrupción de Kira, por lo que no puede demostrarla. Sin conocer eso, todos pensarán que se ha tratado de un arrebato de furia, algo impropio de un daimyo. Así que, como samurái, asume su destino: transmite el debido respeto y lealtad al shogunato, pero no da explicación alguna a su ataque, no se retracta y declara que de lo único que se arrepiente es de no haber conseguido matar a Kira allí mismo por insultarle.

Asano ataca a Kira

Asano ataca a Kira

Todos en la corte conocen la inmaculada reputación de Asano, pero también todos saben que esa actitud tiene un castigo: la muerte para Asano, y no solo eso: también la pérdida de Akō, la destrucción de su nombre y la desaparición de su clan.

Por su parte, Kira utiliza todas sus influencias en la corte para desvanecer cualquier atisbo de duda y que todo parezca la rabieta espontánea de un daimyo torpe e inexperto en asuntos de palacio. Así mismo, ensalza su actitud pasiva ante el ataque, según él, no lo ha hecho por cobardía, sino por su absoluto respeto a las leyes: ha permanecido sin desenvainar su arma, aun a costa de arriesgar la vida.

Finalmente, el Shōgun Tokugawa Tsunayoshi dicta solemne su sentencia: Asano ha infringido la ley de manera grave. Ha desenvainado su arma dentro del palacio; ha atacado con ira y herido a otro samurái (lo cual también estaba prohibido) y todo ello, aparentemente, sin justificación. Por tanto, el daimyo debe morir; su familia será expulsada de Akō; sus tierras y pertenencias, confiscadas… y sus hombres, dispersados, perderán el privilegio de ser samuráis para pasar a ser ronin.

No obstante, Tokugawa agradece al daimyo su lealtad y su impecable trayectoria, permitiendo a Asano una última salida honrosa, como agradecimiento a su reputación como daimyo: cometer “seppuku” y morir como un samurái…

Asano apura en sus aposentos sus últimos momentos. Probablemente mira por la ventana los cerezos que ya a finales de abril pierden sus últimas flores, e inspirado por estos, escribe su “jisei”, el poema de despedida que todo samurái escribe antes de su ceremonia de “seppuku”:

“Como las flores del cerezo,

invitando al viento a que las arranque,

me pregunto qué hacer,

con la primavera restante.”

Sin dejar que pase más tiempo, los hombres del Shōgun le apremian. Asano se viste con el kimono blanco (el color con el que son enterrados los muertos) y es llevado delante de su señor, el Shōgun, donde solemnemente, obedeciendo su mandato, termina con su vida.

A raíz de los acontecimientos, Kira es relegado del cargo de Kōke. El Shōgun le mantiene como asesor del shogunato, pero decide que lo mejor por ahora es alejarle por un tiempo de la corte. Kira acata la decisión, pero la inquietud y el miedo le consumen: teme que los hombres de Asano puedan vengarse, por lo que estar fuera de la corte puede ser peligroso.

Seppuku de Asano

Seppuku de Asano

25 de Abril de 1701

Las noticias, sesgadas e imprecisas, llegan con retraso a Akō. Se dice que el señor Asano ha sido arrestado por agredir a un samurái. Se dice que éste le provocó en público. Se dice que se trataba de un funcionario corrupto. Se dice que el señor Asano podría ser condenado a muerte. Se dice que podría perderse el dominio, que podría disolverse el clan…

El jefe de samuráis de Akō, Ōishi Kuranosuke Yoshio, que había quedado al mando del Castillo siguiendo las instrucciones de su señor Asano, va recogiendo y analizando las noticias conforme van llegando. Por último, los asistentes de su daimyo han traído la peor de las noticias: Asano ha sido obligado a cometer “seppuku”, tras un juicio rápido, como si fuera un criminal. También le comentan cómo sucedió el incidente del “Pasillo de los Pinos”, y le hablan de que el detonante de todo han sido los intentos de soborno por parte de Kira. Ōishi reúne a los hombres y les transmite la noticia de la muerte del señor. Todos se enfurecen, claman venganza, braman contra la injusticia, levantan las armas y piden actuar cuanto antes…

Ōishi les pide calma. Hay que actuar rápido y sin titubeos. Sabe que en cuanto lleguen los hombres de Tokugawa, serán disueltos y desarmados, que el Castillo de Akō y todos sus bienes van a ser confiscados por el shogunato. Que el nombre de Asano ha quedado manchado y que el privilegio de pertenecer a la casta samurái desaparece para todos ellos. A los ojos de todo el mundo, a partir de ahora serán ronin, hombres que no han sido capaces de servir bien a su señor, hombres que han fallado y han perdido por ello su condición de samurái.

