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El Club del conejillo de Indias (Guinea Pig Club)

“En ese momento, una fuerte explosión me arrancó la palanca de mando de la mano, y todo el aparato tembló como un animal herido. Un segundo después, la cabina era una masa de llamas: instintivamente, alargué el brazo para abrir la cubierta. No se movió. Me quité los cinturones y traté de forzarla; pero esto requería tiempo, y, cuando me dejé caer en el asiento para la coger la palanca en un último intento de girar el avión, el calor era tan insoportable que me sentí desfallecer. Recuerdo un momento de intensa agonía; recuerdo que pensé: “¡Así que es esto!”, y me llevé las manos a los ojos. Entonces perdí el conocimiento.”

Así relataba el piloto inglés Richard Hillary su derribo el 3 de septiembre de 1940 en su libro, “El último enemigo”. Como él, numerosos pilotos sufrieron quemaduras al incendiarse sus aviones, algunos de ellos no sobrevivieron. Para los que sí, comenzaba el arduo camino de la recuperación. En Inglaterra, el doctor Sir Archibald McIndoe, cirujano plástico, entro en la historia medica, no solo desarrollo nuevos métodos para el tratamiento de sus pacientes afectados por quemaduras y necesitados de cirugía plástica reconstructiva, si no que también les ayudo en su recuperación emocional y psicológica, luchando no solo por devolverles el aspecto humano, si no que también que se les tratase como tales. Él fundó un club social que incluía a sus pacientes, así como médicos y anestesistas con la intención de estrechar lazos y elevar la moral, club que pronto fue rebautizado por los pacientes como “El Club del Conejillo de Indias” por las técnicas a veces experimentales a las que se veían sometidos. Esta es la historia de aquellos aviadores. Es bien cierto de que no fueron los únicos afectados, pilotos de ambos bandos y diversas nacionalidades sufrieron el horror de las quemaduras, pero la notoriedad y visibilidad que alcanzaron aquellos aviadores, mayoritariamente británicos, no fue vista en ningún otro lado durante y después de la guerra.

Orígenes, los primeros heridos

Aunque el fuego no era un enemigo desconocido para la medicina militar, no fue hasta el estallido de la 2ª Guerra Mundial cuando los médicos militares de la RAF se enfrentaron a la avalancha de víctimas por quemaduras, fruto del combate aéreo. Unos pocos llegaron durante la batalla de Francia, pero el punto de inflexión lo causo la batalla de Inglaterra, donde a la mayor escalada del combate aéreo, se produjo lógicamente una mayor escalada de los heridos por quemaduras; en total, hasta casi 400 aviadores resultarían heridos con quemaduras de diversa consideración que provocarían su baja en servicio durante el año 1940.

Cabe mencionar, en el lado británico, que a pesar de la fama del Zero japonés, los ingleses no comenzaron mejor equipados la guerra en cuanto a protección se refiere. Si bien, sus aviones contaban con zonas reforzadas y blindajes para el piloto, los depósitos autosellantes no estaban todavía muy extendidos. En un alarde de optimismo, los estrategas de la fuerza aérea habían considerado inadmisible la disminución de autonomía que traían la incorporación de depósitos autosellantes (y por lo tanto, menos predispuestos a las fugas por daños de proyectiles de ametralladora) y que “bastaría” con que el combustible fuese protegido con depósitos blindados, que difícilmente pudieron detener proyectiles perforantes enemigos como se demostró en combate. Hasta mayo de 1940, no se aprobó la instalación de nuevos depósitos autosellantes con “Lynatex”, el nombre comercial de un tipo de goma que se usaría en el recubrimiento interior. Pero su integración, en mitad de la guerra, fue lento y muchos pilotos pagarían el precio de la falta de previsión. También se sumaria el diseño de los aparatos, complicándose en el caso del Hurricane, con tanques de combustible alares, más fáciles de alcanzar, que además, conectaban directamente al motor a través de la cabina, lo que se traducía en que inevitables llamas en el interior de la cabina con el tanque de combustible ardiendo al no existir barrera física con el incendio.

Tratamientos y nuevo desafíos.

Una de las particularidades de las quemaduras es que provocan la muerte por deshidratación (si no lo hacen las infecciones). Al resultar grandes extensiones del cuerpo quemadas, se pierde gran cantidad de líquidos que hace que el cuerpo intente compensar, “trasvasando” fluido desde otras partes, esto es hace que órganos tan sensibles como los riñones, hígado y hasta el cerebro se vean comprometidos por esta falta de fluidos y proteínas y provoquen finalmente la muerte por un fallo multiórganico. Para paliarlo, en los años treinta y tras unos tímidos ensayos, se aplicaba a los pacientes transfusiones de plasma y solución salina para reponer estas perdidas, pero si el paciente sobrevivía a estas primeras horas, debía enfrentarse al riesgo de infecciones.

Doctor Sir Archibald McIndoe

Otros tratamientos, sobre todo usados como primera medida, era el uso de ácido tánico, originalmente usado para el endurecimiento del cuero, pero que usado en un compuesto químico junto a otros ingredientes y refinado servia para proteger las heridas por quemaduras. El compuesto formaba un coágulo que protegía la herida, impedía la exudación y prevenía la sepsis. Sin embargo, aplicado másivamente y sobre ciertas heridas se mostró contraproducente e incluso peligroso para la recuperación del paciente, como denunciaron cierto número de doctores y cirujanos tras las experiencias. Era especialmente problemático su aplicación sobre las manos, donde la compresión de ácido tánico tras endurecer, podía producir un riego irregular en los dedos, pudiendo llegar a provocar gangrena y la perdida de los dedos, o como mínimo, dejarlos inútiles. Aplicado en el rostro, alrededor de los ojos, tampoco era beneficioso, inmovilizando los ojos del paciente, poniendo en riesgo sus córneas por no poder parpadear o moverlos. Las posibles lesiones al retirar el empaste también ponía en riesgo la visión del paciente, siendo su uso totalmente desaconsejado por los oftalmologos. Finalmente, en octubre de 1940, se escribió un memorándum firmado por Archibald McIndoe y Sir Harold Gilles, prohibiendo la aplicación del ácido tánico en manos y rostro para tratar las quemaduras graves.

Por otro lado McIndoe refino la técnica del pediculo (o colgajo), aprendida de su colega y pariente, Harold Gillies. Esta técnica sustituía el tradicional injerto de piel para la reconstrucción de un tejido. Se corta una tira de piel sin llegar a seccionarla de la parte donante, y esa tira se injerta a la zona a operar. Esta piel se adhiere y mantiene irrigada de sangre fresca, lo que permite una buena asimilación del tejido en la zona receptora. Normalmente aplicada para reconstruir narices, orejas, pómulos, labios… creaba una grotesca impresión en sus pacientes, limitados a apenas mover sus cabezas, de las que pendían los colgajos que nacían en sus hombros.

Pacientes de East Grinstead a los que se ha aplicado la técnica del pediculo o colgajo.

De origen neozelandés, Archibald McIndoe fue el doctor y cirujano que seria una referencia para tratar estas heridas durante la guerra. El salto definitivo lo dio en 1930, cuando es invitado por su primo, Sir Harold Gillies, a comenzar a practicar esta especialidad de forma privada. Gilles, había sido cirujano plástico durante la Gran Guerra, atendiendo él o su equipo más de 11.000 operaciones, aplicando cirugía reconstructiva sobre unos 5.000 combatientes heridos, siendo considerado por muchos como el padre de la cirugía plástica moderna. Junto a él y otro colega, Rainsford Mowlem, McIndoe se dedico al sector privado. En 1938, McIndoe, Gillies y Mowlem, junto a otro cirujano, Thomas Kilner, fueron asignados como consultores civiles por los militares británicos, en esencia, se trataba de los únicos cirujanos plásticos a tiempo completo en aquella época. Gilles fue asignado al hospital Park Prewitt, Mowlen al St Albans, Kilner al Roehampton y McIndoe al Queen Victoria, en East Grinstead (West Sussex), como consultor de la RAF. Allí, las terapias y tratamientos de McIndoe acabarían haciéndose un hueco en la historia de la medicina, destinando el Ala III a los pacientes con quemaduras.