Sin embargo, Ōishi les pide que confíen en él. Tiene un plan. En estos momentos, a punto de que Tokugawa les deshonre, les desarme y les disperse, nadie mas que él mismo sabe que a pesar de todo seguirán siendo fieles a su señor. Y que en cuanto llegue el momento, limpiarán el honor del señor Asano con lo único que sirve para lavarlo: la sangre de un felón llamado Kira.

Kira

Kira

10 de Mayo de 1701

Ōishi ha reunido a los samuráis de Asano dentro del castillo de Akō. Apenas quedan un centenar, menos de un tercio de los que había en servicio en el castillo antes de la muerte del señor Asano. El resto, ha huido o renunciado sin más, resignados a cumplir las órdenes del Shōgun. Ōishi les observa: están los más fieles, los que esperaba e incluso algunos que jamás habría imaginado que se quedarían. Les escucha murmurar, escucha sus deseos de mantenerse fuertes en Akō, de hacer frente a las muy superiores huestes del Shōgun que ya se aproximan, sus deseos de morir entonces con la honra intacta, sin entregar el dominio de su señor. El murmullo se convierte en insultos, gritos y aspamientos cuando Ōishi les pide entregar las armas y aceptar el destierro sin luchar. Muchos abandonan la sala y se marchan, ofendidos, decepcionados, despreciando lo que entienden una cobardía por parte de su jefe…

Ōishi pide obedecer al Shōgun para no deshonrarse, igual que hizo el señor Asano. Les pide de nuevo paciencia, y una última cosa: les pide que sellen con su sangre un juramento. Aquellos que lo hagan, obedecerán sin preguntar, sin rechistar, sin cuestionar. Aquellos que firmen, se convertirán en ronin ante todos, pero no lo serán. Seguirán -en secreto- al servicio de su señor Asano.

No lo entienden, pero firman sin titubeos. 62 samuráis suscriben el juramento porque confían en aquel hombre, alguien que siempre sirvió a su señor sin pedir ni rehusar. Aquel que demostró tantas veces los principios del Bushido, no con palabras, sino con hechos. Aquel que ahora les pide mantenerse unidos y aceptar lo que tenga que venir…

Ōishi ordena al responsable financiero del castillo vender inmediatamente todo lo susceptible de ser vendido para conseguir la mayor cantidad posible de dinero, y después encarga secretamente a un hombre de su confianza la compra de armas y equipo para unos 60 hombres y lo oculte. Llegado el momento, será el mismo Ōishi el que se ponga en contacto con sus hombres, pero ahora, estos deben dispersarse y simular convertirse en ronin. Deberán trabajar como peones, beber, acudir a los prostíbulos, jugarse su dinero apostando… Deberán hacer creer al mundo que han aceptado su deshonra. Perderán su reputación y muchos, también a sus familias. Serán pordioseros y rufianes de taberna, y lo serán durante todo el tiempo que sea necesario… hasta que un día Ōishi vuelva a ponerse en contacto con ellos.

Los hombres de Tokugawa llegan a la mañana siguiente. Leen el dictado de las órdenes del Shōgun, y ordenan que se cumpla. Los samuráis de Asano, con su jefe a la cabeza, dejan de ser samuráis en aquel momento, son desterrados y dispersados. Akō queda definitivamente atrás…

Reunión de los Ronin

Reunión de los Ronin

Ōishi ha recibido nuevas noticias. El hermano pequeño del señor Asano, heredero del dominio de Akō, Daigaku, ha sido apresado.Se ha consumado la destrucción del dominio de la familia Asano. Todo está, definitivamente, perdido.

El chambelán del clan Asano da ejemplo a sus hombres, y se despide de su familia, tal vez para siempre. Se divorcia de su esposa y se despide de sus hijas. No preguntan, no discuten. Conocen a Ōishi, y saben que en un hombre de honor como él, decir y hacer son una misma cosa. Ha decidido desaparecer, y toca respetarlo. Chikara, su primogénito, es el único que sabe lo que va a suceder. Ha hablado con su padre y ha decidido seguirle hasta el final. Apenas es un adolescente, pero tiene la determinación y sentido del honor de su padre.

Residencia de Kira Kozukenosuke Yoshinaka. El destituido kōke ha tenido que abandonar el Castillo de Edoy ahora, lejos de la seguridad de palacio, cuesta dormir tranquilo.

No obstante, en la mansión hay mucho movimiento, ya que cuenta con algunos hombres nuevos. Samuráis del clan Uyesugi, su familia política, han incrementado la escolta habitual de la casa, que ahora es un verdadero fortín. Kira teme la venganza de los hombres de Asano, que hace meses han sido desterrados de Akō por el Shōgun. Deberían ser suficientes, pero con hombres como Ōishi y los suyos nunca se sabe.

Castillo de Edo

Castillo de Edo

Diciembre de 1702

Han pasado los meses, y en ese tiempo han ido llegando las noticias a casa de Kira. El otrora inmaculado Ōishi convive con prostitutas. Resulta habitual verle tirado en la calle, sucio, borracho, vestido con harapos. Su ex-mujer y sus hijas han rehecho su vida lejos de él. Lo mismo o parecido se dice de sus hombres: juego, sake, mujeres, peleas en antros de mala muerte. Todos han sido deshonrados, espiritual y físicamente. Han muerto socialmente; algunos incluso, también físicamente. Sus reputaciones han sido mancilladas. Ya ni siquiera merecen llevar las dos espadas…

Poco a poco, Kira ha ido bajando los altísimos gastos en seguridad de su casa. Ya no son necesarios los hombres de los Uyesugi. La seguridad de la mansión vuelve a ser la normal, suficiente. Hace meses que ha conseguido dormir de nuevo plácidamente.

En una vivienda aislada a las afueras de Edo, unas decenas de pordioseros han ido llegando durante los últimos días. Los que faltan, o están muertos o han desaparecido, así que ya no se espera a nadie más. Dentro, hay comida en abundancia. Momento de reencuentros y abrazos. Unos miran a los otros y se sienten parte de algo digno, de algo glorioso. Jamás se sintieron más fuertes. Tras la cena, su jefe, Ōishi, destapa unas mantas: aparecen relucientes armas, armaduras, martillos de asedio, escaleras… Todo lo necesario para mandar a la guerra a 60 hombres. Sobrará equipo, porque solamente quedan 47.

Es la tarde del 13 de diciembre de 1702. Esta noche, el plácido sueño de Kira se convertirá en pesadilla.

Medianoche del 14 de Diciembre de 1702

Todo está en calma en la mansión del señor Kira. El suelo y los tejados están nevados, y hace bastante frío. Salvo los centinelas habituales, todos en la casa duermen en sus aposentos.

En las cercanías de la casa, un grupo de sombras oscuras se acercan, divididos en dos grupos. Uno de ellos, lo dirige un chaval de 16 años, que se acerca por la parte trasera. El grueso del grupo lo dirige el propio Ōishi, que atacará la puerta principal de la mansión. Unos ronin saltan los muros ayudándose con escalas, acaban con los centinelas y abren las puertas. Se colocan unos cuantos arqueros distribuidos estratégicamente por los tejados, en cada una de las esquinas de la casa. Antes del ataque se ha avisado a los vecinos de las casas cercanas para que no salgan, no puede haber bajas inocentes, todo debe transcurrir siguiendo los cauces del honor.

Todo está preparado. Ōishi coge un tambor de guerra, y lo golpea rítmicamente. Comienza el ataque:

-“¡¡Kira Kozukenosuke Yoshinaka, somos los hombres del señor de Akō, Asano Naganori. Esta noche venimos a limpiar su nombre con tu sangre… !!”

Los martillos de asedio golpean las puertas, que se rompen. Los samuráis de Kira se visten apresuradamente, cogiendo sus armas. Los ronin avanzan desde todos los puntos de la casa. Unos cuantos defensores tratan de rodear a los atacantes saliendo por la parte trasera, pero recién atravesada la puerta, son sorprendidos por los hombres del joven Chikara, que acaban con ellos.

La mansión es enorme, y los ronin no son suficientes para cubrir todos los huecos, de manera que unos cuantos hombres de Kira consiguen huir de la casa y llegar a los muros exteriores. Pretenden pedir dar la alarma, pero cuando tratan de saltar los muros, son abatidos por los arqueros de Ōishi.

Los samuráis de Kira luchan con bravura, ofrecen una enconada resistencia, pero poco a poco, van siendo abatidos. Los ronin están cansados, pero la sed de justicia les hace seguir adelante…

Poco después, el ataque ha terminado. Todos los defensores están muertos. Entre los 47 ronin, hay heridos, pero no hay bajas. Revisan ahora la casa minuciosamente, pero el señor Kira no aparece. En una segunda revisión, encuentran una oquedad en la pared que conduce a un pasadizo. Finalmente, en otro lado de la casa unos ronin han encontrado a Kira, oculto bajo un montón de ropa. Primero, arrogante, ordena y grita; más tarde, gime y lloriquea.

Ōishi le ofrece una muerte honrosa: se le permite cometer seppuku, él mismo será su padrino y se encargará de cortar su cabeza en cuanto lo haga. Parece que Kira no tiene valor para hacerlo, así que decide rogar a los ronin por su vida.