Tras la negativa a usar el tratamiento con ácido tánico, McIndoe empezó a usar métodos menos agresivos contra las quemaduras. Principalmente el uso de compresas y vendajes grasos sobre las heridas, sobre todo el llamado tulle grass, un apósito impregnado principalmente de aceite de parafina, al que se añade bálsamo del Perú y aceite de oliva. Estos apósitos podían ser aplicados sin problemas sobre articulaciones y contaba con la ventaja que podían retirarse sin pegarse a la piel, permitiendo a los médicos supervisar los traumas limpiamente, al contrario que otros tratamientos químicos donde el coágulo endurecido debía ser retirado con grandes molestias al paciente para supervisar su evolución (a veces, era el propio olor a tejido muerto el que alertaba al personal medico y paciente de que se estaba formado una necrosis bajo el coágulo). También se aplicaban regularmente baños salinos, especialmente de cara a alguna intervención, que ayudaba a limpiar y preparar el tejido para un injerto. Estos tratamientos, por contra, exigían una periodicidad en el cambió de vendajes y apósitos que hizo que el Ala III de East Grinstead tuviese un mayor porcentaje de enfermeras que en otros hospitales.

El Ala III del Queen Victoria fue poco a poco convirtiéndose en un referente como unidad de quemados y las experiencias se fueron compartiendo con otros hospitales militares y civiles, aunque en algunos de ellos todavía había reticencia a abandonar los métodos como la aplicación del ácido tánico, cierto es que por médicos que en su vida se habían enfrentado a quemaduras del nivel que East Grinstead estaba tratando.

Tras la experiencia de la batalla de Inglaterra se abrieron nuevas unidades de quemados en diferentes puntos de la geografía inglesa; siendo los cirujanos jefes y mucho personal enviado a East Grinstead para adiestrarse; posiblemente McIndoe formase la futura generación de cirujanos plásticos que trabajo en la posguerra, ejemplo de ellos son los más de 60 cirujanos y 90 asistentes formados por el cirujano jefe de East Grinstead a mediados de 1943. Posiblemente sabiendo el cambio de rumbo de operaciones, aquellos cuatro hospitales se abrieron en condados donde operaba el Bomber Command.

Finalmente, otra aportación que marco sin duda la carrera de McIndoe, fue la estrecha relación de medico y paciente. Se tenia que forjar una confianza plena entre el uno y el otro, y McIndoe se preocupo de informar a sus pacientes en persona de como se desarrollaría su tratamiento, una vez salvada la vida, para reconstruir sus cuerpos deformados por el fuego. Los pacientes tenían acceso a las operaciones de compañeros para comprobar a lo que se iban a someter.

En junio de 1941 su tratamiento cercano culmino llegando a un nivel nunca visto en un hospital; alzando sus copas, tripulantes de la RAF y doctores dieron por formado el Club del Conejillo de Indias. La duras normas de los hospitales quedaron relajadas en East Grinstead, no había grados ni estrictas normas; en el Ala III siempre hubo disponible un barril de cerveza (con la doble función de representar la cercanía del hospital con sus pacientes, y a la vez, tener una fuente de hidrogenación cercana, pues las enfermeras comprobaron que era más fácil hacer beber a un paciente de una jarra de pale ale, que las más cristalinas aguas; aunque es necesario apostillar que hoy día hay estudios que mantienen que la cerveza no es buena para hidratarse). La pertenencia a este club social estaba reservada para el personal de East Grinstead y todo aquel piloto que hubiese pasado por sus quirofanos al menos dos veces. 39 hombres formaron aquella primera reunión, al terminar la guerra, eran 649, la mayoría británicos, pero miembros de la commonwealth y aliados también tuvieron acceso al club, al ser tratados por McIndoe y su personal en East Grinstead. Su principal objetivo era crear un ambiente cercano y relajado, para apoyarse mutuamente, médicos y pacientes, antiguos y nuevos, en la labor de curar y reconstruir a los hombres que entraban quemados en el hospital. Debido a la utilización de terapias y operaciones experimentales, se eligió con sorna la figura de un conejillo de indias alado como emblema del club.

East Grinstead ya estaba preparado para recibir una nueva oleada de pacientes.

Archibald McIndoe tocando el piano en compañia de sus pacientes y miembros del Guinea Pig Club

Tan pronto la ofensiva alemana se relajo y la RAF comenzó a devolver los golpes, un nuevo tipo de paciente empezaría a entrar en grandes números, y a la larga, formarían los principales miembros del Guinea Pig Club; las tripulaciones de bombarderos, que alcanzarían a ser el 80% de los pacientes tratados por el Queen Victoria. Como los pilotos de caza, los tripulantes de bombardero tenían que lidiar con sus propios problemas; atacaban, amparados en la noche usualmente, objetivos fuertemente defendidos en territorio enemigo dentro de pesados bombarderos cargados de combustible en las alas para poder llegar a sus lejanos objetivos y de explosivos y municiones para llevar a cabo su misión, una combinación perfecta para el desastre al ser alcanzados por los cazas enemigos o la artillería antiaérea. A veces, el fuego les llegaba en casa, al estrellar sus dañados aparatos en un intento de tomar tierra. En ocasiones, estos hombres eran repatriados desde Alemania a través de la Cruz Roja, cuando los médicos alemanes daban por imposible su recuperación para el combate, deshaciéndose de la preocupación de atenderlos.

Y con los pacientes el tratamiento. McIndoe publico un memorándum en el que enfatizaba la estabilización del paciente mediante tulle grass, sulfamidas y solución salina, dándole prioridad en el traslado a East Grinstead con no menos de 7 horas desde la primera atención. Médicos instruidos por McIndoe en East Grinstead empezaron a usar sus conocimientos en otros hospitales; para 1944 había cuatro unidades de quemados satélite a cargo de personal formado por McIndoe. Con el incremento de tripulaciones canadienses implicadas en la guerra, y por lo tanto, heridas en combate, el gobierno de Canadá envió a uno de sus cirujanos junto a McIndoe, al Capitán Ross Tilley, el cual se compenetro de maravilla con el doctor Neocelandes, hasta tal punto de que cuando McIndoe estuvo de baja por una operación en 1943, fue Tilley quien le sustituyo durante su convalecencia. Finalmente el gobierno canadiense impulsaría la creación de una nueva sección en East Grinstead a imagen y semejanza del Ala III dirigida por Tilley, el cual formo un equipo completamente canadiense para tratar a sus compatriotas, y como McIndoe, se adopto la relación cercana con el paciente para ayudar en la convalecencia.

La lucha de McIndoe no solo se limito a la recuperación física, si no también social y emocional. No era fácil para estos jóvenes, deformes por las heridas, a espera de operaciones que les devolviesen su humanidad y algunos con limitaciones de movimiento, fruto de heridas en brazos y manos, integrarse en la sociedad, pues muchos de ellos, sus heridas, una vez pasada la crisis, no revestían la suficiente gravedad para justificar su ingreso permanente en el hospital, teniendo solo que acudir a la cita con el cirujano para la siguiente operación. La pequeña población de East Grinstead poco a poco acabo implicándose. Aunque no hay constancia escrita, parece ser que McIndoe se entrevisto con las autoridades locales para promocionar a sus muchachos, que la gente conociese el trabajo que se estaba haciendo en el hospital. Grandes gestos empezaron a aflorar; en teatros y cines siempre había asientos reservados para los pacientes del Ala III, el dueño del restaurante Whitehall, Bill Gardner, siempre se encargo de que los miembros del Club del Conejillo de Indias fuesen bien recibidos y bien atendidos; hasta tal punto fue su cordialidad que el restaurante se convirtió en el punto de reunión de los pacientes fuera del hospital, un lugar donde beber y divertirse. Algunas familias acomodaron a pacientes a espera de tratamiento en sus casas o bien a familiares de estos durante las largas convalecencias. La Comunidad se acabo convirtiendo en parte del tratamiento, orgullosos de aportar su esfuerzo de guerra con la aceptación de estos hombres que podía pasear libremente sin sentirse observados ni repudiados por sus horribles heridas, pudiendo reintegrarse poco a poco y sin miedo a la sociedad. La población de East Grinstead fue recordada por algunos de los pacientes como “El pueblo que nunca miro fijamente”, y así dejaron constancia varios “conejillos” en sus memorias.