Ōishi utiliza el mismo wakizashi con el que su señor Asano acabó con su vida para decapitarle.

El asalto Ronin

El asalto Ronin

14 de Diciembre de 1702

-“Kira está muerto. Ahora solo queda mostrar nuestros respetos al señor Asano. Coged esa cabeza, tenemos que llegar al templo de Sengaku-Ji antes de que acudan los clanes familiares y aliados de Kira”.

Ōishi encabeza el grupo. La cabeza de Kira, metida en una bolsa, es llevada como si fuera un estandarte. La comitiva camina a paso ligero hacia el templo. La gente ha salido de sus casas y observa la comitiva. Son numerosas las personas que saludan a los 47 ronin. Todo el mundo conocía, respetaba y admiraba al señor Asano. Algunos incluso se ofrecen para escoltarles y acompañarles.

Pasadas unas horas, los samuráis llegan al templo de Sengaku-Ji, donde se encuentra la tumba de su señor. Lavan la cabeza ensangrentada de Kira en un pozo cercano, la asean y la ponen presentable. Ōishi la coge con cuidado, y la coloca justo delante de la lápida de su señor. El resto, enciende barritas de incienso mientras Ōishi entrega lo que queda del dinero a un monje del templo, a modo de ofrenda, con el fin de poder ser enterrados junto a su señor.

Uno de los ronin es enviado a Akō para informar de que el honor de Asano ha sido restituido. Ōishi ordena al resto mantenerse firmes allí mismo, a la espera de que lleguen los hombres del Shōgun. No desean que se les vea como malhechores o asesinos, sino como samuráis siguiendo los preceptos del Bushido.

El juicio a los Ronin

El juicio a los Ronin

Durante las semanas siguientes, en el palacio del Shōgun, daimyos y consejeros del regente debaten sobre lo sucedido. El pueblo simpatiza con los 47 ronin, les apoya y les justifica por su admirable defensa del código de honor. Muchos daimyos solicitan también el perdón para los ronin, como reconocimiento a su demostración de justicia y lealtad. Ahora por fin se ha podido demostrar que Kira no era trigo limpio, y que Asano fue provocado e insultado deliberadamente aquel infausto día del Incidente de Edo, y que su condena fue precipitada. Los consejeros del Shōgun, no obstante, le recuerdan que la ley debe cumplirse, pues si se hace una excepción por motivos sentimentales, el shogunato quedaría cuestionado y en una posición de debilidad.

Finalmente, Tokugawa falla: la ley debe cumplirse. Los ronin han faltado al respeto al shogunato, han actuado con nocturnidad y han asesinado a un consejero del Shōgun. El castigo por estos cargos, es la pena de muerte. No obstante, se reconoce a los ronin no como criminales, sino como samuráis que han actuado siguiendo los preceptos del Bushido. Por ello, se concede la restitución de los honores de la familia Asano, que seguirá al frente del dominio de Akō (eso sí, reducido a una décima parte de su extensión original), en la figura del heredero legítimo, el hermano menor de Asano Naganori, Daigaku, que será inmediatamente liberado.

A 46 de los 47 ronin se les permite por tanto una muerte honorable, podrán cometer seppuku y serán enterrados junto a su señor. Solamente uno de ellos, Ashigaru Terasaki Kichiemon, es indultado simbólicamente.

Sepukku de los Ronin

Sepukku de los Ronin

20 de Marzo de 1703

Los 46 ronin son llevados al altar de sacrificio, vestidos con kimonos blancos. Uno tras otro, cometen seppuku siguiendo estrictamente todos los pasos. El último en hacerlo será Ōishi, que ha visto morir de manera ejemplar a todos y cada uno de ellos. Antes de que acabe el día, descansará por fin para siempre junto a sus hombres y frente a su señor, en el templo de Sengaku.

Epílogo

Hoy en día, cualquier japonés aprende desde niño la magnífica historia de los 47 Ronin. El relato varía en algunos detalles, en algunos nombres… pero en líneas generales podemos afirmar que esta tendría lugar según lo aquí relatado. Ha sido llevada al cine, a la literatura y al teatro cientos y cientos de veces, inmortalizada de tal manera que se visite en la fecha en que se visite el templo de Sengaku, nunca falta una nube de incienso ardiendo frente a sus tumbas (especialmente si ese día es el 14 de diciembre).

Lo que los japoneses admiran de estos hombres no es tanto la fidelidad llevada al límite de unos hombres hacia su señor, con desprecio de sus propias vidas, sino por el ejemplo de solidaridad, de pertenencia al grupo, de trabajo conjunto, determinación, sacrificio personal y cumplimiento del deber, valores que desde siempre, incluso hoy en día, han sido impronta de la sociedad japonesa.

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