Trabajos de reconstrucción facial del aviador Jack Allaway, radioperador de un Hampden que fue abatido cerca de Norfolk por un Ju-88 de caza nocturna. Allaway fue el único superviviente.

Este no era el único esfuerzo, McIndoe tenía claro que aquellos hombres, orgullosos y decididos, debían volver a serlo y sentirse parte de aquellos para los que habían luchado, la Fuerza Aérea. Las ordenanzas decían que aquel personal no activo en las fuerzas aéreas no podía llevar uniforme. Aquellos que tuviesen alguna invalidez, solo podían portar “El Parche del Rey” sobre su ropa, un reconocimiento a su servicio; mientras que los que estaban convalecientes a espera de operaciones estaban autorizados a vestir una indumentaria conocida como “azul convaleciente”, que parecía más propio de presidiarios que de un hospital. McIndoe, que se sintió afectado durante los años de entre guerras al ver a veteranos malviviendo a base de vender cerillas en las esquinas de Londres, muchos con el “Parche del Rey”, obvio las normas. Sus pacientes si querían, debían llevar su uniforme, no el “azul convaleciente”, en todas las reuniones y estancias del hospital. Finalmente consiguió que la RAF lo aceptase, y que sus heridos más incómodos no fuesen ocultados. Aunque temían que aquellos hombres afectasen a la moral, poco a poco oficiales y responsables de la RAF fueron pronunciándose para su integración, aprovechando su experiencia (no en vano, cierta cantidad volvieron al servicio activo. Algunos al frente de batalla, otros en retaguardia). Para muchos pilotos, aquello significo ver que pasase lo que pasase, la RAF no se olvidaría de ellos, no generando en absoluto un golpe a la moral.

Pero esto no se detuvo hay, el Ministerio del Aire, emprendió una batalla contra el Departamento del Tesoro en cuanto a la paga recibida para estos hombres. Los hombres tenían derecho a su paga durante 90 días, si después de eso no volvían al servicio, se les deba de baja por invalidez. Estaba claro que los aviadores con quemaduras necesitaban más tiempo para recuperarse, y el plazo se amplio a 6 meses. Pero para algunos, que necesitaban un buen número de operaciones, siguió siendo insuficiente. El plazo que dio el Tesoro fue de 12 meses máximos, prorrogable a 18 bajo condiciones especiales. McIndoe envió un dossier a Charles Portal, Jefe del Estado Mayor del Aire, para ayudarle en la negociación; detalles y fotografías de los 16 peores heridos que atendía McIndoe con un coste estimado de 3.000 £ al año. Finalizando la guerra, llego a otorgar hasta 2 años y medio. Finalizada esta, en 1947, el personal de la RAF herido por quemaduras y pendiente de operaciones plásticas no tuvo limitaciones.

Y es que la vida en East Grinstead y el trabajo de McIndoe poco a poco fue ganando fama, incluyendo visitas de personalidades tanto políticas y militares como del espectáculo. La culminación de esta fama llego en el mensaje navideño del Rey en 1945, el cual estuvo precedido por una conexión en directo de la BBC con el Queen Victoria, con la felicitación de las fiestas por parte de McIndoe y una petición, que el mundo no olvidase a los muchachos que de todas partes habían acabado en East Grinstead.

McIndoe brinda por la boda de uno de sus pacientes, Bill Foxley (el peor caso que trato en la guerra, 29 operaciones), el cual se caso en 1947 con una de las enfermeras que le trato, Catherine Arkell, algo que no fue nada inusual en East Grinstead.

Al finalizar, fueron 649 pacientes los que formaron parte del Club del Conejillo de Indias; la mayoría tripulantes de bombardero ingleses, pero también pilotos de caza (con la rara inclusión de algún miembro de las otras ramas de las fuerzas armadas, como el tanquista Michael Jennings), junto a ellos, combatientes canadienses, australianos, neozelandeses y en menor medida checoslovacos, polacos y americanos, incluso un aviador soviético llego a pertenecer al club, al ser sacado de un campo de prisioneros con ropajes de la RAF y enviado a recibir tratamiento a East Grinstead (desgraciadamente, dicho piloto, llamado Vladimir Razumov fue sacado del hospital antes de terminar su tratamiento por personal de la embajada rusa y nunca más se volvió a saber de él pese a los esfuerzos de contactar con él. Periódicamente y hasta hoy, los miembros del Club se han ido reuniendo en East Grinstead, aunque en los últimos años, se han echo más espaciadas con el fallecimiento de la mayoría de veteranos, lo que no impido en 2016 celebrar el 75 aniversario del club. A fecha 2017, poco menos de 30 de ellos todavía permanecen con vida.

El legado de McIndoe

Archibald McIndoe se convirtió en todo un referente en cuanto al tratamiento de quemados y la cirugía posterior, durante y después de la guerra. En 1941 su labor ya era reconocida por sus colegas y por la RAF, que confiaba en “Dios” o “El Jefe” (como fue conocido por algunos de los pacientes de East Grinstead). Su fama creció cuando pilotos de la Batalla de Inglaterra tratados por él contaron su paso por los hospitales (pilotos como Richard Hillary o Geoffrey Page), en 1944, preparándose para el Dia D, 50 cirujanos norteamericanos se desplazaron dos semanas a East Grinstead para conocer las técnicas de su colega británico. Tras la guerra no fue olvidado, al contrario, su nombre volvió a ponerse de relieve en la sociedad cuando en 1957 atendió a Ava Gardner tras su accidente en España, mientras rejoneaba una vaquilla en la finca de un amigo. Ella insistió en ser atendida por el mejor cirujano plástico del que había oído hablar y aunque sabia que lo suyo (un hematoma en el pómulo que se resistía a desaparecer) no tenia comparación con los muchachos que habían sido tratados en East Grinstead, quiso ser atendida por McIndoe, el cual no puso ningún impedimento. McIndoe dio su ayuda y Ava Gardner tomo contacto con los pacientes de McIndoe.

Los veteranos por su parte siguieron trabajando en reincorporar y ayudarse; siguieron las reuniones y las publicaciones de la gaceta del Club (que empezó en 1943 y siguio hasta 2013), y aportaron su apoyo y experiencia a pacientes en unidades de quemados, tanto civiles como militares, especialmente a los heridos en la guerra de las Malvinas.

Siempre pendiente de sus pacientes, enfoco todos sus esfuerzos en ellos y su recuperación, a costa de sacrificar su vida personal y abrumando en ocasiones a su familia, amigos, compañeros y pacientes. En palabras de su hija, aquella responsabilidad y carga de trabajo que se cargo sobre sus hombros, posiblemente le “quemaron”, haciendo que muriese de un ataque al corazón a la relativa temprana edad de 59 años, el 11 de abril de 1960. Sus cenizas fueron enterrados en la iglesia de St Clement Danes, iglesia oficial de la RAF, siendo el único civil en recibir tal honor.

Por Antonio Salmerón

  • Fuentes:
  • – E. R. Mayhew; The reconstruction of warriors. Archibald McIndoe, the Royal Air Force and the Guinea Pig Club.
    – Richard Hillary; El último enemigo.
    – www.eastgrinsteadmuseum.org.uk

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